Black Profiler, Crónicas 0

Análisis de Conducta: Te quiero porque me das de comer, David Llorente.

Novela, protagonista y autor. O protagonista, novela y autor. O autor, protagonista y novela.

Igual da el orden: son carne de profiler, de manual.

Te quiero porque me das de comer. Max Luminaria. David Llorente.

“La cara B de Max Luminaria es la encarnación de la Maldad, ese concepto que tanto nos fascina y que, cada vez que, como él, aparece alguno de su calaña, nos preguntamos: ¿qué les pasará en el interior de sus cerebros?”.

 

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Nuevo informe de Juan Enrique Soto, profiler de Fiat Lux, Jefe de la Sección de Análisis de Conducta de la Policía: “Mientras los demás buscan los indicios físicos, yo busco conductas”.

‘Te quiero porque me das de comer’, David Llorente.

Por Juan Enrique Soto.

El personaje

O debería decir los personajes. Por un lado tenemos a Marcelo Saravia, que es un asesino, aunque no es un asesino del estilo de Aníbal Lecter. Max Luminaria sí es de este estilo, con el que comparte incluso la afición por la gastronomía antropofágica. Marcelo Saravia es más bien del tipo profesional, solo que al modo del barrio madrileño de Carabanchel. Se dedica a dar palizas para cobrar deudas o controlar prostitutas, aunque a veces se le va la mano y es que el límite entre la conducta punitiva y la mortal a veces es muy tenue. Pero Marcelo Saravia tiene sentimientos y eso le hace diferente y, también, vulnerable, tanto que hasta llegamos a tomarle cariño.

Por otro lado tenemos al mentado Max Luminaria. Si el también mencionado Aníbal Lecter hubiera conocido a Max Luminaria, habría querido ser como él, porque Max es el no va más (permítaseme la cacofonía) de los asesinos en serie.

Desde la primera página de la novela se nos informa del decálogo del asesino en serie, sus fases, sus características, sus procedimientos. Sí, son tópicos. Ya se encargó el FBI de dejar claro, en un simposium para agentes federales en 2005, que no todos los asesinos en serie eran blancos, ni con una inteligencia superior, ni viajaban por todo el país cometiendo sus fechorías, ni deseaban ser capturados, ni no sé cuántas cosas más que el cine se ha encargado de meternos en la cabeza a los ávidos del homicidio serial. Max Luminaria cumple casi todos los tópicos del género pero de un modo sublimado. Es lo máx de lo máx.

Max Luminaria tiene, como los vinilos de entonces, dos caras. En su cara A tenemos al magnífico cirujano Max Luminaria, una eminencia médica que no se mueve de Carabanchel porque es donde quiere estar. Es el héroe de sus vecinos y a él le encanta eso. En su cara B tenemos al asesino en serie infalible, implacable, que cuenta sus víctimas por docenas y al que la Policía ni huele los pasos. Y, además, de paladar fino. Saliva de gusto al anticipar un tierno filete de criatura humana.

La cara B de Max Luminaria es la encarnación de la Maldad, ese concepto que tanto nos fascina y que, cada vez que, como él, aparece alguno de su calaña, nos preguntamos: ¿qué les pasará en el interior de sus cerebros? Sin ánimo de ser exhaustivo, algo así podría pasarle a Max Luminaria por ese órgano gelatinoso de unos 1.500 gramos que portamos en el interior de nuestro cráneo:

Max Luminaria está tumbado en su cama. Son altas horas de la noche. La excitación de un recuerdo le impide dormir. Se recrea en rememorar su último asesinato. Sin embargo, siente que el recuerdo ya no le produce la misma satisfacción que antes. Comienza entonces a fantasear con una nueva agresión, un nuevo asesinato, una nueva víctima, una niña, un delicioso bocado que cocinar con deleite y aceite de oliva virgen extra. La fantasía comienza a ser sumamente placentera.

En determinados núcleos de su cerebro, como el hipotálamo y el núcleo acumbens, comienza a acumularse dopamina, hasta que llega un momento en que la concentración de dopamina es tan alta que Max Luminaria siente incomodidad e se irrita consigo mismo. Esas sensaciones negativas le indican que debe movilizarse para, en lo biológico, liberar la dopamina concentrada, y en lo psicológico, para reproducir en la realidad lo creado en su fantasía. Mientras tanto, anticipa ambas satisfacciones, la biológica y la psicológica.

Para pasar a la acción, las proyecciones dopaminérgicas que ascienden desde la sustancia negra, el núcleo acumbens y la zona prefrontal izquierda así como los ganglios nasales y el sistema límbico de Max Luminaria el control. La noradrenalina activa su córtex y le incita a salir a las calles peligrosas de Carabanchel.

Mientras busca una presa, sus proyecciones dopaminérgicas actúan sobre los receptores de su sistema nervioso y liberan más noradrenalina, lo que activa reacciones fisiológicas que le hacen sentir ansiedad anticipadora. Max Luminaria siente impaciente y esa impaciencia es incómoda, quiere eliminarla.

Al amparo de la noche, ha localizado a una presa, una joven que regresa a casa sola. Sigue siendo de noche. La muchacha camina deprisa, abrazada a sí misma para darse calor y valor, sabedora de lo peligrosas que son las calles del barrio y más a esas horas solitarias y oscuras. En cualquier momento puede aparecer un yonki con una jeringuilla o un gitano que codicia su bolso y sus pendientes o un perro de presa enloquecido que se escapó de su amo y ha probado la sangre humana.

Max Luminaria sigue a la chica en perfecto silencio, como buen depredador que es. Anticipa mentalmente la satisfacción de su deseo. Su núcleo acumbens libera más dopamina, lo que le produce un placer que le incita a seguir adelante con su plan. Valora las posibilidades de ataque y defensa y decide que es el momento de atacar, pero, de pronto, aparece algo que dispara sus sistemas de alarma. El sistema inhibidor conductual, sensible a esas señales de alarma, se activa, detiene el ataque y le provoca sensaciones negativas al verse frustrada la obtención de placer. Max Luminaria aprieta los dientes.

La noradrenalina presente activa entonces su córtex, así como los receptores del hipocampo durante esa respuesta de estrés, lo que le permite prestar atención a las señales relevantes del ambiente que le rodea. Es un coche patrulla con las luces lanzadestellos encendidas. Su activación cortical facilita el procesamiento de toda la información: dónde está la chica, dónde los policías, sus conocimientos sobre la acción legal que le caería encima si le detuvieran, toda su experiencia anterior asesinando.

Ante la amenaza a sus planes que supone la presencia de la patrulla policial, los núcleos del rafe liberan serotonina. Las vías serotoninérgicas tienen proyecciones sobre la amígdala, lo que le producirá más ansiedad. La ansiedad provocada por la noradrenalina aumentará por la acción de la serotonina ahora presente en su cerebro. Max Luminaria entenderá que debe retirarse del lugar, que se ha vuelto peligroso. Sabe controlar sus impulsos. Por eso nunca le han capturado.

Al alejarse de allí, siente cierto alivio, lo que reforzará su comportamiento de evitación. Sin embargo, la necesidad de dar salida a su malestar físico y psicológico le lleva a otra zona donde recuerda que en otras ocasiones encontró víctimas deseables. Como si le hubieran invitado, en el nuevo emplazamiento, en las inmediaciones del Manzanares, Max Luminaria encuentra a otra chica, aún más joven que la anterior. De un rápido vistazo, comprueba que no hay el menor obstáculo esta vez. Ataca fulminantemente y tiene éxito. La liberación completa de la dopamina que se había acumulado en su núcleo acumbens le produce una sensación de placer máxima, de una potencia magnífica.

Toda la experiencia sensorial y cognitiva que acaba de experimentar Max Luminaria se quedará grabada firmemente en las estructuras cerebrales encargadas del aprendizaje emocional, fundamentalmente el hipocampo, lo que le permitirá disfrutar durante un tiempo de la sensación del éxito. El hecho de recrearse en la experiencia y extraer de ella todo lo necesario para perfeccionar futuros ataques reafirma su estrategia cognitiva según la cual es legítimo comportarse como lo hace si la recompensa es la que está acostumbrado a conseguir.

Sin embargo, estos efectos después del ataque no le durarán mucho tiempo, dando lugar a lo que se conoce como enfriamiento, en el que el recuerdo del episodio vivido y las emociones asociadas a él pierden poco a poco su capacidad para proporcionar placer por sí mismos. Poco a poco, su sistema de activación conductual irá animando a Max Luminaria a comenzar un nuevo ciclo de placer.

Sus imágenes mentales y sus fantasías están indisolublemente unidas a sus reacciones biológicas. La conducta final será el producto de esa interacción. Max Luminaria es un asesino en serie y su cerebro tiene mucho que ver en ello, aunque no debemos nunca olvidar que ni por un momento dejó de ser plenamente consciente de que sabía que lo que hacía estaba mal, muy mal y, aun así, quería hacerlo. Vaya que si quería.

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La pertinente y supuesta detención y el interrogatorio subsiguiente.

Si se pretende detener a un asesino como Max Luminaria, es evidente que con un solo detective investigando es materialmente imposible. Sin necesidad de llegar a una treintena de víctimas en un solo distrito, como puede serlo Carabanchel, habría que emplear en el caso a un gran contingente de agentes, de múltiples especialidades y con toda la tecnología disponible. Hoy en día es más factible precisamente por los avances tecnológicos y los conocimientos teórico prácticos acerca del comportamiento criminal. Aun así, Max Luminaria sería todo un reto.

Interrogarle ya es otra cosa. Este analista recurriría si acaso al tan manido concepto del ego para tratar de debilitar las columnas que sostienen la frialdad de un tipo de esta calaña. Si tocarle el ego no funciona, nada lo hará. Su habilidad para manipular al prójimo, su inteligencia superior y, sobre todo, su frialdad emocional harían imposible saber nunca si lo que nos dice es verdad o solo el juego de una mente privilegiada que cree que el suyo, matar y matar, es un arte.

Que las pruebas digan lo que Max Luminaria jamás confesaría.

El autor de Te quiero porque me das de comer, David Llorente.

David Llorente es la tinta entera, no las medias tintas. De tinta está hecho porque su escritura es él. Tan es así el que no haya medias tintas que toda la novela está escrita en un mismo plano.

Dramaturgo español afincado en Praga, David Llorente tiene rasgos duros y mirada profunda. Introvertido, mucho. De pocas palabras, ¿de pocas? Mucho o poco son conceptos relativos. De lo que no hay duda es de que las que dice (escribe) las defiende con la pasión de los vencidos.

Enemigo de hipocresías, de festivales y aglomeraciones, le gusta tener su mundo, grande o pequeño (más relatividad) controlado. David es un controlador nato. Te quiero porque me das de comer está llena, de principio a fin, de listados, casi obsesivos (¿control?). Bien es verdad que los listados (películas, libros, premios literarios, etc.) le sirven para situar en el tiempo la trama que nos narra, pero también es verdad que hay listados que no referencian para nada dimensiones espacio temporales. Así, hay listas de medicamentos, de síntomas de enfermedades, de alineaciones deportivas, de razas de perros, infinidad de listas.

David Llorente escribe a mano. Está comprobado que la creatividad es mayor cuando se escribe a mano que directamente en el ordenador. Se involucran más áreas cerebrales y eso redunda en una mayor riqueza de detalles. David es muy rico en detalles. Lo propio en un introvertido obsesivo. Podría pasar por un tipo extraño, pero entre lo extraño y la genialidad no hay mucha diferencia (vaya, otra vez la relatividad).

Para él, ajeno a la hipocresía, todo está en un mismo plano: los Premios Nobel, las enfermedades mentales, la receta de la mayonesa, los asesinatos de Max Luminaria, las efemérides, el proceso de inyectarse heroína en las venas, da igual, todo está a la misma altura, nada es más importante que nada. Esa es su posición y con ella se compromete. David Llorente es compromiso (sin relatividad alguna).

El veredicto hipotético.

Declaro al asesino en serie Max Luminaria culpable de las docenas y docenas de muertes que ha cometido y de todas las que cometerá mientras sienta deseos de cultivar su exquisito, y dudoso, paladar. Mientras tanto, con los ojos cerrados me pondría en sus manos para que, como cirujano, extrajera de mi cuerpo cualquier intruso maligno que a mal tuviera  entrar y carcomer mis entrañas. Y es que Max Luminaria es así.

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