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Antonio Muñoz Molina, Plenilunio: Análisis de Conducta


Reabrimos el departamento de Análisis de Conducta de Fiat Lux, territorio Black Profiler.

“Su vecino, sí, su vecino, puede ser un asesino”.

Cumple veinte años Plenilunio, la novela de Antonio Muñoz Molina, y ese nos ha parecido un motivo más que suficiente para diseccionarla e interrogarle.

“Mientras los demás buscan los indicios físicos, yo busco conductas”.

Nuevo informe del profiler de Fiat Lux y Jefe de la Sección de Análisis de Conducta de la Policía.

Lean, reflexionen y lean.

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Plenilunio, Antonio Muñoz Molina.

Por Juan Enrique Soto.

El personaje

“De día y de noche iba por la ciudad buscando una mirada. Vivía nada más que para esa tarea, aunque intentara hacer otras cosas o fingiera que las hacía, sólo miraba, espiaba los ojos de la gente, las caras de los desconocidos, de los camareros de los bares y los dependientes de las tiendas, las caras y las miradas de los detenidos en las fichas. El inspector buscaba la mirada de alguien que había visto algo demasiado monstruoso para ser suavizado o desdibujado por el olvido, unos ojos en los que tenía que perdurar algún rasgo o alguna consecuencia del crimen, unas pupilas en las que pudiera descubrirse la culpa sin vacilación, tan solo escrutándolas, igual que reconocen los médicos los signos de una enfermedad acercándoles una linterna diminuta.” Así comienza Plenilunio, de Antonio Muñoz Molina. Le puedo asegurar a Muñoz Molina, tal como descubre el propio inspector a lo largo de la novela, que no, que no es posible encontrar la culpabilidad en la mirada del asesino, que eso solo es un mito que nos hemos creído porque nos consuela pensar que a través de los ojos se nos ve el alma. El alma, si existe, es inescrutable. Los secretos no se desvelan a través de iris. Los secretos solo se desvelan si quien los guarda así lo quiere y hace o dice algo que los extrae de la oscura caverna de lo oculto.

El inspector “buscaba unos ojos, una cara que sería el espejo de un alma emboscada, un espejo vacío que no reflejaba nada, ni el remordimiento ni la piedad, tal vez ni siquiera el miedo a la policía”, y no los podía encontrar porque el asesino que él buscaba era de esos que, de tan cercanos, parecen inasibles, indetectables, inmunes al escrutinio del ojo experto en crímenes. No lo podía encontrar porque su asesino, como si fuera de su propiedad porque le iba su propia esencia vital en la captura, era un vecino, un paisano con el que se cruzaba cada día al tomar un café en el bar, con el que esperaba que un semáforo se pusiera en verde, al que le compraba un poco de pescado para cenar cualquier noche.

El asesino había matado a una niña, Fátima, asfixiándola al introducirle sus braguitas en la garganta con tal rotundidad que por la nariz se intuía su tela de algodón. No la violó porque no pudo, porque el asesino, el tipo de la casa de al lado de cualquiera, tenía problemas con su sexualidad y, por ende, con toda su personalidad. Amable en apariencia, era el yerno ideal para cualquier suegra, de manos grandes, voz blanda y rostro indistinguible de tan normal, un individuo que sufría en la intimidad el miedo que le producía el sexo con una mujer cuando se está convencido de que no se estará a la altura, de que la mofa por sus atributos masculinos será más fuerte que el deseo sexual cuyo ímpetu todo lo ignora. Y por eso mataba, por eso mataba a niñas, porque a ellas las podía manejar con toda la ira que sus ojos eran capaces de ocultar.

El asesino era un joven que vivía todavía con sus padres, indolente, infeliz, con una profesión que detestaba; un tipo que, en realidad, detestaba su propia existencia, y desplazaba su desdicha contra las niñas, o contra las prostitutas, su otro sustituto, con esa ira que le provocaban sus genitales inútiles. Convirtió su navaja en su miembro y la sangre en su semen.

No, inspector, no es posible detectar la miseria de cada uno mirando a los ojos, no en la calle, cuando cada cual va a lo suyo. En comisaría quizá vea en esos mismos ojos el miedo, el odio, la angustia, pero nunca verá el crimen. Los primeros criminólogos creían que las últimas imágenes vistas en vida quedaban grabadas en el iris de los muertos y se esforzaban por retratar esos ojos recién muertos para ver en ellos el rostro de su asesino. No, así no funciona.

Para el policía, la clave que desvela los crímenes cometidos no es la de los ojos, sino la de los actos. El inspector quería encontrar en los ojos al cobarde que mataba niñas porque era incapaz de tener sexo con una mujer y les introducía en la garganta sus braguitas como acto fornicador despreciable. En su atroz acto estaba su personalidad, Inspector, su miseria, pero en los ojos no se la vería.

“En realidad, es posible que no sienta ni miedo ni culpa, pensaba” el Inspector sobre el asesino. Quizá tenía razón. Quien así actúa y lo hace en repetidas ocasiones, el asesino de niñas, el tipo de la casa de al lado que asfixia niñas con sus propias braguitas, no siente ni miedo ni culpa; ni miedo de la policía ni culpa por sus víctimas. De hecho, no siente, solo actúa, llevado por impulsos animales, ancestrales, egoístas.

A menudo, el lado más oscuro del ser humano tiene que ver con el sexo. Cuando este además genera desdicha en el individuo, la alternativa suele ser perversa, dañina, incluso monstruosa.

Asesinos así son detenidos antes o después porque no pueden evitar ese impulso como no podemos evitar sentir deseo sexual. El problema, el gran problema es cuántas víctimas provocarán antes de ser detenidos, cuánto dolor provocarán a las víctimas y frustración a los investigadores. Su ruina de mente es la ruina de otros muchos.

La pertinente y supuesta detención y el interrogatorio subsiguiente

Detener a un tipo así, tan impulsivo y a la vez escurridizo precisamente porque no huye sino que se camufla entre la más transparente normalidad, precisamente por su capacidad para ser uno más entre todos, depende de que cometa algún error, que lo cometerá. Es cuestión de paciencia, de perseverancia, de no bajar nunca la guardia, de no dejar que el paso del tiempo nos coma la intensidad. El dispositivo policial debe estar siempre activo, tenso, dispuesto, a pesar de la rutina, de las horas bajo la lluvia, ateridos de tedio, aburridos de frustración. Y, al final, cae. Tipos así siempre caen.

Su deficiente autoestima es la precursora de su auto-desprecio, siempre y cuando se le detenga porque, mientras siga libre, esconderá ese desprecio en lo más hondo de sí, donde no lo veo por mucho que mire sus ojos. En lugar de ese desprecio por sí mismo, la ira encontrará espacio para matar a otra niña… y a otra… y a otra.

Si tuviera que interrogarle, sería de esperar un derrumbe rápido ante las evidencias que un agresor de este tipo suele dejar en sus agresiones. Su cobardía afloraría ante una foto de su víctima, ante la revelación de su miseria, ante la rotundidad de su nueva situación y de lo que le espera cuando la Justicia se ponga en marcha, algo que le haría ver con toda contundencia para que no le quedara resquicio de duda y viera que solo con la confesión lograría un mínimo de paz y de autocompasión.

El autor de Plenilunio, Antonio Muñoz Molina

Nació en Jaén en 1956 en el seno de una familia humilde. Cuando a los doce años los demás niños dejaban la escuela para ponerse a trabajar, él tuvo la fortuna de estudiar bachillerato elemental en los salesianos y superior en un instituto público. Las lecturas formaron parte importante de su niñez, como en la de tantos escritores y ya a los dieciséis escribió su primera obra de teatro.

En Madrid comenzó estudios de periodismo con la intención de escribir un teatro que agitara políticamente, encontrándose sus primeros desengaños. Su detención por la policía después de una manifestación le infundió el miedo suficiente para no implicarse más en las actividades clandestinas.

Afincado en Granada, estudió Historia del Arte y escribió sus primeras novelas, conoció a grandes figuras de la cultura. A partir de 1984 comienzan sus novelas a ver la luz aunque en los periódicos escribe desde 1982.

Hombre de valores y principios arraigados, en Plenilunio tanto el inspector como el asesino carecen de nombre. Si no los ha querido distinguir Muñoz Molina con un nombre, es tanto como decir que pueden ser cualquiera, cualquiera de nosotros, tanto el que lucha contra el mal como el que se deja llevar por él. Profundidad vital, profundidad humana, anónima y común.

El influjo de la Luna se convierte en la obra en la fuerza impulsora de los instintos humanos, tanto los del amor como de la muerte. Los ciclos lunares adquieren protagonismo como ese orden superior que impide a los individuos gobernarse con autonomía. ¿Somos dueños de nuestros actos?, parece preguntarse Muñoz Molina. ¿Somos dueños de nosotros mismos?

La vida y la muerte, el gran enigma encerrado en el anónimo inspector que se consume porque no es capaz de detener al anónimo asesino de niñas. Hasta que lo logra, y entonces, en lugar de la plenitud y el goce del trabajo bien hecho, se encuentra un gran vacío. Quizá porque la vida es la búsqueda incesante, no el hecho de encontrar aquello que se busca.

El veredicto hipotético

Declaro al anónimo asesino culpable de todos los cargos de homicidio de cuyo conocimiento hemos tenido en una ciudad sin nombre, tan anónima que puede ser cualquier ciudad, incluso la suya querido lector y su vecino, sí, su vecino, puede ser un asesino.

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