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Kira, David Llorente


 

El mismo año que trincan a Pinochet, enchironan a Barrionuevo y Vera, condenan a Roldán, gana Borrell en el PSOE, se firma la paz en Irlanda del Norte, lagrimea Clinton en el vestido de su becaria, el Mitch arrasa Centroamérica y las bombas ¿aliadas? Irak, mueren Octavio Paz y Sinatra, la eutanasia nos hace zasca con la muerte de Sampedro, la viagra pulveriza ventas en América y el Real Madrid gana su séptima Champions…; en 1998 un chaval de 25 años se abre de capoteen los medios de La Literatura (como el tiempo está demostrando y seguirá confirmando) ganando el Premio Francisco Umbral de Novela Corta: David Llorente con Kira.

Casi 20 años (y cinco novelas y otros tantos premios) después, Kira vuelve a aullar en las librerías y Llorente sonríe por lo bajini cuando escucha y lee que su armazón literario ya estaba en aquél armazón literario. Habrá quien piense que dónde estaban y han estado quieres ahora dicen y escriben eso, y quienes en ese pensamiento se estanquen lo mismo se despistan de lo más importante (o casi): en este tiempo, en este sistema literario del usar y tirar, Kira sigue viva veinte años después, demostrando sin el menor titubeo la diferencia entre novelas y libros (algo, por cierto, que sucede en toda la obra de David Llorente).

Hoy, coincidiendo con los actos de presentación de la reedición de Kira , el también escritor Eduardo Martínez Rico, compañero de facultad de Llorente, nos envía un texto (rico hasta los andares) recordando aquel otro 98 que también parió generación literaria.

El propio David Llorente nos pone en antecedentes, disfrútenlo y disfruten Kira.

A través de Umbral.

Por David Llorente.

 

Este último mes, con motivo de la reedición de Kira, he vuelto a acordarme de mis años de universidad y de muchos de mis compañeros, con los que conviví siete años, los cinco de la carrera y los dos del doctorado.

Y del máster.

Es verdad. Y del máster.

Escribí la novela cuando estaba en cuarto de carrera. Recuerdo que algunos párrafos los iba escribiendo en el aula, en cualquier papel que encontrara por mi mochila, mientras el profesor hablaba, por ejemplo, de paleografía.

O de esdrújulos latinos.

Exacto.

O de novela.

No. Si hablaba de novela, le escuchaba.

La novela ganó el Premio Francisco Umbral de Novela Corta y mis primeros lectores, por supuesto, fueron mis compañeros de universidad.

A los que ya has pedido la pista.

No exactamente.

El tiempo, sobre todo en el momento de terminar los estudios, tiene una poderosa fuerza disolvente y cuando quisimos darnos cuenta, nos habíamos separado e íbamos camino de olvidarnos. Tenemos suerte, sin embargo, de que la literatura sea el único dique contra el que se estrella el tiempo. Solamente el hilo de las letras sutura (con mayor o menos precisión) las heridas de las horas.

¿Y alivia su dolor?

No. Eso no.

¿Seguro?

Segurísimo. El dolor de cada mañana no lo alivia absolutamente nada.

Ni nadie.

Eso es. Ni nadie.

De aquella generación, de aquellas aulas carcelarias del Pabellón C de Filología, sin que casi nadie lo intuyera, fueron fraguándose, cuajándose, macerándose futuros dramaturgos, futuros cuentistas, futuros articulistas, futuros poetas, futuros novelistas, futuros investigadores de las letras, futuros críticos literarios. Pasados veinte años, la inercia centrípeta de la literatura, si no nos ha reunido, sí nos ha acercado y basta mirar a nuestro lado para vernos otra vez, para encontrarnos y reconocernos.

¿Nos vas a hablar de alguien en concreto?

Sí.

Me acuerdo de todos. Mi memoria, que no consigue retener el nombre de mis alumnos (a veces ni de mis amigos), siempre navega con viento en popa por las aguas del pasado. Mi primer compañero, o uno de los primeros, fue Eduardo Martínez Rico.

¿El de las conversaciones con Umbral?

Sí.

Cuando ninguno sabíamos todavía qué significaba estudiar literatura, él ya tenía muy claro que quería ser escritor y además lo decía en alto, llenando los pasillos con su vozarrón y su sonrisa, como la profunda caja de resonancia de lo que todos deseábamos y no nos atrevíamos ni siquiera a pronunciar. A veces, llegaba por la mañana con una revista en las manos y nos enseñaba el artículo que acababa de publicar. Nosotros le dábamos la enhorabuena, aunque siempre había quien hacía, con el chicle que masticaba, grandes, perfectas, redondísimas pompas de envidia.

¿De qué sirve?

El qué.

La envidia.

De nada. La envidia nunca sirve de nada.

Pronto comenzamos a pasarnos textos. Nos leíamos mutuamente con una emocionada avidez y creo no equivocarme si digo que nos reconocíamos en el texto del otro. Daba igual de qué escribiéramos. Lo importante (lo jodidamente importante) era que nuestros textos estaban inflamados de esperanza, abombados de futuro, a punto de reventar y de llenar de literatura las paredes del comedor de estudiantes, que era donde solíamos quedar.

Para leer.

Sí.

Y para hablar.

También.

¿De qué?

De las grandes sombras que nos refrescaban en medio de nuestra fiebre: Cela, Umbral, Delibes, Ballester, Matute, Fuertes, Goytisolo, Marsé, Benet.

Y los hispanoamericanos.

También.

A los dos nos unió Umbral. A mí me dieron el premio que llevaba su nombre y Eduardo hizo su tesis sobre él y su primer libro también fue sobre Umbral. No sé si sabe que también nos unió Alberto Vázquez Figueroa. A ambos nos fascinaban sus novelas. Ambos queríamos sacar la cabeza por la ventana y gritar a los cuatro vientos que había que leerle, joder, que no entendíamos por qué aún no le habían dado la llave que abre la puerta grande de la literatura. Recuerdo que Alberto Vázquez Figueroa se acercó a mí cuando me dieron el premio Umbral, me dio la mano y me dijo: «Chaval, has elegido la profesión más bonita del mundo». Eduardo publicó un libro sobre Vázquez Figueroa. Estoy convencido de que esa misma frase también se la ha dicho a él.

¿Algo más?

Sí.

Me gusta cómo escribe Eduardo. Mientras que yo cojo el bolígrafo como quien aprieta un puñal, Eduardo le da a su prosa el ritmo de las olas y la magia del viento, al que no se ve sino en las cosas que desplaza. La prosa de Eduardo es lenta e insaciable y se hunde sin estridencias en el suelo duro de las ideas. La prosa de Eduardo despliega sus raíces (hacia dentro, siempre hacia dentro) con la esperanza de nutrirse de lo mejor de la literatura que ya estaba aquí antes que nosotros, porque Eduardo no rechaza, no se opone, sino que abre los brazos y lo abarca todo, sin animadversiones ni rencores, con una sabiduría (esa es su fuerza) que nos pasa por encima como un obús.

Hoy, Eduardo ha querido escribir sobre Kira, esa pequeña novela que nos inauguraba a todos como novelistas.

Eduardo, muchas gracias. Aprovecho para decirte que lo has conseguido. Eres el escritor que quisiste ser. Y serás el escritor que jamás te imaginaste.

.

UNA MÁQUINA IMPARABLE. Sobre Kira y David Llorente.

Por Eduardo Martínez Rico.

.

            Se reedita ahora Kira, de David Llorente, y creo que es una muy buena ocasión para recordar algo de este libro, y sobre todo de su autor cuando era mucho más joven, cuando los dos éramos mucho más jóvenes. Traer al presente un ambiente, el de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense, hace unos veinte años, cargado de vocación, de ilusión, de literatura. De charlas sobre nuestros escritores favoritos, y en nuestro caso de enormes ansias de convertirnos nosotros mismos en escritores. Yo creo que entonces no sabíamos lo difícil que era eso, y que si llegáramos a saberlo tal vez hubiéramos abandonado el empeño, porque era una tarea titánica. Raúl del Pozo me dijo una vez que yo tenía vocación, y yo le pregunté por qué lo creía, y me dijo que si no la tienes eres incapaz de convertirte en escritor, “no lo haces”, me dijo. Pero al mismo tiempo creo que tanto David como yo estábamos perfectamente dotados, tal vez por la vocación y seguramente por razones innatas –esto es difícil de saber-, para convertirnos en escritores.

Me acuerdo que David y yo, nada más empezar la carrera, nos hicimos amigos. Creo recordar que una vez, antes de clase, le vi solo, le saludé y así nos hicimos amigos, inmersos pronto en mil charlas sobre literatura, conversaciones en las que no era raro que habláramos de Cela y Umbral. Y así, es curioso, yo veo bastante influencia de Cela en las novelas de David, también en esta Kira, y yo me doctoré con una tesis sobre Umbral y escribí dos libros de conversaciones con él.

David pronto ganó el Premio Francisco Umbral, precisamente, y con Kira, y luego el premio de la Facultad, con la novela El bufón, que se lo publicó la misma editorial, Zócalo. Yo leí los dos libros con gran ilusión, con gran emoción. Sentía que mi querido compañero había logrado convertirse en escritor, que le publicaran, que escribieran críticas sobre él… Y era verdad. Luego David se quejaba de que aunque podías llamar la atención con un libro, que te lo publicaran, incluso con premio, eso no garantizaba nada y había que seguir… El camino era difícil. Yo mismo lo experimenté con mis libros años después.

Pero todo depende, claro, de lo que quieras, de lo que esperas, de tus “ambiciones”, palabra que da un poco de miedo pronunciar, pero significa lo que significa y puede ser legítima. Hay ambiciones legítimas. Querer ser un gran escritor, con todo lo que eso implica, me parece una ambición legítima. Y me parece que tanto David como yo queríamos ser grandes escritores, porque nuestros modelos más admirados lo eran.

Todo lo que he leído de David me parece buenísimo. Tiene ya, a mi modo de ver, y ya la tenía en la Facultad, desde luego para mí, la aureola del gran escritor. El camino es duro y difícil, pero pienso que el escritor innato, digamos, el escritor de raza como se suele decir, lleva algo dentro muy fuerte, muy poderoso, que hace que avance y avance pese a todas las dificultades. Quizá sea la vocación. Yo creo que es la necesidad de desarrollar el escritor que uno lleva dentro, “contra viento y marea”, que diría Vargas Llosa. En períodos de crisis económica y en períodos de bonanza, porque nos apasiona escribir, nos apasiona leer, nos apasiona la literatura, el libro, su mundo. Estamos destinados, gozosamente, irremediablemente.

Le deseo la mayor de las suertes a David con Kira y con todos sus libros. Pero sé que le irá bien, muy bien, que pasará el tiempo y seguirá publicando libros y ganando premios; que cada vez más gente le leerá y que cumplirá su destino hasta el final. En realidad ya lo ha cumplido, ya lo hemos cumplido. En realidad bastaba un papel y un lápiz, o un bolígrafo, para cumplirlo: se trataba simplemente de escribir, de disfrutar plenamente con ello, de realizarnos en la escritura. El tiempo va enriqueciendo este destino, lo va llenando de matices, pero lo fundamental ya estaba hecho. Quizá para descubrir el origen de esto haya que ir a la primera vez que uno descubre que disfruta muchísimo escribiendo, que le da algo que no le da ninguna otra cosa en el mundo. Es posible que ahí nazca el escritor. No lo sé.

Cuando leí Kira, aparte de la gran alegría que implicaba para mí, tuve la sensación de estar leyendo un libro muy bueno, literatura, en el sentido más puro y elevado del término. David, por los libros que va publicando, veo que sigue haciendo lo mismo. Tiene el don de segregar literatura, como lo tenía Umbral, como lo tenía Cela, también gran admirado nuestro. Un escritor se está realizando constantemente, pero deja un rastro, un gran rastro de palabras. Kira forma parte importante de ese rastro, y seguramente significó para David una confirmación importante. Como me decía Umbral, “pasar del folio al libro”. Yo pasé gracias al mismo Umbral, y David, en el fondo, también, con el Premio de Novela Corta Francisco Umbral 1998. Cuando un escritor empieza a escribir, y a publicar, es una máquina imparable.

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