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Novela en serie: BAMBI (IX), por Maluenda

“Cuando se levantó sin aparente esfuerzo, aproveché para pasar un brazo por su cintura en un gesto amistoso, levanté la mano, tanteé más arriba en dirección a su sobaco, y allí estaba.

-Quita la mano, deja de magrearme, Humphrey. Ya sabes que esa chiquilla es muy sensible. -Lo dijo bajando la voz, evitando que Mercedes pudiera oírnos.

– ¿Qué carajo te crees que estás haciendo, viniendo hoy aquí con la Gran Berta bajo el brazo?”.

 

Humphrey, Bambi, Mercedes, Santacroce, Vanessa Cuenca, el comisario Jareño, Mayka, El Pesadilla… Todos en acción

Capítulo 9 de la Novela en Serie Bambi, de Luis Gutiérrez Maluenda, que estamos publicando en exclusiva aquí en Fiat Lux.

“Santiago Martorell era un sospechoso tan sólido como el aliento de un borracho. Si hasta el momento no le había prestado toda la atención que el personaje merecía era única y exclusivamente debido a la acumulación de cadáveres y sospechosos que paseaban dolientes por mi mesa de trabajo”.

 

 

BAMBI (LOS MUERTOS SON MALOS PAGADORES).

CAPÍTULO 9.

Una novela de Luis Gutiérrez Maluenda.

 

HUMPHREY (15).

Cuando llegué a la Agencia, eran las diez de la mañana y García estaba sentado charlando amigablemente con Mercedes. Solo pude oír el final de la frase: “…en resumen te puedo acusar de escándalo público por tres motivos distintos, cualquiera de ellos castigado con reclusión inmediata en un centro penitenciario”.

-Emerenciano, no sabe cómo le añoraba, sin usted esta oficina es un lugar seguro y aburrido.

-¡Que no me llames Emerenciano, joder! Si a mis padres no he llegado a perdonárselo, imagínate a ti, que eres mi castigo diario. Para ti soy el Sargento García o Señor a secas.

Mercedes me vio parado junto a la puerta contemplándolos.

-Jefe, mire que alegría, ya solo falta el señor Billy Ray para que esto sea la casa de locos de siempre.

García, vestía un desacostumbrado traje cruzado de color gris, camisa blanca y corbata inglesa a rayas, la vestimenta adecuada para disimular las vendas que aún debían cubrir parte de su pecho. Recé para que el traje cruzado, aparte de sus patas torcidas, solo ocultase vendas.

-¿Qué haces aquí, Sargento, ya te encuentras bien del todo?

-Estoy de puta madre, listillo, un poco añorado, por eso he venido a veros.

-Anda, ven a mi despacho y hablaremos.

Cuando se levantó sin aparente esfuerzo, aproveché para pasar un brazo por su cintura en un gesto amistoso, levanté la mano, tanteé más arriba en dirección a su sobaco, y allí estaba.

-Quita la mano, deja de magrearme, Humphrey. Ya sabes que esa chiquilla es muy sensible. -Lo dijo bajando la voz, evitando que Mercedes pudiera oírnos.

-¿Qué carajo te crees que estás haciendo, viniendo hoy aquí con la Gran Berta bajo el brazo?

-Nada hombre, nada.

-No vas a hacerlo, García. No estás en condiciones. Eso sin tener en cuenta que los ciudadanos de a pie no tenemos permiso para ir por la calle cargándonos a la gente.

-Defensa propia muchacho, está contemplado en el Código Penal.

-Defensa propia hubiese sido en el momento en que te atacó, ahora sería homicidio.

-Bueno, si no quieres que lo haga un empleado tuyo, despídeme. En este momento sabemos dónde está “El Pesadilla”. Mañana es posible que ya no esté y vete a saber si entonces será posible encontrarle.

-¿Pero tú quien coño te has creído que eres, Rambo acaso? Si intentas entrar en aquella casa, el tipo te va a freír a tiros. Eso sería una faena dura incluso para los GEOS.

-Tienes razón, Humphrey, por eso mismo yo no voy a intentar entrar en aquella casa, ni en ningún otro sitio. Será él quien salga para que yo le pueda cazar.

-Ya sé, le telefonearas y le pedirás que sea tan amable de salir. Algo así como un duelo al amanecer. ¿Has pensado algún lugar adecuado? No sé, podría ser la Plaza de Cataluña, aunque mejor frente a la Catedral, es más clásico, le da una pátina de honorabilidad.

-Deja de soltar memeces, Humphrey. No habrá duelo al amanecer, pero en la primera parte casi aciertas. Ahora te cuento cual es el plan y cuál es tu papel en la obra.

El dueño de “El Rondeño”, el tugurio donde trabajaba Mayka de cocinera, se apoyaba con ambos codos en el mostrador, fijaba una mirada turbia y lenta en el calendario de pared del equipo de fútbol del barrio. Once tipos de aspecto derrotado en aguerrida formación rodeaban a un fulano al que se le notaba la condición de presidente por el traje y la corbata. La barriga cervecera era más o menos del tamaño de la de sus jugadores y no marcaba diferencia alguna. El póster era de aquel mismo año, yo lo recordaba perfectamente ya que su presidente había prometido que sacaría al equipo de la Primera Regional. Y había cumplido su palabra, el equipo acababa de bajar a Segunda Regional. Y lo había hecho de manera destacada.

El tipo dejó de mirar el calendario, me enfocó con cierta dificultad y se hurgó desapasionadamente las profundidades del apéndice nasal.

-¿Qué, sigues enamorado de la tigresa?

-Con verdadera pasión. ¿Está dentro?

-Sí, pasa. Pero ándate con ojo que hoy está un poco torcida, cuando le da demasiao a la nariz por la noche, al día siguiente no va fina.

-No te preocupes, la trataré con cariño.

El interior de la cocina, aquel día, recordaba a la habitación de un loco dispuesto a cocinar para toda la familia. Mayka estaba recostada contra una batería de fogones mirando sin demasiado entusiasmo el fregadero.

-Hola princesa.

-Vaya por Dios, mira a quien tenemos aquí, ¿no te dije que volvieses en unos cuantos meses, chico guapo?

-Demasiado tiempo sin verte, princesa, no hubiese podido soportarlo.

-¿Qué coño quieres?

-Mira, seré sincero: en este momento me interesa más tu hombre que tú, cuando lo tenga a él podemos hablar tú y yo.

-No sé qué me hablas, tío.

Saqué la placa de García y se la pasé por las narices a Mayka, procurando que no tuviese dudas acerca de su autenticidad.

-No tengo nada contra ti, princesa, me interesa tu hombre. Y creo que tú sabes algo de él.

Si la placa había causado alguna impresión en Mayka, consiguió no demostrarlo.

-Vaya, así que un madero. Ya me pareciste mu chuminoso tú el primer día que viniste aquí. No tengo na pa ti, tío.

-¿Prefieres que hablemos en comisaría?

-Pa eso primero tendrás que detenerme, acusarme de algo, y yo quiero hablar con un abogado amigo mío.

-Te voy a dar un día para que lo pienses. Mañana pasaré por aquí y hablaremos de nuevo. Y quiero que lo pienses bien porque si estás protegiendo a un sospechoso de asesinato, eso son unos cuantos años de cárcel.

-No tengo na pa ti, ya te lo he dicho, chuminoso.

-Piénsalo bien, mañana hablaremos.

Al salir, el dueño del tugurio me guiño un ojo, luego volvió a fijar su mirada en el calendario, posiblemente lamentando la falta de sensibilidad del Señor con su equipo favorito.

En la calle busqué un bar desde donde pudiese vigilar la puerta del restaurante. No había ninguno que me sirviese, pero en una parada de taxis, tres de ellos esperaban pasajero. Entré en el que cerraba la fila.

El taxista, un tipo de aspecto triste, estaba hablando solo y dio un respingo cuando entré en su vehículo.

-Deberá usted tomar el primero de la fila, es la norma.

-Olvídelo, quiero que ponga el taxímetro en marcha y se quede aquí parado.

-¿Está de broma, señor?

-Y cincuenta euros de propina, no importa el rato que estemos aquí.

Aquello, al tipo triste que hablaba solo, le pareció un argumento tan sólido como para no perder el tiempo discutiéndolo Así que se calló, puso el taxímetro en marcha, fijó la vista en la matricula del taxi que nos precedía, y continuó hablando solo, aunque ahora lo hacía en un tono de voz inaudible. Quizás se estaba contando la clase de tipos raros que andan sueltos por Barcelona.

Esperamos alrededor de diez minutos hasta que salió Mayka. Se paró en la acera y miró a su alrededor con meticulosidad, luego se metió en una cabina telefónica y estuvo hablando y gesticulando excitada durante diez minutos. Cuando salió de la cabina, se paró de nuevo y observó el vecindario antes de regresar al tugurio donde trabajaba.

Al abonarle al taxista lo prometido, me dijo: Le voy a dar una tarjeta, y siempre que necesite un taxi para meditar, llámeme.

Parecía algo más alegre que cuando le conocí.

Llamé a García y le conté el resultado de la gestión. Él hacía rato que estaba apostado en las cercanías de la casa de Mayka.

Mi misión había terminado, lo que pasase a continuación era algo entre García y “El Pesadilla”. O al menos eso era lo que yo quería pensar, hubo un momento en el que valoré avisar a Jareño para que tomase cartas en el asunto, pero las posibles implicaciones de esta alternativa eran tan complejas, la mayoría de ellas tan negativas para mí y para el mundo en general, que acabé tomando la decisión de no intervenir más allá de lo que ya había hecho.

Los detectives privados tenemos amigos en muchos sitios, algunos de ellos cobran por serlo, la mayoría de hecho. Tenemos amigos en agencias de cobros a morosos, en el Registro de la Propiedad, en Hacienda, en Jefatura de Tráfico, sitios así. También tenemos amigos en el bar de la esquina, en los comedores de beneficencia, en los centros parroquiales, en la escalera donde vivimos, pero esos no acostumbran a cobrar por serlo, y su utilidad es bien distinta. Uno de mis amigos, me confirmó que el propietario de  “La Cueva del Country”, era Gastón Villaecija, lo cual explicaba la  presencia de una fotografía de Sara Villaecija en su despacho, por desgracia la explicación se detenía ahí. Los muertos seguían paseándose por mi mesa, estaban deseosos de que yo aclarase las circunstancias de su muerte y así poder descansar en paz unos cuantos siglos, a la espera del Juicio Final.

Bambi. L.G.Maluenda. Revista Fiat Lux. 2016.04 (6)

Mi informador, me aclaró que Gastón Villaecija, además de aquel tugurio, era propietario de una empresa conservera, y uno de los principales accionistas de una editorial especializada en revistas de gran difusión, lo cual perecía indicar que para el hombre, “La Cueva del Country” era un entretenimiento. O la tapadera de cualquier otra cosa.

Telefoneé a Gastón Villaecija. Se mostró sorprendido por el interés que mostré en hablar con él pero no opuso mayores reparos en que le visitase. Nos citamos en su casa a las cinco de la tarde.

La casa del matrimonio Villaecija, era una de esas chabolas que la gente rica se hace construir por la parte alta de Barcelona. A la verja de hierro con apliques de bronce y cobre, que daba acceso a un jardín tan extenso como la mitad de mi calle, le calculé un importe que se  aproximaba  al de unas vacaciones en Bali para la mitad de los huérfanos de Hospitalet, – quizás alguno menos, pero no muchos menos-. Claro que con la globalización, Bali ya no es lo que era y cualquiera puede ir de vacaciones allí. Quince días de vacaciones pagaderos durante los siguientes quince años.

En la puerta me esperaba el matrimonio Villaecija tomados de la mano. Sara, me recibió con una sonrisa plastificada en su rostro que no tenía nada que ver con la alegre sonrisa que yo conocía de nuestra anterior entrevista.

Gastón era una de esas personas que no consiguen armonizar su cuerpo con la ropa que visten. Su boca blanda de labios gruesos era del tipo que uno espera encontrar sobre una camisa arrugada, y eventualmente manchada de vino barato. Le presté toda mi atención a su camisa y estaba perfectamente limpia y planchada. Aquello me disgustó ya que si las viejas, fiables referencias, comenzaban a fallarme, mi profesión, mi mundo entero, podrían comenzar a desmoronarse.

-Buenas tardes señor Humphrey, si quiere acompañarme al estudio  hablaremos con total tranquilidad. Sara no nos acompañará, tiene un compromiso ineludible anterior a su anuncio de visita.

Sara aumentó el grosor del plástico que cubría su sonrisa hasta lograr que alcanzase la temperatura del cero absoluto, pero asintió aparentemente conforme.

El estudio de Gastón Villaecija me resultó deprimente, y es que habitualmente el lujo ajeno me deprime. Un ejemplo: el sillón donde fui invitado a sentarme era demasiado cómodo para no desear llevármelo a casa, y demasiado grande y pesado para que pudiese llevármelo sin llamar demasiado la atención.

-¿Un café señor Humphrey?

-No gracias. Y llámeme Humphrey, es un apodo, el hecho es que todo el mundo me llama así, y me he acostumbrado, a estas alturas mi nombre me resulta extraño, incomodo.

-De acuerdo, Humphrey, usted dirá.

– Me gustaría saber la relación que le une a usted con Gabriel Porreras.

-¿Está usted seguro que me une alguna relación con este señor que acaba de nombrar?

-Razonablemente seguro, señor Villaecija.

-Razonablemente seguro…, eso parece bastante. ¿Y cuál es la razón por la que quiere usted saberlo?

-Porque cuando alguien me sigue, siento curiosidad.

-¿Y me lo pregunta usted a mí?

-Creo que es la persona más adecuada para que me lo cuente.

Gastón Villaecija estudió lentamente su mano buscando una hipotética solución a sus problemas. Por su suspiro de resignación adiviné que no había encontrada allí nada que le sirviese.

-De acuerdo Humphrey, de acuerdo. El señor Porreras es uno de los detectives que en ocasiones utilizo, piense que tengo numerosos negocios y en ocasiones hay informaciones de carácter delicado que debo conocer. Usted como integrante de la profesión no debería extrañarse de mi proceder.

El tipo me estaba insultando y lo estaba haciendo con la delicadeza de quien te está colmando de alabanzas.

-¿Y podría usted decirme cuál era esa información de carácter delicado que le hizo contratar al señor Porreras?

-Creo que eso es algo que usted no tiene el menor derecho a preguntarme. -La boca del hombre intentó componer un gesto digno que solo consiguió que su labio inferior fluctuase pasivamente hacia el mentón; realmente era el tipo de hombre al que solo puede embellecer la inteligencia o el dinero. El Rolex de oro que lucía en su muñeca me dio la primera pista, en caso de duda más tarde podría echar un vistazo a su certificado de estudios.

Aquel era el momento adecuado para que yo soltase mi suspiro, lo hice antes de decir:

-Gabriel Porreras está muerto, le han asesinado.

-¿Quién lo ha hecho?-Casi milagrosamente su labio colgante había subido un par o tres de milímetros. Todo era cuestión de asustarle de vez en cuando para que el fulano ganase en belleza.

-Buena pregunta. Yo diría  que lo ha hecho alguien que tiene una pistola y un afán desmesurado de usarla.

-¡Dios mío! Yo necesito un coñac, ¿qué quiere tomar usted?

-No, no se preocupe, yo soy prácticamente abstemio, sírvase usted.

El coñac que usaba Gastón Villaecija para los disgustos era Gran Duque de Alba, supuse que el Napoleón lo usaba para las juergas. Se sirvió una copa generosa, lo olisqueó brevemente y casi apuró la copa de un trago.

-Bien Humphrey ¿qué posibilidades hay de que la policía no me haga las mismas preguntas que me está haciendo usted?

-No lo sé, yo he llegado hasta usted…

-¿Cómo lo ha hecho?

-¿Qué fue lo que usted dijo antes? ¡Ah sí! Eso es algo que usted no tiene el menor derecho a preguntarme.

-Touché.

-¿Perdón?

-Es francés.

-Buenos espadachines los franceses, señor Villaecija. ¿Me va a contar la razón por la que contrató a Porreras?

-Supongo que a estas alturas no nos puede hacer demasiado daño, lo único que le pido es que guarde hasta donde pueda la confidencialidad de lo que le voy a contar.

-En cierta ocasión, visitando una pequeña villa que poseemos en el pie del Tibidabo, observé señales de que dos personas habían estado allí; donde más señales pude apreciar fue en el dormitorio. Teniendo en cuenta que nosotros hacía tiempo que no pasábamos allí la noche, y que las señales eran recientes, no pude evitar sospechar de la fidelidad mi esposa, por esa razón contraté al señor Porreras, para que la vigilase y me informase de su proceder, finalmente resultó que allí quien iba eran una amiga de mi esposa, a la que le dejó las llaves en una ocasión, y su amante. No sé si usted está enterado, pero allí se cometió un horrible crimen, las víctimas fueron esas dos personas.

-Alguna cosa me llegó en su momento.

-Lo que me confunde es que usted asegura que mi detective le seguía a usted, y eso no es posible. Al menos yo no le encuentro ninguna explicación.

-Yo ahora, sí. Verá, en este momento entiendo que a quien seguía Porreras era a su esposa, ella estaba conmigo, la cité porque estoy investigando precisamente esos asesinatos por encargo de un cliente.

-¿Puedo saber quién?

-No, déjeme continuar. Ahora lo veo claro, Porreras me ve hablando con su esposa y decide seguirme, entra dentro de la lógica, creo que yo también lo hubiese hecho, ya que en el momento en que salimos del bar, su esposa por un lado y yo por el otro, él tuvo que escoger, y yo le parecí más prometedor, no me había visto nunca y quería saber quién era.

-Sí, es una explicación procedente.

-Sí, creo que usted ya me ha dicho lo que quería saber, si desea hacerme alguna pregunta que yo le pueda contestar, estoy a su disposición.

-Dígame la razón por la cual el ser humano se empeña en destruir todo aquello que le puede hacer feliz.

Usted se empeña en hacerme preguntas que yo no puedo contestar señor Villaecija, lo lamento.

Cuando me levanté para salir, Gastón Villaecija mostraba el aspecto lúgubre de una polilla colisionando una y otra vez contra la pantalla de una lámpara encendida.

Los días ya alargaban las horas de sol, en aquel punto de Barcelona el ruido del tráfico era un rumor lejano que más que molestar recordaba a los habitantes del barrio que ellos eran los escogidos para pasear por el lado soleado de la calle.

Al llegar a la Agencia encontré sobre mi mesa tres notas, las tres de mujeres: Vanesa Cuenca había dejado un teléfono, deseaba que la llamase; Maruchi “La Desdentá” solo había dejado un presagio de tormenta; en cuanto a Sara Villaecija en aquel momento no hubiese sabido qué decirles.

Aquel día solo llamé a Maruchi. Me preguntó por la “señora de la limpieza que estaba el otro día en tu casa”, las comillas las puso ella. Yo sé que mentir a una mujer es mala cosa. El problema es que decirle la verdad aún es peor. Mentí.

Maruchi, que me conoce perfectamente, supo que le mentía, pero también sabe que no tenía ninguna necesidad de hacerlo.

Me perdonó.

Y tuvo una soberbia jaqueca que le duró cinco semanas.

Antes de ir a casa con la intención de tener una larga conversación con Cariño, llamé al Comisario Jareño, le conté que Gabriel Porreras había sido contratado por el tipo de la boca floja, y le recomendé que hiciese husmear a sus chicos por allí. Con aquella información, más o menos banal, borré unas cuantas líneas de los agravios contraídos en los últimos días con mi amigo policía.

Eran las nueve de la noche, no tenía ninguna noticia de García. En un asunto tan poco claro como aquel no conocía la naturaleza de mis deseos así que decidí dejar de pensar en ello hasta el día siguiente.

Aquella noche, mi vecina fumaba desnuda apoyada en la barandilla de la  terraza, la saludé con la mano. Si me vio prefirió no darse por aludida, siguió fumando durante breves instantes, luego con un floreo de la mano, lanzó la colilla a la calle y entró en la vivienda. Me fije en sus nalgas, amplias y blancas.

No es verdad que la luz de la luna broncee.

Un camión del Ayuntamiento, sin el menor respeto por la metáfora que yo estaba a punto de imaginar, aplastó los últimos brillos de la colilla que la chica acababa de tirar.

Claro que nuestro alcalde nunca ha presumido de fomentar el sentimiento poético, pero…

DE LA SECCIÓN DE SUCESOS DE LA PRENSA BARCELONESA

Esta madrugada, ha sido hallado el cuerpo sin vida de Miguel González Téllez, más conocido como “El Pesadilla”, delincuente habitual. En la actualidad era buscado por los cuerpos de seguridad como el principal sospechoso de la tentativa de asesinato sobre la persona de Emerenciano García, antiguo miembro de la Brigada de Homicidios de esta ciudad. Miguel González gozaba de libertad tras no haberse presentado en la prisión de Can Brians al término de un permiso penitenciario.

El cuerpo, ya sin vida, fue encontrado en la zona de Montjuich, conocida como “El Polvorí”, por una pareja de paseantes. Posteriormente, se comprobó que presentaba una sola herida de bala que afectaba al corazón, por lo que la muerte debió ser instantánea. En las inmediaciones del lugar donde fue hallado el cuerpo de Miguel González, la policía se hizo cargo de un automóvil marca Nissan que había sido sustraído aquella misma tarde, en el volante estaban impresas las huellas de Miguel González, y los cables que accionan el motor de arranque del automóvil habían sido forzados, produciéndose la conexión que vulgarmente se conoce como “el puente”.

Fuentes policiales consultadas, aunque de momento no descartan ninguna hipótesis, dan por cierto que la agresión ha sido causada por uno de los frecuentes ajustes de cuentas que se producen en los ambientes que frecuentaba la víctima, relacionada a menudo con casos de extorsión, agresiones, robos con violencia, y tráfico de drogas.

Hasta el momento el cuerpo de “El Pesadilla” no ha sido reclamado por amigos o familiares.

BAMBI (15).

Había estado testeando mi estado físico por si estaba en condiciones de ir a trabajar, y fue un éxito. Aunque sería más exacto decir que fue un éxito relativo, ya que no me derrumbé hasta después de haberme aseado.

Antes de regresar a la cama, miré mi cara en el espejo, tenía el aspecto trágico de un vampiro despertando en un almacén de cruces, tras una noche de borrachera. Decidí posponer mi incorporación al trabajo hasta el día siguiente.

A media mañana me llamó Mercedes, estaba excitada. Acababa de leer en la prensa el relato de la muerte del tipo que me había destrozado a golpes. Me alegré mientras le pedía a Dios que me perdonase.

Alguien le había roto el corazón de un solo disparo en un paraje solitario de Montjuich. Un ajuste de cuentas según todos los indicios.

Mercedes siguió desgranando noticias: Aquella mañana había sucedido algo poco frecuente, el Comisario de Policía, Jareño, había estado en la Agencia y se había encerrado en el despacho con Humphrey. Lo raro no era que Jareño y el jefe hablasen, eso parece ser que sucedía con cierta frecuencia, aunque lo normal era que fuese Humphrey quien se desplazaba a verle.

Mercedes, según su costumbre había intentado escuchar, aunque fuese parte de la conversación, pero no había conseguido nada. Esto último lo contó con voz compungida, creo que lo consideraba un fracaso personal.

El famoso García, a quien yo aún no había tenido la oportunidad de conocer, se presentó a trabajar el día anterior; aunque según parecía la herida se había reabierto y ahora debería guardar cama algunos días más, parecía ser que lo haría en su propio domicilio.

Le conté que yo no había resistido la prueba, y que esperaría al menos un día más antes de reincorporarme. Me dijo algo que casi me hizo saltar de la cama y llegar a la Agencia aunque fuese a rastras: “Sabes, cada mañana se me hace extraño no verte por aquí”.

 

HUMPHREY (16).

Jareño me miró con indiferencia fingida al sentarse frente a mí.

-¿Sabes que hemos encontrado muerto a “El Pesadilla?

-Sí, lo he leído en la prensa esta mañana.

-Un mal tipo menos, ¿no?

-Sí, un mal tipo menos, y un problema menos para García.

-Sí claro, un problema menos para García. Imagino que sobre las diez de la noche García debía estar contigo.

-Sí, después de tantos días sin venir teníamos un buen montón de asuntos para comentar, se nos hizo tarde.

-Claro, se os hizo tarde. Y también imagino que no os separasteis al menos hasta las once pasadas.

-Exactamente, hasta las once y veinte, recuerdo que miré el reloj al acabar para ver si aún tenía tiempo para pasear a Cariño.

-Bien ¿cómo está Cariño?

-Muy bien, es un encanto de perra.

-¿Dónde anda García?

-En su casa. Ayer no debió haber venido a trabajar aún, fue una imprudencia, ahora parece que la herida le sangra de nuevo y ha preferido quedarse en casa a reposar durante un par de días, parece que la cosa no reviste gravedad. Le he dicho que se lo tome con calma.

-Bien hecho, es un tipo demasiado voluntarioso este García. Oye, cuando hables con él le das recuerdos de mi parte, le comentas que hemos decidido dar carpetazo a la muerte de “El Pesadilla”, es un caso muy claro de ajuste de cuentas, ¿no te parece?

-No tengo la menor duda de que ha sido precisamente eso, un ajuste de cuentas, Jareño.

-Oye, el muerto tenía en su bolsillo un teléfono y una dirección del casco antiguo, resultó ser la casa de una fulana que responde por Mayka, yonky, aunque no la tenemos fichada.

-¿Y que os contó la tal Mayka?

-No contó nada, daba la impresión de que había pasado los últimos treinta años en Groenlandia. Si haces caso de lo que dice, ni siquiera sabe que en este país tenemos rey, reina, príncipes y un montón de principitos. Lo único que nos dijo fue que ya le había estado preguntando uno de nuestros chuminosos, que intentó intimidarla con la placa. Lo curioso es que nadie de la brigada sabía nada de ella en relación con “El Pesadilla”.

-¿Os dio la descripción del hombre en cuestión?

-Sí, podría ser cualquiera. Tú mismo si me apuras.

-Pero yo no tengo placa, Jareño.

-De lo cual yo doy gracias al Señor cada noche. Es una de esas cosas que me hace creer que en el fondo es cierto que Él cuida de mí.

-Me gusta que me tengas en tan alta consideración.

-Sí, claro, ¿tú sabes que es eso de chuminoso?

-Imagino que es una concepción más filosófica del término “amariconao”

-Es posible, si llegases a conocerla se lo preguntas ¿Ok?

-Lo anoto, no te preocupes.

-Te dejo Humphrey, es duro eso de ser policía ¿sabes?

-Lo mismo me dicen los panaderos, los butaneros, los vendedores de electrodomésticos. Este es un mundo duro para todo dios, y a cada uno le duele lo suyo. Quizás no sea tan duro para los abogados.

-¿Para los abogados, no?

-No, los abogados trabajan corporativamente. Uno de ellos te hunde  en la miseria para obligarte a que contrates a un colega suyo quien tras ponerse de acuerdo con el primero, te sacará del lío, previamente te habrán arruinado entre los dos. Deberíamos habernos planteado ejercer de abogados ¿no crees?

-A García le estamos sacando del lío sin ser abogados, Humphrey.

-No te he oído.

-Claro, no he dicho nada. ¡Ah! Casi me olvido de decirte que ya he recibido el informe de balística: la bala que mató a tu colega Porreras, salió de la misma pistola con que mataron al italiano, a la chica que estaba con él y a Gabino Vaz. ¿A ti que te dice eso?

-Que el tipo se ha vuelto loco de remate, no parece haber ninguna conexión entre esas muertes. Sin embargo ese tipo estaba contratado por el propietario de la casa donde aparecieron los cadáveres.

-Sí, pero Gabino Vaz ¿qué tiene que ver en ese lío?

-Vete a saber, era el socio del italiano. Si las muertes tienen como móvil la venganza de alguno de los damnificados por la agencia de préstamos, todo el asunto encajaría.

-Claro, es perfecto. ¿Y entonces que tiene que ver Porreras con el asunto?

-Y yo que sé, Jareño. Ya me has dicho hace un momento que eso de ser policía es un negocio poco gratificante. ¿Sacasteis algo en claro del interrogatorio de Felipe Bastón y Felicidad de la Cruz?

-Felicidad de la Cruz en principio nos dijo que el día de autos estuvo de compras con una amiga. La amiga en cuestión, cuando vio que se trataba de un caso de asesinato y que Felicidad era sospechosa, dijo que ni hablar del asunto, que hacía más de quince días que no veía a Felicidad. Donde parece que si estaba Felicidad es en el Motel de Gavá, en la autovía de Castelldefels, jugando a médicos con un amigo suyo que vive en Madrid. El hombre de  vez en cuando aprovecha alguna de sus obligaciones laborales en Barcelona para saludarla. Lo estamos comprobando, pero parece que por ahí sí que va la cosa.

-Cherchez el polvo que dirían los franceses.

-La palanca que mueve al mundo, muchacho.

-¿Y de Felipe Bastón?

-Eso está algo más complicado. El muchacho trabaja como comercial en una distribuidora de artículos de regalo, nos mintió en los horarios, según su versión en realidad se desvió un poco hasta el Casino, y jugó un rato a la ruleta. De momento no hemos podido comprobarlo, tiene orden de no alejarse demasiado de nosotros, y le estamos controlando discretamente.

-¿Necesitas algo de mí?

-Cuida a García. Si me necesitas para controlarle, llámame.

-Ahora está tranquilo.

-Bien, que siga así, díselo.

En cuanto Jareño se marchó llamé a García a su casa, le pregunté cómo estaba.

-De puta madre.

-Jareño me recomienda que te diga que ellos lo consideran un ajuste de cuentas y que darán el caso por cerrado de forma inmediata.

-Eso fue, Humphrey, un ajuste de cuentas, lo sabemos todos, la postura de Jareño me parece la más lógica. Mañana me pasaré por la Agencia si no tienes ningún inconveniente.

-Claro que no. Te espero, tenemos mucho trabajo, me vendrá muy bien tu presencia.

-Pues nos veremos mañana.

Al cabo de una hora, la mujer de García llamó para decirme que le habían ingresado en el hospital por una hemorragia. Aun no sabían si el nuevo incidente era importante.

Mercedes me pasó una llamada de Sara Villaecija.

-Humphrey ¿qué le contó usted a mi marido? -Su voz tenía la cualidad de un alarido lanzado en un susurro. Añoré el tono de voz ligero, coqueto y divertido de la mujer que había conocido hacía unos días.

-Nada más que usted y yo nos entrevistamos en la cafetería Zanzíbar para que me contestase, ya que eran amigas, algunas preguntas referentes a María Buisan. ¿Cree que le podría haber preguntado algo más interesante?

-No, claro que no, pero comprenda que me sorprendió mucho su visita y luego mi marido parecía preocupado. Y… en fin, ya sabe cómo son estas cosas.

 Su voz había recobrado algo de la frescura que yo le conocía, pero la angustia de hacía unos momentos aún estaba presente, aunque atenuada, en un rincón de su garganta.

-Permítame que aprovechando su llamada le haga una pregunta: ¿Conocía a un hombre llamado Gabriel Porreras? Era un detective privado.

-No, ¿debería conocerlo? -Ahora parecía genuinamente sorprendida.

-No sé, Sara. Alguien le ha matado, posiblemente la misma persona que mató a  su amiga María, a Piero Santacroce, y a su socio Gabino Vaz.

-¡Por Dios, Humphrey, no me asuste!

-No era mi intención hacerlo, pero si en algún momento le viniese a la mente alguna relación entre esas personas, creo que haría usted bien en contármelo de manera inmediata. Estoy llegando a un punto que se me hace difícil valorar quien pueda estar en peligro y quién no.

-Sí, claro, pero le aseguro que no veo en que manera podría yo ayudarle. Nunca he oído hablar de este señor Porreras, ni mucho menos le he llegado a ver.

O al menos no te diste cuenta de que lo veías, pensé.

-¿Mi marido pudo ayudarle de alguna manera en su investigación, Humphrey?

-No sé qué decirle, este es un caso realmente desconcertante.  -Mi respuesta fue conscientemente evasiva, prefería a Sara Villaecija intranquila, fuese lo que fuese lo que la mantenía intranquila, que dueña de sus reflejos.

-Sí, claro, en fin, lamento no poder ayudarle, Humphrey.

-No se preocupe, si recuerda cualquier cosa que le parezca interesante llámeme.

-Así lo haré, se lo aseguro.

 No sabía que atemorizaba a Sara Villaecija. Pero a mí, la Sara de hacía un momento me parecía más convincente que la persona alegre y desenfadada que me atendió en la cafetería Zanzíbar. Y a cada nuevo paso que daba, esta sensación se reforzaba.

A continuación, llamé al número que Vanesa Cuenca había dejado el día anterior. Su voz sonaba tan fresca como una mañana en el campo, cuando contestó.

-¿Vanesa?

-Hola tigre, ¿cómo estás?

-Reponiéndome, deberías mantenerte una temporadita alejada de mí.

Su carcajada me hizo meditar acerca de lo que debía hacer con la exótica erección que me amenazaba desde la periferia de mis pantalones.

-Estoy en casa de una amiga mía, ¿te parece bien?

-¿Alguien sabe que puedas estar ahí?

-No, ¿crees que estoy en peligro?

-Han matado a un detective privado que andaba husmeando por los alrededores, y lo han hecho con la misma pistola con que se cargaron a Gabino Vaz y antes a Santacroce y a su amiga.

-Creo que estaría más segura en tu casa, eso que me cuentas es realmente terrible.

-No estoy seguro de que en mi casa estés más segura. El fulano al que se han cargado me estuvo siguiendo a mí. Es posible que el asesino sepa quién soy. A partir de ahí, saber dónde vivo es sencillo, y si se da una vuelta por mi casa y estas allí, entonces sí estarás en peligro… -Y si eres tú la asesina, me apetece más que duermas en la otra punta de la ciudad. Eso se lo conté a mi coleto en voz muy baja.

-Tengo ganas de verte, Humphrey.

-Para rematarme.

-No seas tonto.

-¿Llevaras puestas las bragas rojas?

-Ni esas ni otras, para lo que me duran puestas cuando estoy contigo…

-Quizás mañana podamos vernos, ¿te puedo llamar a este mismo teléfono?

-Estaré esperando.

No sabía que era lo que Vanesa podía contarme, pero era casi imposible que ella no hubiese captado algún detalle en su convivir diario con Piero Santacroce, que me ayudase a desembrollar la madeja en la cual estaba liado.

Y aún quedaba la otra posibilidad: Que ella fuese la asesina. Cuando mataron a la pareja parecía poco probable desplazarse tan rápido de su lugar de trabajo hasta el escenario del crimen, sin embargo poco probable no significa imposible. A Gabino Vaz le encontró ella, la gran pregunta era ¿le encontró vivo o muerto? A Porreras le mataron, casi con seguridad, cuando ella ya se había marchado de mi casa. ¿Móviles? Temía que escarbando ligeramente encontraría tantos que fácilmente me podría enterrar en ellos.

El oficio de detective también es duro. Me olvidé de comentárselo a Jareño.

Bambi. L.G.Maluenda. Revista Fiat Lux. 2016.04 (2)

Había un personaje que andaba rondando por mi cabeza desde hacía días, concretamente desde que lo encontré de visitante social en casa de Angelines Manjón. Me refiero a Santiago Martorell. Su comportamiento, no sabía si calificarlo como enfermizo o como propio de quien ha perdido las referencias en su vida y busca alocadamente nuevas referencias para no hundirse en el vacío existencial. De una u otra manera, Santiago Martorell era un sospechoso tan sólido como el aliento de un borracho. Si hasta el momento no le había prestado toda la atención que el personaje merecía, era única y exclusivamente debido a la acumulación de cadáveres y sospechosos que paseaban dolientes por mi mesa de trabajo.

Almorcé en el bar de Higinio “El Ruedas”, el antiguo camionero que harto de atropellar perros en lugar de Guardia Civil de Tráfico, según sus propias palabras, dejó la ruta y se afincó en el Poble Sec.

Su bar sirve para que luzca sus lamentables dotes de cocinero, -tortillas de sobras aparte-, a precios módicos. En el local, paradójicamente, paran a “bocadillear” muchos Guardia Civiles, y la relación de Higinio con ellos es modélica. Comentan aspectos de la vida en la carretera, anécdotas en ocasiones divertidas, en ocasiones sangrientas, pero que siempre concitan la atención de los parroquianos, los cuales de vez en cuanto se atreven a pedirle a Higinio que cuente esta o aquella de las ya conocidas y más celebradas.

Almorcé unos espárragos con sabor a gases lacrimógenos y una ración de tortilla de sabor delicioso en la que se adivinaban judías pintas y algo de un color amarillento que no me atreví a clasificar.

El bar de “El Ruedas” es un lugar familiar, a determinadas horas encuentras a determinado personal. Y eso te hace sentir ciudadano de algún sitio, aunque en ocasiones no es menos cierto que desearías cambiar de lugar de residencia. Una de las habituales a la hora de la comida es Blanquita, una antigua prostituta mulata que ahora, rozando ya los ochenta años, pasea sus flácidas carnes por el barrio, sin poder evitar los deseos de seducción, que durante tantos años fue su soporte alimenticio. De vez en cuando me dirige una mirada de deseo desnaturalizado, luego suspira dramáticamente y comienza a buscar otro objetivo, cualquiera le sirve. Ella es solo una de las muchas víctimas de ese asunto tan complejo que es vivir, que se pasean por el bar de “El Ruedas”.

A las cuatro de la tarde telefoneé a Santiago Martorell, le pedí que me recibiese y no puso el menor inconveniente. Me recibió en su casa. Según me dijo, trabajaba más a gusto allí que en su despacho profesional. El tipo era un adepto incondicional de las nuevas tecnologías. Me contó una historia acerca de las ventajas de Internet, la informática en general, el uso de las web e incluso las videoconferencias que me resultó tan apasionante como una mala digestión.

Santiago Martorell, me seguía pareciendo un ejemplar de hombre atractivo. En un ejercicio intelectual intenté verle con los ojos de Vanesa Cuenca y casi me resultó doloroso no tener una minifalda de cuero negro a mano.

Me ofreció un café que rechacé. Me ofreció una Coca Cola que también rechacé. Me ofreció zumo de naranja y no pude evitar sentir una cierta simpatía por un posible asesino tan amable.

-Usted dirá, Humphrey, en que puedo ayudarle.

-¿Nunca sospechó acerca de la posible infidelidad de su esposa, nunca vio, escuchó, intuyó algo que le hiciera pensar que algo extraño estaba ocurriendo?

El tipo miró hacia el rincón del salón como si allí se encontrara la respuesta a todas las preguntas que yo había formulado, y se mantuvo callado. Me gustaría decir lo que sus ojos me contaron, pero sus ojos mostraban la misma inexpresividad que él.

-¿Santiago, me ha escuchado usted?

-No.

-¿No me ha escuchado?

-Sí, sí le he escuchado. La respuesta a su pregunta es no, nunca a lo largo de nuestro matrimonio sospeché que pudiese estar ocurriendo algo que se apartase de lo normal.

Le hubiese podido contar que lo que le había sucedido era tan normal como el dolor de muelas cuando se come un exceso de azúcar, o como la afonía tras una orgía de aire acondicionado; le hubiese podido contar que los detectives privados, los recepcionistas de hotel, los camareros y tantos mas, tenemos un concepto de la normalidad distinto de la suya. En lugar de eso, contesté:

-Verá, puedo comprender que estuviese enamorado de su esposa y en estos momentos le resulte doloroso hablar de ello, pero debería hacerlo. Alguien ha matado ya a cuatro personas, entre ellas a su esposa, y no podría asegurarle que no siga matando. Tal vez, si usted me ayuda, podamos impedir que siga matando y que reciba el castigo que se merece.

-Sí, sí estaba enamorado de mi esposa.

-Bien ¿y del resto que me dice usted?

-Quizás… No, sé, no puedo estar seguro de nada, de hecho es una tontería.

-Cuénteme esa tontería. Tal vez lo sea, o tal vez sea algo importante.

-En alguna ocasión sentí celos, tuve la impresión de que María podía estar engañándome con otra persona, pero nunca me atreví a creerlo. Yo conocía a la otra persona, y su situación en la vida era tan ideal que pensé que lo que me sucedía no era más que envidia.

-Está hablando de Piero Santacroce.

-No, estoy hablando de Sara Villaecija.

-¿Perdón?

-¿Comprende ahora mis reticencias a hablar de este asunto, no?

-Perfectamente, pero ahora más que antes le agradecería que siguiese hablando de este tema.

-Repito que lo más probable es que todo lo que le diga no sea más que  una reacción de envidia ante una persona que lo tiene todo en la vida, belleza, dinero, inteligencia. Sin embargo, en más de una ocasión me pareció ver una complicidad entre ellas que iba más allá de la pura amistad, ciertas miradas, medias palabras que ellas entendían y yo no, alguna conversación telefónica que se interrumpía si yo aparecía en aquel momento y que continuaba con banalidades que sonaban forzadas.

-En ocasiones las mujeres no nos permiten entrar en su mundo, ya sabe que tienen un sentido del corporativismo muy arraigado, quizás solo se tratase de eso.

-Quizás, pero no era esa mi impresión.

-Mire, si Sara Villaecija le permitía a su esposa que usase su casa para los encuentros que mantenía con Piero Santacroce, eso podría explicar la sensación de complicidad que usted apreciaba. Y explicaría también los cambios bruscos en una conversación telefónica.

-Sí, ya lo he pensado, sin embargo la sensación que yo tenía en aquellos momentos era distinta, creía ver una complicidad que tenía algo de sexual. Mire, es mejor que lo dejemos, todo podría ser producto de mi imaginación y esté acusando gravemente a una persona que no se lo merece.

-¿Conocía usted bien a Piero Santacroce?

-No, quien le conocía mejor era María…

Inmediatamente se dio cuenta de la obviedad rayana en la estupidez que había dicho, porque a continuación murmuró en voz baja:

-…ella era quien se encargaba del contacto directo con los clientes.

La conversación con el marido de María Buisan ya no dio más de sí, la última frase parecía haberle devuelto a un estado de desconcierto del que solo se podía salir sumiéndose en el olvido más absoluto.

Caminé un rato sin rumbo fijo, encontré un banco vacío en una zona de sombra y me senté. Intenté focalizar la imagen de las dos mujeres haciendo el amor. Algo no cuadraba en aquella imagen. En ocasiones, cuando los periódicos deportivos anuncian el fichaje de algún crack por el Futbol Club Barcelona, para adivinar si será cierto o solo una serpiente de verano, imagino la cara del futbolista en cuestión vestido con la zamarra del club, si la imagen cuadra pienso que puede ser cierto el fichaje, si no cuadra pienso lo contrario, y en muchas ocasiones acierto. Intenté verlas abrazadas, las lenguas recorriendo los cuerpos. Excitante si resultaba. Pero seguía sin cuadrar del todo. Tal vez la imagen sexual de Sara Villaecija y el deseo que era capaz de despertar en cualquier hombre, incluyéndome a mí, era la única razón que velaba la imagen de las dos mujeres abrazadas.

Un tipo desastrado, con barba de cuatro o cinco días, greñas de bastante más tiempo y un olor corporal capaz de asustar a un criador de mofetas, se sentó en la otra punta del banco que yo ocupaba. De una bolsa de plástico con el anagrama de un supermercado sacó un paquete de preparado para paella congelado, rasgó el paquete y fue separando los ingredientes, en primer lugar se comió el arroz crudo que tomaba a pequeños puñados, introduciéndolo en la boca abierta que miraba al cielo, le siguió el marisco, que masticaba cuidando no herirse con el cascarón que escupía a ojo, sin apuntar, luego sorbió un sobre con tomate y especies, los guisantes congelados le sirvieron de postre. Finalizó la comida con un trago de agua de una botella que salió de una bolsa mayor que había dejado en el suelo, lo remató todo con un eructo espumoso, de sonoridades apocalípticas. Le miré hipnotizado hasta el momento en que me di cuenta de que si no salía a escape de aquel banco, vomitaría.

Mientras me alejaba, me pregunté qué motivos necesitaría el tipo de la barba para asesinar a alguien. Si se dan las condiciones adecuadas, todos y cada uno de nosotros somos capaces de asesinar a alguien. Yo solo quería saber que motivos podía tener el asesino de aquellas cuatro personas.

Aquella noche cené en casa, esperaba ver a mi vecina tomando su baño de luna. Me acodé en el balcón y esperé. A las once de la noche salió, desnuda como de costumbre, llevaba puesto el guante de encaje y fumaba. Me miró y con la mano me señaló el interior de mi casa. Quería que me largara.

-¿No quieres que te vea?  -Lo dije gritando innecesariamente, la anchura de mi calle me hubiese permitido hablar normalmente.

Ella contestó con voz, solo un poco más alta de lo normal:

-No me importa que me veas, lo que no quiero es que me estés observando, no soy un espectáculo.

-Pensé que lo hacías para que yo te viese.

-Quizás sí que lo hago para que me veas, pero con condiciones, las que yo decido en cada momento.

-¿Y el guante?

-¿No te gusta?

-Sí.

-Bien, pues no lo compliques, lo llevo precisamente para eso, esperaba que te gustase.

-¿Quieres excitarme?

-Bueno, me halaga.

-Muy bonito.

-Claro que lo es. Ahora lárgate, dedícate a tus cosas. Déjame fumar sabiendo que de vez en cuando me vas a admirar.

-Tienes un cuerpo admirable.

-Y tú una perra encantadora, ahora si no te vas me tendré que marchar yo.

Me largué. No se puede ignorar una invitación formulada con la rotundidad que ella lo hizo.

Se tendió en la hamaca, cerró los ojos y dirigió su ciega mirada a la cara manchada de la luna. El humo del cigarrillo formaba figuras cambiantes, que yo  no tenía permiso para mirar.

BAMBI (16).

En la última ocasión en la que entré en la Agencia yo era un tipo joven, fuerte, y dispuesto a comerme el mundo, o al menos una parte proporcional a mi estatura. Aquella mañana, entrando en la Agencia, me sentía tan enfermo que yo solo hubiese justificado la presencia de  un hospital por los alrededores.

Pero en casa me aburría. Y lo que era peor: en la medida que mi salud mejoraba, aumentaba la reticencia de Mercedes a compartir mis males en la misma cama. Llegue, por tanto, a la conclusión que un poco de movimiento no le vendría mal a mi recuperación.

Cuando entré, ella se levantó. Vino corriendo a pequeños saltos a darme la bienvenida. Me beso en ambas mejillas mientras yo aprovechaba para estrecharla contra mi cuerpo. Sus tetas aplastándose contra mi pecho me produjeron un dolor sólido como un bloque de granito que aguanté hasta que ella me separó suavemente y volvió a su mesa, allí se parapeto a salvo de efusiones poco gratuitas.

Le sonreí con agradecimiento. Creo que si hubiese  soportado aquel dolor unos segundos más me hubiese desmayado. Mi libido estaba tan atormentada que no tendría excesivas dificultades para encontrar lasciva y provocadora la cháchara insulsa de tres septuagenarias alrededor de sendas tazas de té.

Al cabo de un buen rato llegó Humphrey. Se alegró de verme,  preguntó si estaba en condiciones de moverme rápido para seguir a alguien.

Le dije que sí. Creo que no se fio de mi buena voluntad porque me dijo que ayudase a Mercedes a hacer cosas. Dijo precisamente eso “hacer cosas”, luego me guiñó un ojo. Ella lo vio y respondió que no tenía apenas trabajo, que por ella que no nos molestásemos.

¿Cómo le hubiese explicado yo que no me representaba ninguna molestia?

Ilustraciones de Rosa Romaguera

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