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Novela en serie: BAMBI (X), por Maluenda

“Bambi estaba hecho un desperdicio clínico. Hubieses jurado que iba a desplomarse de un momento a otro, quizás ese fuese el motivo por el cual insistía en aferrarse a la mano de Mercedes. Le pregunté si estaba en forma para trabajar y me contestó que sí, pero no le creí”.

Humphrey, Bambi, Mercedes, Santacroce, Vanessa Cuenca, el comisario Jareño, Mayka, El Pesadilla… Todos en acción.

“…Intenté girar el cuerpo para que la bala no me alcanzase. No lo logré, vi como su punta reluciente se introducía en mi cuerpo, a la altura del estómago, luego comenzó a subir recorriendo mi anatomía. Buscaba el corazón, se movía a impulsos, se detenía, estudiaba el camino que debía seguir y reemprendía su marcha con lentitud dejando un rastro rosa sucio entre mis órganos. Sara Villaecija seguía sonriendo, sus labios móviles formaron una palabra sin eco: Gilipollas”.

 

Capítulo 10 de la Novela en Serie Bambi, de Luis Gutiérrez Maluenda, que estamos publicando en exclusiva aquí en Fiat Lux.

 

 

BAMBI (LOS MUERTOS SON MALOS PAGADORES).

CAPÍTULO 10.

Una novela de Luis Gutiérrez Maluenda.

 

 

HUMPHREY (17).

Aquella mañana, Bambi, se había reincorporado al trabajo. Trataba de acariciar la mano de Mercedes mientras simulaba que ordenaba unas motas de polvo sideral depositado en la centralita telefónica. Ella le hablaba sin acordarse exactamente  donde había dejado la mano la última vez que la usó. Era realmente enternecedor. Y curioso, a mí nunca se me había ocurrido que acariciar la mano, precisamente la mano, de Mercedes pudiese llegar a ser gratificante.

Bambi estaba hecho un desperdicio clínico. Hubieses jurado que iba a desplomarse de un momento a otro, quizás ese fuese el motivo por el cual insistía en aferrarse a la mano de Mercedes. Le pregunté si estaba en forma para trabajar y me contestó que sí, pero no le creí. Le recomendé que hiciese alguna cosa con Mercedes, dándole a la frase toda la carga de mala intención que pude. Por la forma en que ella simuló ofenderse, casi me puse celoso.

Llamé a Vanesa y la invité a almorzar conmigo. Diez minutos después me llamó Mediahostia y me invitó a almorzar con él y las dos bielorrusas, quienes se mostraban encantadas de conocer a un verdadero tipo duro de vida peligrosa y aventurera. Lamentablemente ese era yo.

Llamé a Vanesa para posponer la cita hasta media tarde, su móvil estaba apagado o fuera de cobertura según me indico la voz insulsa de una cinta sin imaginación que ni siquiera me conecto a un contestador automático.

Volví a llamar a Enrique Valles y le dije que metiese a las dos bielorrusas en formol hasta la noche sí eso era posible. Mi amigo llamó al cabo de quince minutos, aquella noche, las dos bielorrusas estaban comprometidas con el pope de su pueblo en las lejanas estepas, o algo muy parecido. Debía por tanto contactar con mi cita anterior y cancelarla.

Llamé a Vanesa quien entonces comunicaba. Y continuó comunicando alrededor de una hora y cuarto. Durante ese lapso de tiempo llamé tres veces al proveedor de bielorrusas para que supiese que estaba en ello. Finalmente el teléfono de Vanesa dejó de comunicar, y de nuevo me contestó la voz insulsa carente de imaginación para decirme que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Le rogué encarecidamente a Mediahostia que asesinase al pope venido de las lejanas estepas de Bielorrusia y que no se preocupase por los despojos. Yo conocía a gente dispuesta a hacerlo desaparecer por una cantidad realmente módica. Prometió hacer lo posible, aunque no aseguró nada.

A todo eso ya era hora de acudir a la cita con Vanesa. Cuando salí, Bambi estaba contando clips con Mercedes. Se miraban a los ojos como si cada uno de ellos admirase la forma de manejar los clips que tenía el otro.

Creo que mi secretaria no tenía la más mínima intención de acudir a Comisiones Obreras para denunciar a Bambi por acoso sexual en el trabajo. Eso me lo reservaba a mí, aunque no la acosase.

Vanesa, me esperaba en un restaurante japonés donde tienen la decencia de cobrar cantidades aceptables por el menú, como compensación del ahorro que les representa servir cruda la mitad de la comida. Un camarero, parcialmente camuflado entre los bambúes de un biombo decorativo bizqueaba recorriendo el cruce de piernas de Vanesa. Me senté de manera que mi cuerpo le impidiese seguir meditando en los misterios del cuerpo femenino. Me dirigió una mirada cargada de rencor, sus ojos decían que si se le presentaba la ocasión aliviaría su resfriado con mi servilleta y removería la caspa de su pelo con mis palillos. Un motivo más para usar cubiertos occidentales.

Ella parecía estar muy versada en la cocina oriental y escogió para los dos. Nos sirvieron algo cuyo nombre tenía reminiscencias de verdura, aspecto de muérdago navideño bañado en sirope y sabor avinagrado. Mientras yo lo miraba con cierta prevención, Vanesa me aseguró que estaba delicioso. Lo comí sin atreverme a preguntar a qué clase de ser me estaba comiendo.

Hablamos de cualquier cosa mientras comíamos, especialmente del gran sacrificio que hacía su amiga hospedándola en su casa. Un apartamento pequeño, casi tropezaban la una con la otra. Los problemas domésticos de Vanesa y su amiga me entristecían hasta tal punto que decidí cambiar de conversación

-Estoy muy interesado en saber cómo era Piero Santacroce, cuéntame  acerca de su carácter, de sus costumbres peculiares, de todo aquello que se te ocurra.

-Es difícil retratar a una persona si no te preguntan algo concreto, él era un hombre muy convencido de sus posibilidades, retaba a la vida y a cualquier persona, hombre o mujer, que se le enfrentase. Estaba convencido de que era el más fuerte, arriesgaba en sus jugadas, normalmente golpeaba y ganaba.

-¿Era tan listo, tan fuerte?

-No. Pero él así lo creía, y eso le daba fuerza.

-¿Qué tal era moralmente?

-Te lo acabo de decir, creía en la ley del más fuerte, si podía engañar a alguien lo consideraba un acto licito, en cualquier caso la culpa sería del otro por ser tonto y dejarse engañar. En el trato superficial era un tipo educado, encantador, dispuesto a hacerte un favor si podía. Pero, si mientras te  lo estaba haciendo se presentaba la ocasión de devorarte, ni siquiera se planteaba la duda de si era ético hacerlo, simplemente valoraba los beneficios que le pudiera reportar. Era un tipo realista, entendía a la perfección el funcionamiento de este mundo, y se aprovechaba de ello.

-¿Tú también lo entiendes así?

-Más o menos.

-¿Me devorarías, si tuvieses la oportunidad de hacerlo?

-¿Por qué debería hacerlo?

-Para obtener algún beneficio, ¿no?

-¡Bah! No seas tonto.

-Lo intentaré. ¿Qué tal era como amante?

-Era extraordinario como seductor, como amante bajaba bastante, no es que fuese un desastre, pero una llegaba a añorar al hombre que la había seducido.

-¿Llegasteis muy lejos?

-Un polvo sobre mi mesa de trabajo y dos visitas a mi apartamento, a la tercera se presentó con una mulata, quería que nos hiciésemos amigos los tres. A él le gustaban ese tipo de juegos, a mí no. Les largué tan lejos como pude, después de ese día solo fuimos socios y compañeros de trabajo, yo dejé de interesarle y él dejó de interesarme a mí, de la mulata no llegué a saber nada más.

-Podías haberla fichado como comercial.

-Estúpido.

En aquel momento escuché a mi cerebro crujir y removerse dentro de mi cráneo. Trataba de situar la información que acaba de recibir en el lugar adecuado, sabía que ese lugar existía, pero no acababa de ubicarlo.

-¿Sabes si este tipo de juegos era algo habitual en él?

-Supongo. ¿Tú ves algo en mí que incite a compartirme en la misma cama con otra mujer?

Tomé la pregunta como algo retórico y seguí preguntando.

-En los días anteriores a su muerte, ¿apreciaste algún cambio en su proceder?

-Nada en absoluto, Humphrey.

-¿Pudo haber algún tipo de roce con vuestro socio?

-¿Con Gabino?, No, las cosas estaban yendo según lo previsto e incluso mejor, no había motivo para roces. Y si hubo algún tipo de problema, yo no lo sabía.

-¿Ni siquiera de tipo sentimental?

-Ni siquiera de tipo sentimental. Ya te he dicho que mi relación con Piero fue muy corta, Gabino no pudo ni siquiera llegar a enterarse. Y mi relación con Gabino se basaba más en el agradecimiento por mi parte que en una pasión amorosa.  Por lo que a él respecta era pura diversión y cobro por los servicios prestados. Para que lo entiendas mejor, si no hubiese sido por Gabino, yo no habría participado en el accionariado de la empresa. Eso le daba algún que otro derecho sobre mi cuerpo, a mí el trato me parecía justo, también le daba derecho a mi fidelidad en caso de discrepancias en el accionariado. Nada más que eso.

-¿Hubo discrepancias en este sentido?

-No, no las hubo.

El postre fue un remanso de paz, su aspecto y su sabor coincidían.

Vanesa aún tenía una revelación para hacerme:

-Humphrey, hoy te he engañado, espero que no me lo tengas muy en cuenta.

-Cuéntame ahora la verdad.

-Te prometí que no llevaría puestas las bragas. Las llevo puestas, pero si quieres puedo pasar un segundo por los servicios y arreglarlo. Por cierto, no te he comentado que mi amiga hoy llegará tarde a casa.

De acuerdo, ya sé que si lo miramos objetivamente mi decisión no fue la más profesional. Pero díganme ¿ustedes que hubiesen hecho?

Cuando salí del apartamento de la amiga de Vanesa, personas y objetos comenzaban a confundirse en la incipiente oscuridad. Desperté de su letargo a mi teléfono móvil y un pitido me informó que tenía un mensaje aguardándome. Mi amigo Mediahostia, me informaba que no había sido posible hacer desaparecer al pope bielorruso y que aquella noche no habría juerga.

Debía agradecerle al destino que preservase mi orgullo masculino ya que mis ansias sexuales mantienen una cierta discrepancia con mi capacidad para darles satisfacción. En este aspecto prefiero no acometer actos heroicos. Las mujeres son capaces de herir mi sensibilidad con descorazonadora facilidad.

Cariño me sometió a un escaneo olfativo especialmente intenso en cuanto abrí la puerta de casa. A continuación se sentó frente a mí y me dirigió una de esas miradas acusadoras que solo desaparecen tras un largo paseo.

Mientras caminaba tras mi perra iba ligando las últimas informaciones que había recibido: Si Piero Santacroce era amigo de reunirse en una misma cama con dos mujeres, Vanesa lo afirmaba y yo no tenía motivo para dudarlo, y suponía que Santiago Martorell tenía razón al sentir celos de Sara Villaecija, ¿por qué no pensar que fuesen María y Sara quienes acompañaban a Piero, o se dejaban acompañar por él, en sus juegos? Al fin y al cabo  alguno de los encuentros sexuales de Piero Santacroce con María se producían en la villa propiedad de Sara Villaecija.

Si todo ello fuera cierto, y no era descabellado pensarlo, todo apuntaría a  la propia Sara Villaecija, la tercera pata de la relación, como autora del doble crimen. ¿Motivos? Tal vez estuviese siendo desplazada por Piero en la estima de María y no pudo aceptarlo. Quizás fuese María quien la desplazaba en la estima de Piero. Cuanto más lo pensaba más convencido estaba de la bondad de mi razonamiento.

Móvil: Celos. Oportunidad: Conocía el lugar y tenía el acceso franco. Medios: Una pistola cargada. Preguntas: ¿Qué demonios pintaba la muerte de Gabino Vaz? ¿Qué sabía Gabriel Porreras que hizo que su muerte fuese necesaria? Cuando le comuniqué a Sara Villaecija la muerte del detective, su sorpresa me pareció genuina, hubiese jurado que ni siquiera sabía que el pobre tipo existiese.

En cuanto llegué a casa telefoneé al Comisario Jareño a su domicilio, acababa de llegar y tenía voz de espaguetis al pesto.

-¿Estas cenando Jareño?

-No, Humphrey, no te preocupes. No estoy cenando, en todo caso estaba cenando.

-Si lo prefieres, te llamo en media hora, es importante.

-Dentro de media hora estaré haciendo la digestión y me la vas a estropear, mejor me cuentas ahora eso tan importante.

-Creo que los mató Sara Villaecija.

-¿A quién, a todos?

-No, no sé. Quizás, pero creo que a los dos primeros los mató Sara Villaecija. Me descolocan Gabino Vaz y Porreras, no tengo casilla para ellos.

-Me estoy sentando, Humphrey, empieza a contarme.

Le conté, le proporcioné una explicación prolija, le argumenté todas y cada una de mis sospechas, luego esperé.

-Humphrey, realmente lo que me cuentas tiene algún sentido, a pesar de que hay unas lagunas por las que podría navegar el Titanic. Y no solo por lo que hace referencia a Vaz y Porreras. En su momento la coartada de Sara Villaecija nos pareció más bien débil, por lo tanto la comprobamos y parece confirmada. El chaval que corta las entradas, en la sala de cine donde ella asegura que estuvo, la recordaba con todo lujo de detalles. No me extrañaría que aquella noche se la beneficiase un par de veces en la soledad de su cama.

-Dicen que va muy bien para el acné.

-No creo que el acné fuese lo que le impulsase a meneársela. Antes de saber que la cosa era sería, lo que recordaba con más detalle era el culo de la Villaecija, parece ser que se le cayó la entrada y se agachó a recogerla frente a él. Aún estaba  traumatizado.

-¿Sabemos qué hacía, dónde estaba, cuándo asesinaron a Gabriel Porreras?

-No, pero lo sabremos, Humphrey, lo sabremos.

-Será interesante que os lo cuente.

-De acuerdo, Humphrey. Ahora déjame en paz, quiero acabar de cenar y leer un rato antes de dormir. Mañana será otro día, y te contaré lo que hayamos averiguado.

Cuando colgué, lo hice con la gratificante sensación de que había hecho algo de provecho. Ya solo me faltaba averiguar qué era lo que había hecho de provecho.

En la terraza de enfrente, la luz débil de un cigarrillo encendido me recordó que no todo eran muertes violentas en el mundo.

Prendí el televisor. En el teletexto no aparecía ninguna noticia acerca del asesinato de un pope bielorruso. Casi me alegré, estaba realmente cansado.

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BAMBI (17).

Al fin conseguí que Mercedes me acompañase a casa al salir de la Agencia. Al llegar usé un truco sucio, compuse una expresión agónica y le dije que estaba agotado, que me echaba un rato en la cama mientras ella trasteaba poniendo un poco de orden en mi cubículo.

Algo más tarde le pedí que se sentase conmigo en la cama. Y accedió. Le pedí que se echase a mi lado y me abrazase. Y accedió. Al cabo de un rato busqué sus labios, ella cubrió mi nuca con su mano y me ofreció los labios, apretó su cuerpo contra el mío y…

Y me asusté, creo que ni sumido en la peor de mis borracheras había experimentado una sensación de flacidez tan alarmante. Ni siquiera tuve valor para pedirle que me ayudase.

¿Ayudarme, a que? Si solo con su presencia Mercedes era capaz de poner en entredicho la calidad y resistencia del traje que me había comprado en Zara con el adelanto de Humphrey. Y ahora que la tenía entre mis brazos, ofreciéndome sus labios, acoplando con fuerza su cuerpo espectacular al mío, yo no hubiese podido presentarme a un concurso de eunucos ya que me hubiesen descalificado por competencia desleal, por superioridad manifiesta en el grado de flacidez y en su irreversibilidad.

Eso era algo que Dios no podía hacerme, yo no le había hecho nada para que me tratase de esa manera. Cerré los ojos e intenté hacer un trato con Él: si mi hermano del alma dejaba de hacer barbaridades, le prometía no beber más que agua  a lo largo del resto de mi vida, y…un momento, un momento, también iría andando cada último Viernes de mes a la Basílica de la Merçe. Pondría el más lujoso de los cirios ante la imagen del santo protector de huérfanos e impotentes, fuese quien fuese ese santo. Abrí los ojos, respondí al beso de Mercedes, bajé subrepticiamente la mano hacia mi entrepierna…

Comprobado: a Él, mi vida sexual le importaba menos que los preceptos del Ramadán. Hubiese podido ir andando cada último viernes de mes a los Picos de Europa, hubiese podido llenar de cirios la puerta del hotel donde toman el aperitivo los santos patrones de huérfanos, impotentes y cervatillos abandonados. Aquello tenía el mismo aspecto alegre de un difunto circulando hacia la puerta abierta del crematorio.

Dije que sentía un dolor agudo en la base de la espalda, tan agudo que apenas podía moverme. Afortunadamente no se me ocurrió decir que tenía jaqueca, me hubiese odiado por ello.

Mercedes me besó suavemente, me recomendó que si al día siguiente el dolor persistía no fuese a trabajar, ella vendría a verme más tarde. Aquella noche ni siquiera supe que hacer con la erección desmesurada con que me atacó su ausencia.

Al día siguiente llegué algo tarde a la Agencia y murmuré un lamentable “lo siento”. Ella me contestó que apenas era media hora de retraso y que total Humphrey no había llegado, pero estoy seguro que me entendió. Parecía ligeramente divertida. La hubiese tendido sobre la mesa de diseño tras la que se sentaba y la hubiese penetrado con mi previsible flacidez mientras le prometía un montón de hijos y una campana extractora de alta tecnología en la cocina. Amen.

Por fortuna Humphrey llegó al cabo de poco rato. Mercedes me acababa de preguntar si a mí también me gustaba el arte conceptual. Me extrañó que dijese “también”. La presencia de Humphrey no me dio tiempo a pedirle aclaraciones.

 Le dije al jefe que me sentía dispuesto a hacer algo, lo que fuese. Me contestó que le haría un favor si me acercaba al Hospital del Mar a visitar a García, que me presentara yo mismo y le contase que él no podía ir de forma inmediata pero que pensaba hacerlo pronto, también podía hacerle un rato de compañía.

Entré en la habitación, esperaba encontrar a un tipo enorme de aspecto amenazador que gruñiría como un oso al verme. El hombre que debía ser García estaba sentado en un sillón mirando a través de la ventana, vestía una bata de cuadros, su mano derecha repiqueteaba sobre el brazo del sillón y no gruñó como un oso cuando entré. Me pareció un sujeto incluso agradable, siempre que a uno le apasionen los paisajes rústicos y encuentre agradable una tormenta de arena al raso. Le imaginé arando en un atardecer mesetario, y la imagen no rechinaba. Me miró y dijo: ¿Nos conocemos?

No, me llamo Bambi y he venido a conocerle, darle recuerdos de Humphrey y hacerle un rato de compañía, de hecho no me vendría mal pasarme algún día en un hospital a mí también.

-Joder, tú eres el ciervo. Creo que “El Pesadilla” no estaba en forma la noche que te pillo, te veo muy entero.

-Está muerto, “El Pesadilla”.

-Sí, eso me han dicho. ¿Te lo cargaste tú?

-No, por Dios, creo que no sería capaz.

-No, supongo que no, bueno alguien lo hizo por ti. ¿Qué le pasa a Humphrey?

-Por citar sus propias palabras, tiene la mesa llena de muertos y no sabe en donde enterrarlos.

-¿Por citar sus propias palabras? Oye ciervo, tú tienes estudios ¿no?, hablas muy bien.

No me gustó su tono de burla y creo que pudo detectar mi enfado cuando contesté:

-¿Eso es malo, Sargento? El Pesadilla me dijo algo muy parecido mientras me aporreaba.

-Te creo, la diferencia es que yo no te voy a aporrear. Y contestando a tu pregunta: Muy malo ciervo, muy malo para ir comentando ciertos asuntos con la clase de ganado con el que tratamos nosotros. Pero siéntate hombre, parece que ya estés deseando marchar.

Realmente lo deseaba, pero el ogro parecía feliz por haber logrado sacarme de mis casillas a las primeras de cambio. Ahora me ofrecía la pipa de la paz, aunque no estaba seguro que lo único que pretendiera fuese tomarme el pelo un buen rato antes de soltarme. Se levantó y caminó hacia la cama sosteniéndose sobre unas piernas torcidas y gruesas que le conferían el aspecto de un Cromañón husmeando la caza. Sin aquellas piernas arqueadas hubiese resultado un tipo alto.

Abrió el cajón de la mesilla de noche, sacó un paquete de magdalenas caseras, y me lo tendió:

-Toma, las hace mi mujer, y si no me las como tenemos bronca, ayúdame. ¿Te gusta el trabajo de la Agencia?

-Sí, es muy emocionante, pero no soporto la visión de la sangre.

-Entonces lo debiste pasar mal mientras “El Pesadilla” te zurraba la badana.

-Creo que en aquel momento ni siquiera me di cuenta de que sangraba, aparte de que la sangre que menos me afecta es la mía. Oiga, ¿le caigo mal?

-No Bambi, que va, es que yo soy así de cabrón. ¿No te lo habían contado? Y por cierto trátame de tu, a la única que le hago que me trate de usted es a Mercedes, más que nada para molestarla un poco. Ella se venga llamándome por mi nombre de pila.

-¿Cómo te llamas?

-Sargento García, ciervo, siempre Sargento García, no te olvides.

-Tranquilo Sargento, seguro que mi nombre de pila aun es peor.

-Sí, es posible, pero como no estamos en un concurso de nombres ridículos, lo dejaremos así. ¿Ya te ha preguntado Mercedes qué opinas del arte conceptual, y de la gente que disfruta con ese tipo de cosas?

-Sí, pero no entendí a que venía la pregunta.

En aquel momento entró en la habitación una mujer en la cincuentena, tenía las mejillas más sonrosadas y cremosas que yo había visto en mi vida. Miró la magdalena que tenía en la mano y sonrió.

-Bueno, menos mal que alguien se las come ¿están buenas?

-Buenísimas señora, soy Bambi un compañero del Sargento.

-Me alegro que vengan a hacerle compañía, el pobre Emerenciano si no tiene movimiento se muere de aburrimiento.

Miré al pobre Emerenciano. Parecía estudiar seriamente la posibilidad de arrojarse por la ventana.

La señora García, me enredó en una conversación que transcurría por vericuetos poblados por personajes de televisión de los que no había oído hablar en mi vida, y alguna que otra princesa de tendencias golfas.

Juraría que la sonrisa de Emerenciano García era debida a la expresión de sufrimiento que yo debía tener clavada en mi rostro.

A la salida del hospital me acerqué al pretil de piedra que separa la playa de la Barceloneta del paseo, me senté y estuve un buen rato mirando el baile de las olas y los reflejos del sol cortejándolas.

Un personaje curioso el sargento García. Y sabía la razón del interés de Mercedes por el arte conceptual.

 Bambi. L.G.Maluenda. Revista Fiat Lux. 2016.04 (6)

HUMPHREY (18).

Aquella noche soñé con Sara Villaecija: el timbre de mi puerta sonaba  como no lo había hecho nunca, era un susurro que repetía mi nombre. Cuando abrí la puerta, ella estaba frente a mí. No hizo intención de entrar, sin decir palabra alargó la mano para acariciarme brevemente el mentón, su mirada era tan dulce como la mirada ciega de la pistola con que me apuntaba, un arma de gran calibre. Sonreí, pensaba que aquellos dedos frágiles no serían capaces de apretar el gatillo, Cuando lo hizo, intenté girar el cuerpo para que la bala no me alcanzase. No lo logré, vi como su punta reluciente se introducía en mi cuerpo, a la altura del estómago, luego comenzó a subir recorriendo mi anatomía. Buscaba el corazón, se movía a impulsos, se detenía, estudiaba el camino que debía seguir y reemprendía su marcha con lentitud dejando un rastro rosa sucio entre mis órganos. Sara Villaecija seguía sonriendo, sus labios móviles formaron una palabra sin eco: Gilipollas.

Me desperté asustado por el eco de la voz que no había podido escuchar, al tiempo que  la ciudad se desperezaba con un rumor sordo, amenazante, que crecía conforme la acumulación de la materia con que se alimenta la urbe, coches, personas, ambiciones, dolor, deseo, reforzaba la seguridad en sí misma. Permanecí despierto, forzándome a conjurar la imagen de Sara Villaecija asesinándome.

Aquella mañana llegué a la Agencia antes que Mercedes. Me senté en mi mesa, apoyé los pies sobre el borde e intenté pensar en cuál podía ser el lazo que unía a Gabriel Porreras y a Gabino Vaz con Sara Villaecija. Cuando Mercedes llegó a las nueve y diez, yo había llegado a una conclusión: fuese cual fuese el lazo que les unía, no iba a descubrirlo sentado y apoyando los pies en el borde de mi mesa. En primer lugar porque la postura me estaba atacando las lumbares, y en segundo lugar porque aquello no tenía el menor sentido.

Mercedes me miró, intentaba seleccionar algún comentario sarcástico para empezar el día:

-Señor Humphrey ¿qué hace aquí a estas horas, no estará pensando hacer alguna tontería? A su edad debería ser más cuidadoso, perder horas de sueño es perjudicial, lo dicen todos los médicos.

-Has acertado encanto, estaba pensando en invitarte a pasar quince días en las Seychelles.

-¿Dos pasajes o uno solo?

-Dos, por supuesto.

-¡Oh gracias! Invitaré a una amiga.

-Anda, ven y siéntate un rato en mis rodillas, ya sabes que me ayuda a pensar.

-Claro, en cualquier momento vengo, acabo primero un par de cosas que tengo que hacer, no se marche.

A las diez telefoneé a Jareño, quería saber si  había averiguado algo acerca de la coartada de Sara Villaecija. Me dijo que alguien estaba hablando con ella en aquellos momentos y que ya me llamaría. Me entretuve tratando de leer unos capítulos de “La Hermana Pequeña” de Chandler, pero acabó deprimiéndome, Marlowe me resultaba demasiado listo en aquellas circunstancias. A las once y cuarto llamó Jareño.

-No hay coartada Humphrey, estaba durmiendo, lo cual a la hora que se cargaron a Porreras es lo mejor que se puede hacer. Su marido lo confirma, él estaba en un tugurio de música country de su propiedad, y afirma que cuando regresó alrededor de las tres de la madrugada ella dormía.

-¿A qué hora se cargaron a Porreras, según el forense?

-Entre las dos y las cuatro de la madrugada.

-Esa coartada no se sostiene, Jareño, tiene tantas posibilidades de ser cierta como de no serlo.

-Tal vez no se sostenga para librarla de sospechas, pero tampoco para acusarla. Con lo que tenemos, lo recomendable es no tocarle las narices, cualquier abogado con dos dedos de frente nos pondría en un aprieto. El marido ya nos ha advertido acerca de echarnos a los perros si les molestamos. Por mucho que le hemos jurado que se trataba de una investigación rutinaria, excepto de canibalismo nos ha acusado de todo. Estaremos atentos, es lo único que se puede hacer por ahora.

-Cuando registrasteis el domicilio de Porreras ¿encontrasteis algún informe referente a SaraVillaecija?

-No. El tipo tenía un armario archivador con más polvo que informes, lo cual nos hace pensar que, o no tenía muchos clientes, o tenía una memoria prodigiosa.

-Sí, es posible, pero por mucha memoria que tuviese, bien debería presentar informes a sus clientes, y de eso queda copia.

-No encontramos nada, Humphrey. A nosotros también nos llamó la atención, pero ya sabes que mis chicos, de la gente de vuestra profesión, esperan cualquier cosa, siempre que no sea buena.

Un comentario interesante el de Jareño. Evidentemente no le contesté, hubiese sido capaz de hacerme una relación de algunas de las cosas que sus chicos esperan de un detective privado.

En recepción, Mercedes estaba intentando convencer a Bambi para que la acompañase a las Seychelles, o quizás era él que la estaba invitando a una boletada en Mollet del Valles. Fuera lo que fuese, parecía que la cosa tenía posibilidades.

Llamé a Vanesa y le pedí que me permitiese echar un vistazo a los últimos expedientes que habían tramitado, descartando los que en su momento ya me había facilitado. Yo mantenía mi apuesta por Sara Villaecija pero aquel caso parecía convertirse en un callejón sin salida, y si alguien no cometía un grave error, sería un caso perdido. Tal vez los nuevos dosieres que me facilitase Vanesa aportasen alguna luz. Era una posibilidad tan remota como que el asesino cometiese un error fatal que le descubriese.

Vanesa me recibió enroscando su cuerpo en el mío de forma que no me quedase la menor duda que seguíamos siendo amigos.

-Mira niña, dejando a un lado el que a mi edad la promiscuidad sexual a intervalos menores de cuarenta y ocho horas puede conducir a graves disfunciones del metabolismo, en este momento estoy trabajando duro y hay algo  que me interesa más que tus indudables encantos.

-¿Has follado alguna vez sobre una mesa de despacho, Humphrey?

-Nunca en viernes, muñeca, déjate de tonterías y vamos a repasar esos expedientes.

Lo cierto es que yo mismo estaba  impresionado por mi capacidad para imitar a los héroes de mis novelas favoritas. Bueno, también estaba lo de las cuarenta y ocho horas y las disfunciones metabólicas. Ya lo he comentado con el médico de cabecera. Me dijo que me jodiera, lo cual me hizo pensar que él estaba peor que yo.

Vanesa rebuscó un momento por uno de los cajones de su mesa y sacó una carpeta de plástico opaco. Se acercó a mí, su mohín componía una expresión de arrepentimiento sincero, más falsa que la sonrisa del perdedor de unas elecciones generales.

-Humphrey, creo que Vanesa se ha portado mal contigo, no sé si merezco tu perdón, este es el único dossier interesante que puedes ver.

Cuando lo acabó de decir me miró como si esperase una zurra en el culo. Tomé el dossier y me despreocupé de  Vanesa, ella es una de esas personas capaces de perdonar cualquier pecado. Siempre que lo haya cometido ella.

Mientras yo leía los documentos que guardaba el dossier, Vanesa había cambiado su expresión, ahora parecía esperar una condecoración. Lo que me revelaron aquellos documentos, en resumen, era que la operación más lucrativa de la empresa había sido la primera, ella les dio el impulso económico necesario para afrontar la expansión del negocio. Un palomo blanco había puesto unos terrenos de extensión considerable, en Sitges, como garantía de un préstamo de 500.000 euros; en un plazo sorprendentemente corto los terrenos habían pasado a ser propiedad de la Agencia por impago de los plazos iniciales y declaración de imposibilidad manifiesta del tomador para hacerse cargo de la deuda.

Lo curioso del caso era que el tomador del préstamo, Gregorio Galeote, había sido socio de Gabino Vaz. Y según se desprendía de una nota adjunta al dossier, había sido este último quien había tramitado el préstamo.

-Cuéntame el truco Vanesa.

-Fue una trampa. Gabino lo arregló todo, no me preguntes cómo lo hizo, pero relacionó de alguna manera los negocios que tenía en común con Galeote, con el préstamo, luego le hizo firmar unos documentos en los que se declaraba incapaz de asumir la devolución. Y ya está, nos quedamos aquellos terrenos ganando una pequeña fortuna aun vendiéndolos por debajo del precio de mercado.

Aquel dossier, y la explicación de la chica, me revelaban a Gabino Vaz como uno de esos fulanos cuyo único gesto honesto en la vida sería suicidarse. Alguien le había librado de tomarse la molestia y la más elemental de las deducciones apuntaba al tal Gregorio Galeote.

-Oye Vanesa ¿tú no sabes que eso podría ser calificado como ocultación de pruebas en una caso de asesinato, por no decir complicidad si el fiscal se pone burro?

-No me asustes Humphrey, por favor, me da mucha pena.

Puedo jurar que el susto de Vanesa no iba a ganar ninguna exposición de sustos espectaculares. Respecto a su pena, la describiría como la misma que tendría un león hambriento en el recreo de un jardín de infancia.

-¿Por qué no me lo enseñaste en su momento?

-No te lo hubiese enseñado si Gabino no estuviese muerto. Yo le debía mucho, ya te lo conté.

-Y el pobre tipo, el tal Galeote ¿se quedó así, tan conforme?

-No. Tuvo una crisis nerviosa de bastante alcance y le ingresaron en un sanatorio. Luego ya no he sabido nada más de él.

Regresé a la Agencia, desoyendo los consejos de Vanesa al respecto de revolcarnos un rato sobre su mesa. Me produjo la impresión de que tenía una fijación con su mesa de trabajo. Quizás un trauma infantil, con esas cosas nunca se acaba de estar seguro.

Con cierto esfuerzo, logré que Mercedes y Bambi dejasen de mirarse  a los ojos y les puse a telefonear a todos los sanatorios mentales de Barcelona y provincia, mientras yo consultaba las direcciones de todos los Galeotes de la guía telefónica. Tuvimos suerte, a las pocas llamadas, Bambi localizó a un Gregorio Galeote en la Clínica Particular del doctor Arredondo en la localidad cercana a Barcelona de La Garriga.

Arranqué a Bambi de sus ensoñaciones amorosas, le metí en mi coche y arrancamos camino de La Garriga. Me duele reconocerlo pero el ciervo en menos de dos semanas estaba más cerca de sentar a Mercedes en sus rodillas, que yo lo había estado en ¿cuánto tiempo? Demasiado en todo caso.

La Clínica Particular del doctor Arredondo en La Garriga era una villa de falso aspecto modernista que se adivinaba al fondo de un jardín bien cuidado. Por entre sus parterres se veían paseando a algunos de los clientes del establecimiento. Algunos caminaban solos, o tomaban el sol en alguno de los bancos de hierro forjado distribuidos por toda la superficie del jardín, otros iban acompañados de enfermeras de coqueto uniforme rosáceo.

Nadie nos preguntó cuándo Bambi y yo caminamos en dirección a la villa modernista, estábamos en lo que parecía un remanso de paz en plena naturaleza. En uno de los bancos, una mujer de mediana edad, vestida con un vaporoso vestido de seda y adornada con una profusión de joyas,  que a simple vista parecían auténticas, se hacía algo en la nariz con el dedo meñique, luego también hizo algo con lo que sacó. Yo deje de mirar.

La recepcionista no hizo demasiadas preguntas cuando le pedí hablar con el doctor Arredondo. Nos presentamos como Céspedes y Niño. En un centro de aquellas características, me pareció poco conveniente presentarnos como Humphrey y Bambi.

Mientras esperábamos a que el doctor Arredondo acabase una consulta nos hicieron pasar a una salita amueblada con cómodos butacones de cuero, en la que de fondo se podía escuchar una relajante selección de Nocturnos de Chopin.

La mujer que entró y se sentó a nuestro lado tendría unos treinta y cinco años y unos enormes ojos verdes que hacían juego con la llamarada roja de su pelo. Nos miró brevemente, cruzó desinhibidamente las piernas, sacó una pitillera de laca roja, y encendió un cigarrillo con toda parsimonia. Expulsó la primera bocanada de humo con placer y preguntó:

-¿Ustedes van juntos?

-Sí.

-¿Y van a tardar mucho?

-No, supongo que no.

-Bueno, entonces no les pediré que me dejen pasar a mi primero, sería una mala jugada ya que mi caso es realmente complicado y no creo que lo solucionemos en un momento, estoy realmente preocupada.

 -Ya vera como encuentra alguna solución. -Vi que Bambi me lanzaba una mirada que no supe interpretar en aquel momento.

-No sé, no sé. Hay mucho en juego, le voy a pedir a mi marido el divorcio, basándome en que a raíz de mi unión con él, he visto cómo se rebajaba de forma notoria el nivel de vida que yo había gozado en varias de mis existencias anteriores. Creo que esto es algo que todo el mundo puede entender, sin embargo él se niega a concederme la indemnización que naturalmente me corresponde. Nos miró y sonrió dulcemente.

-Penélope, ven conmigo, es la hora de tu medicación. La enfermera nos pidió comprensión con la mirada.

La sonrisa desapareció de la cara de Penélope tan rápido como lo haría el gato de la casa al ver acercarse al perro del vecino. Al pasar a mi lado camino de la puerta, susurró: “está al servicio de mi marido”. Sus bellos ojos verdes brillaron con un destello de locura, y paseó su mirada neurótica por toda la salita. Entonces rompió a llorar dulce y silenciosamente.

El doctor Arredondo era un tipo nervioso de baja estatura que masticaba una pipa apagada. Se sentaba arrellanado en un sillón tres tallas más grande que él, en una mesa de despacho de la misma talla que el sillón. Cuando le preguntamos por Gregorio Galeote, movió la cabeza con pesadumbre y expulsó un humo inexistente. El tipo había descubierto la manera de fumar sin temor al cáncer de pulmón.

-Está muy mal, me gustaría equivocarme pero le considero un caso irrecuperable. Si me permiten ¿cuál es su interés en él?

-Estamos investigando un homicidio, y existe la posibilidad de que el señor Galeote pueda aportar algún dato interesante.

-Lo dudo, sinceramente lo dudo mucho. No creo que el señor Galeote esté en disposición de aportar nada que les pueda ayudar. ¿Quieren hablar con él?

-Si es usted tan amable se lo agradeceríamos.

De pie, sin el hándicap del enorme sillón, el doctor Arredondo parecía algo menos bajo. Cruzamos varias estancias hasta llegar a un pasillo con una serie de habitaciones de puertas cerradas, la numero 7 era la residencia de Gregorio Galeote según nos aclaró el doctor. Una habitación blanca, limpia, acolchada, con una figura encogida sentada en un sillón.

-Les presento al señor Galeote. Atiende Gregorio, unos señores han venido a visitarte.

La figura encogida, cobró algo de vida al levantar la cabeza que hasta el momento tenía recogida sobre el pecho. Unos ojos mortecinos aterrizaron sobre nosotros y nos escrutaron. La voz que nos habló era extrañamente potente saliendo de aquel cuerpo maltratado por la enfermedad.

-Acérquense, por favor, últimamente mi oído no parece estar demasiado bien ¿les conozco?

Me acerqué y le tendí la mano. La estrechó y la retuvo entre las suyas mientras hablamos. Su aliento olía a ansiolíticos, y cada treinta segundos sus ojos sufrían un espasmo enloquecido, que cesaba casi en el mismo instante en que sus hombros intentaban unirse a las orejas, en un movimiento brusco.

-¿Qué quieren?

Yo, tras verle en aquel estado, no sabía exactamente lo que quería, aunque a él eso no dio la impresión de que le preocupase mucho, y empezó a hablar sin esperar que le dijésemos nada.

-Yo era rico ¿saben?  -Su voz resonaba como saliendo de un pozo profundo, quizás tan profundo como su propia insania.- Tenía mucho dinero y poca malicia ¿saben? Ahora tengo que ponerme bien, y luego arreglare cuentas con quien deba hacerlo para recuperar mi dinero ¿saben?

-¿Con quién arreglará cuentas, Gregorio?

-Claro, claro que sí, eso es lo que debo hacer, arreglar cuentas.

-¿Con quién cree que debe arreglar cuentas?

-Con él. Al fin y al cabo el dinero era mío, por eso debo arreglar cuentas.

El doctor Arredondo me tocó el brazo levemente.

Supongo que no debía decirlo, pero lo dije:

-Alguien ha asesinado a Gabino Vaz.

-¿Cómo lo hicieron?

-Le dispararon.

-¿Muchas balas?

-Sí, muchas.

En principio la expresión de Galeote no cambió en absoluto, luego cuando sus hombros subieron a encontrarse con sus orejas, una sonrisa se dibujó en su rostro. Los hombros no volvieron a bajar, parecía que por fin Gregorio Galeote hubiera encontrado el gesto necesario para encontrar la paz. Al menos esa fue la sensación que dio durante un par de largos minutos, luego todo su cuerpo se estremeció, y un gemido ronco, que iba subiendo de tono, salió de su garganta.

El doctor Arredondo apretó un timbre en la pared, y casi de inmediato una enfermera apareció con una jeringuilla en su mano, que clavó en el cuello del enfermo. Los estremecimientos cesaron casi de inmediato y Gregorio Galeote se sumió en un sueño intranquilo.

Antes de despedirme del doctor Arredondo le pregunte:

-¿Nunca sale del sanatorio?

-No ha salido ni un solo momento desde el día que entró hace ya casi dos años.

Por el camino de vuelta Bambi comenzó a contarme algo acerca de las enfermedades mentales causadas por un trauma, lo hacía en un lenguaje técnico que me resultaba difícil de seguir, especialmente debido a que mi mente estaba inmersa en otro tipo de disquisición.

Yo debía descartar como sospechoso de la muerte de Gabino Vaz, al fulano que acabábamos de visitar, y  regresar a mi antigua sospecha de que la causante de todas aquellas muertes era Sara Villaecija. El problema residía en que no tenía un asidero sólido para apoyar mi intuición, y en segundo lugar en que no era capaz de hallar el móvil que ligase a asesino y víctima. Podía hacerlo en el caso de Piero Santacroce y María Buisan. También, aunque no tuviese un móvil claro, se había producido una relación entre Sara Villaecija y Gabriel Porreras, a través de la cual podía, con un poco de suerte hallar el móvil. ¿Pero qué demonios se le había perdido a Gabino Vaz por los alrededores de Sara para que decidiera matarle?

Bambi seguía hablando. Me perdí y metí el coche por un sendero en el que de noche no me hubiese sorprendido encontrar al hombre lobo haciendo jogging a la luz de la luna. Afortunadamente lucía el sol, y un tipo ocioso que paseaba a un perro anciano nos indicó el camino de salida hacia la autopista.

Llegando a Barcelona invité a Bambi a comer en un restaurante típico marroquí cercano a la Agencia que se llama “Sabor a ti”. El nombre es una de las rarezas de Mohamed, el dueño, un tipo de físico decididamente repulsivo, la clase de hombre que obliga a la puta que contrata, a hacer un ejercicio de profesionalidad para  no vomitarle encima. Sin embargo, si no eres una mujer, el fulano puede resultar hasta agradable. Tiene los ojos tristes de un basset hound en una cara extremadamente delgada rematando un cuerpo breve y gordezuelo que mueve a saltos irregulares. Su apariencia triste, poco agradable, contrasta con un tono de voz alegre y unos ademanes tranquilizadores.

Cocina un couscous a la miel bueno sin paliativos, siempre que no le permitas que lo sazone con la cantidad que a él le gusta de esa criminal salsa picante, que ellos llaman arisa. Sus pastelillos de especias son tan buenos que corre el rumor de que después de probarlos alguna mujer se lo ha llegado a mirar con buenos ojos. Claro que solo es un rumor, uno de los tantos rumores exóticos que corren por el barrio. Aquí, en el Poble Sec a la gente les encantan ese tipo de historias, les dan la ración de esperanza diaria.

Mi teléfono móvil me cosquilleo en la cintura antes de dejar escapar las notas de “Para Elisa”. Era Mediahostia para comunicarme que aquella noche las dos bielorrusas estaban disponibles, que fuese pensando en algún lugar divertido para llevarlas, me pasarían a buscar alrededor de las nueve para ir a cenar.

En cuanto hube aceptado, toda la carga de culpa judeo cristiana acumulada en mis cuarenta años largos de vida, me atacó. Me recordaba que alguien andaba por ahí cargándose gente, que yo creía saber quién era ese alguien, y que tratando de follarme a una bielorrusa de largas piernas y ojos azules no lo iba a descubrir.

Tras estropear el excelente sabor de un par de pastelillos de especias que acompañaban a una copa de Thibarine, el delicioso aguardiente tunecino de dátiles de Mohamed (una excepción que le permito a mi condición de abstemio), me revolqué durante un rato en mis remordimientos, sin poder dejar de imaginar las piernas interminables de las bielorrusas. Tan pronto mandaba a tomar por el culo al sentimiento de culpa como veía a mis muertos acusándome de insensible.

Acabé optando por una solución de compromiso, iría con Mediahostia y las bielorrusas pero las llevaría a  “La Cueva del Country”. Antes de la llamada de Mediahostia había decidido que si podía hablar con Gaston Villaecija, en un momento y lugar, donde no tuviese las defensas alzadas, tal vez me sería posible averiguar algo de los manejos de su esposa.

.

BAMBI (18).

Creo que Humphrey me vio cogiendo la mano de Mercedes mientras le contaba que nunca había sentido tanta paz como en aquellos momentos en que ella estaba abrazándome en la cama.

Me dijo que mi cama era muy incómoda. Lo dijo sonriendo, dándome pie a que le preguntase si la suya era más cómoda, pensaba hacerlo mientras levantaba su mano y besaba levemente la punta de sus dedos. Pensaba hacerlo en el momento en que Humphrey salió de su despacho y me dijo que debía acompañarle. Le hubiese matado gustosamente y luego hubiese pateado su cadáver. Me he pasado la vida contemplando primeros premios pasar por debajo de mis narices para que otros los recogiesen, y justo en el momento en que el premio mayor me sonreía mientras yo le acariciaba la mano, el hombre que me daba de comer me decía que le acompañase a visitar a un fulano que había perdido la razón.

Me llamo Bambi por algo, dense cuenta, es el nombre que mejor me cuadra: Ojos tristes, boca anhelante, cervatíllas alejándose.

Durante el camino hacia el sanatorio de La Garriga mi jefe me fue contando el caso tal como lo veía, me pareció un dechado de lógica, un magnifico ejercicio de lógica deductiva. Luego, cuando vimos a la piltrafa en que se había convertido el tal Galeote, la lógica deductiva se convirtió en un montón de mierda.

A la vuelta, Humphrey intentó un nuevo ejercicio de lógica deductiva, en este caso la deducción apuntaba a que Sara Villaecija debía ser la culpable. La línea de pensamiento que llevaba a tal consideración también parecía brillante, claro que, por lo visto hacía un momento, la brillantez de las deducciones de mi jefe no probaban nada. Para distraerle le proporcioné toda una serie de datos médicos acerca del desarrollo de las enfermedades mentales cuando se produce un shock traumático que destroza todas las previsiones de futuro de la persona que lo sufre. Si  mi intención era distraerle, creo que lo hice bien. Nos perdimos por un paraje idílico, en plena naturaleza, por el que me hubiese gustado pasear con Mercedes.

Cuando llegamos a Barcelona, Humphrey me invitó a comer en un tugurio árabe de nombre absurdo. Lo regentaba un tipo al que algunos monos le envidiarían la capacidad de hacer muecas con su cara extraña, en la que unos ojos separados más allá de lo humanamente posible, convivían con una boca de labios apenas existentes y una nariz torcida, su cara era tan delgada que costaba creer que le cupiese todo en ella. Durante el postre, Humphrey recibió una llamada que le condujo a un estado de exaltada felicidad, aunque él hizo todo lo posible para que no se le notase.

Poco más tarde me dijo que me podía largar a casa y que pasase un buen fin de semana descansando. Yo me encaminé directamente a la Agencia y a la posibilidad de los brazos de Mercedes.

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