Bambi. L.G.Maluenda. Revista Fiat Lux. 2016.04 (4.5)
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Novela en serie: BAMBI (VII). Por Maluenda

Bambi. L.G.Maluenda. Revista Fiat Lux. 2016.04 (2)“Los domingos, para un detective privado, no son necesariamente un día de asueto. Si el detective privado en cuestión es un tipo solitario, con menos razón.

Si ese detective, acaba de compartir cama y cuerpo con una dama sospechosa de cargarse a un par de socios, lo mejor que puede hacer es buscar una ocupación de duración suficiente para que la dama salga de su vida. O al menos de su cama”.

 

Humphrey, Bambi, Mercedes, Santacroce, Vanessa Cuenca, el comisario Jareño, Mayka, El Pesadilla… Todos en acción.

“Mercedes vino a verme cada tarde en cuanto acababa su trabajo en la Agencia. La tarde del domingo también vino a verme. Se sentó en la silla cerca de mi cama y me preguntó cómo me encontraba.

Vestía uno de esos jerséis ligeros algo más ajustados de lo necesario. Sus tetas, en un afán de hallar el desahogo necesario, intentaban saltar por la abertura en forma de pico del escote. Estaba preciosa con una falda es de gasa, muy corta. Según incidía sobre ella la luz me permitía adivinar sus muslos”.

Capítulo 7 de la Novela en Serie Bambi, de Luis Gutiérrez Maluenda, que estamos publicando en exclusiva aquí en Fiat Lux.

“Tengo que preguntarle a Mercedes si le asustan los ratones”.

 

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BAMBI (LOS MUERTOS SON MALOS PAGADORES).

CAPÍTULO 7.

Una novela de Luis Gutiérrez Maluenda.

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HUMPHREY (12).

Jareño sí que me dio información a mí. Una información abundante. Se la resumiré.

Los sospechosos naturales del doble asesinato, los dos conyugues, estaban siendo investigados a fondo. En ambos casos la base de la investigación se concretaba en la ausencia de coartadas sólidas y en la presencia de móviles evidentes. Si no se les imputaban cargos era debido a la ausencia de pruebas, aunque fuesen circunstanciales. En otro sentido, las huellas encontradas en la escena del crimen correspondían todas ellas a los muertos y a los dueños de la casa. En principio no se iba a tener en cuenta el rastro de senda de elefantes que habíamos dejado tanto Bambi como yo mismo.

Se había comenzado a investigar a los damnificados por la agencia de préstamos. Aún no había nada reseñable en este sentido, se comprobaban las coartadas presentadas por Felipe Bastón, y por Felicidad y Rubén de la Cruz respectivamente, que parecían ser sólidas. Los otros damnificados que se investigaban también habían presentado coartadas, algunas de ellas ya comprobadas. Se continuaban las investigaciones en este sentido.

La novedad, incluso podríamos decir la sorprendente novedad, radicaba en el hecho que el arma usada en el asesinato de Gabino Vaz era la misma que había servido para acribillara a María Buisan y Piero Santacroce. Todo hacía suponer que el asesino era el mismo en ambos casos.

Y ese detalle reforzaba las sospechas sobre Vanesa Cuenca. Ella era la única que tenía relación con todas las víctimas, al menos por lo que nosotros sabíamos. Jareño me confirmó que aun la retenían en las dependencias policiales, pero dudaba que la pudiesen retener mucho más tiempo.

En primer lugar, ella misma había denunciado el asesinato de Gabino Vaz, cuando fácilmente podría haber desaparecido del escenario del crimen. Más determinante era que su coartada para el momento que se había cometido el primer asesinato, sin ser concluyente tenía la suficiente consistencia como para aconsejar a la policía no acusarla prematuramente.

El chico que repartía comida preparada a domicilio le había servido un encargo a una hora que hacía casi imposible que ella se desplazase hasta las estibaciones del Tibidabo, asesinase a Piero Santacroce y María Buisan, y regresase a tiempo de atender a unos clientes que certificaban la hora en que se reunieron con ella.

            Para cruzar dos veces Barcelona a primera hora de la tarde, en el tiempo que ella hubiese necesitado hacerlo, no solo hace falta ser afortunado sino que la escolta particular del alcalde te vaya abriendo paso. Y no se tenía noticia de alguna clase de relación entre Vanesa Cuenca y el alcalde de Barcelona.

Aunque no es menos cierto que por razones de su cargo, las relaciones de los alcaldes gozan de una bien ganada fama de discretas.

            A este respecto, yo tendía a pensar que al alcalde no le hubiese importado una relación discreta con Vanesa.

La escena de los dos crímenes tenían características distintas. En el primer crimen, la situación y postura de los cadáveres no dejaban lugar a dudas del desarrollo de los hechos. El asesino sabía quién estaba allí y que estaban haciendo. Se descartaba el móvil como robo, el teórico ladrón no se había visto sorprendido por los amantes y los dueños de la casa no habían denunciado la ausencia de dinero u objetos de valor. Para finalizar la puerta no había sido forzada ni se habían encontrado señales de manipulación en el automóvil.

Sin embargo, el escenario en donde fue asesinado Gabino Vaz ofrecía características bien distintas. El asesino encontró solo a Vaz, al parecer llamó a la puerta, Vaz abrió, posiblemente pensando que era Vanesa quien llegaba. Ella  había confirmado que no tenía llaves de la casa, que entró al encontrar la puerta entornada cuando llegó. El asesino obligó a punta de pistola a Vaz a entrar en el domicilio, le condujo al salón y allí disparó. La postura del cadáver, según los chicos de la científica, indicaba que Vaz había recibido el disparo estando de pie, había retrocedido unos pasos y se había derrumbado contra el sofá.

O bien, era Vanesa quien se lo había cargado. El desarrollo de la acción no tenía por qué ser distinto.

Las únicas coincidencias de este último, con el escenario del doble crimen, eran la ausencia de huellas sospechosas y que el asesino hubiese disparado a muy corta distancia. Según mi opinión, eso indicaba que no era un tirador experto. Otra alternativa era que le gustase ver un primer plano del rostro de sus víctimas en el momento de dispararles.

Aquella noche, Cariño y yo paseamos durante una hora larga por las estribaciones de la montaña de Montjuich. Mas tarde preparé una cena ligera para los dos, como colofón  me dispuse a contemplar a la chica que fumaba desnuda a la luz de la luna.

A las diez y media llamaron a la puerta.

Una Vanesa Cuenca desmejorada intentaba ver el interior de casa por encima de mi hombro mientras me decía:

-Me han soltado a última hora de esta tarde, creo que han sido los peores ratos de mi vida, he estado paseando desconcertada hasta ahora. He decidido venir aquí.

-Vuelve a contarme esto.

-Que me han soltado esta tarde…

-No, lo otro.

-Estoy asustada. Mejor dicho, no había estado tan asustada en mi vida. Pero tú no te das cuenta, Humphrey, mis dos socios han sido asesinados. Solo quedamos Angelines y yo.

-Y tú no has sido.

-Eso es. Y yo no he sido. ¿No vas a invitarme a entrar?

-No, creo que no.

-¿Estas acompañado?

-Sí, estoy acompañado. -En aquel preciso momento, mi compañía asomó el morro entre mis piernas e intentó alcanzar con un lengüetazo las piernas de Vanesa.

-Hola preciosa. Tu amo no me deja entrar, ¿tú que dices?

Cariño se coló entre mis piernas, y se sentó junto a Vanesa meneando el rabo. ¿No sé si han oído ustedes hablar del corporativismo femenino?

-Estás en minoría, tipo duro. ¿Nos vas a echar a las dos?

Me aparté a un lado, y suspiré dramáticamente.

-Pasa un momento si quieres y cuéntame que te traes entre manos.

-No se Humphrey, supongo que nada. Solo quiero quedarme a dormir aquí. Tengo miedo y no tengo a nadie más a quien pueda recurrir. Y al fin y al cabo, soy tu cliente.

-Ni lo sueñes. Ya tengo suficientes clientes en este caso.

-Se lo dijiste tú mismo a la policía, ¿recuerdas?

– Fue para sacarte del atolladero en aquel momento, no se me ocurrió nada mejor que decir…

-Muy bien, pues sigue sacándome del atolladero porque cada vez me encuentro más atascada. Ya me pasaras tu tarifa.

-Normalmente mis clientes no se quedan a dormir, el servicio no llega a tanto.

-Normalmente yo no acostumbro a dormir con el primer hombre que se cruza en mi camino, no estoy tan desesperada.

-Solo cuando estás muy asustada.

-No sé. No acostumbro a estar asustada, es una sensación nueva, prefiero compartirla…

-Compartirás el sofá con Cariño. Te advierto que ronca y muerde en sueños.

-Humphrey, cariño. Cuéntale a la pobre Vanesa ¿cuántas mujeres como yo se te ofrecen cada semana?

-No sé. No acostumbro a llevar cuentas de esas cosas.

-¡Ja! Estás deseando echarme la mano encima.

-Efectivamente, para darte una buena zurra en ese culito que te gusta tanto menear.

-Bueno, podríamos empezar por ahí.

-Mira, ahora casi me has convencido.

-¿Por qué te muestras tan esquivo, será que en el fondo tienes algún problema con las mujeres?

-Has dado en el clavo, pequeña. La historia amorosa de mi vida la forman una serie de mujeres que comprendieron que me querían, aunque no lo suficiente para soportarme de forma continuada. Y eso duele durante mucho tiempo. Estoy en plena convalecencia.

-No te preocupes, Humphrey. Puedes tener la seguridad que yo seré una más de ellas.  -Lo dijo acercándose mucho más de lo que aconsejan las buenas costumbres y la moral tradicional.

Estuve tentado de rechazarla de nuevo. No lo hice, aquella noche ya había cubierto el cupo de tonterías que acostumbro a permitirme en ese tipo de asuntos. Así que la besé.

Me correspondió con algo parecido a una llave de cadera de judo que acabó con nuestros cuerpos en el sofá. No sabría explicarlo con detalle pero cuando rodamos hasta el suelo habíamos conseguido despojarnos de la mayor parte de nuestra ropa. El resto de ella también se fue poco tiempo después.

Al cabo de un rato me levanté para buscar algo líquido en el refrigerador y no pude resistir la tentación de echar un vistazo a la terraza de enfrente. Mi vecina tomaba su cotidiano baño de luna, vestía el guante blanco y fumaba sosegadamente. Me vio y levantó su puño cerrado con el pulgar levantado. Me pareció que sonreía.

Estuve tentado de gritarle que era ella que me traía suerte.

De vuelta a la cama, el cuerpo de Vanesa me envolvió en una espiral de deseo y lujuria que según las apariencias le hacía olvidar sus temores.

Llegué a la conclusión de que si ella era la asesina, perdía el tiempo usando una pistola.

Aunque tal vez yo esté exagerando y mi derrota inminente fuese debida a una pérdida de capacidad, inherente a mi condición de macho en declive. Es por eso que en cada ocasión que aprecio un signo de envejecimiento en mi cuerpo, inicio una sentida conversación con el Todopoderoso. Intento convencerle de que si me permite vivir unos cuantos siglos en plena juventud, yo puedo ser una buena simiente para generaciones venideras.

Hasta el momento no se ha dignado responderme.

Y sigo envejeciendo.

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BAMBI (12).

Me desperté avanzada la noche con una sensación de desconcierto. Tenía miedo, pero ese miedo no tenía forma.

Luego recordé.

El miedo se hizo duro, tenía la solidez de un pecado sin posible remisión.

Podía pensar con cierta claridad. No sabía si eso era bueno para mi salud mental.

El cuerpo me dolía de forma uniforme, casi agradecí que fuese así. El dolor se confundía con cualquier otra cosa que me rodease, se hacía familiar. Quizás no amigable, pero sí familiar.

Había soñado que Mercedes me dejaba su número de teléfono móvil.

Y también soñé que me decía que si me encontraba mal la llamase a cualquier hora.

Tendí la mano hacia la silla. Sobre ella había un papel con un número de teléfono móvil anotado.

Sonreí brevemente, hacerlo dolía.

Me dormí de nuevo.

No recuerdo que soñase más.

bambi2

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HUMPHREY (13).

Los domingos, para un detective privado, no son necesariamente un día de asueto. Si el detective privado en cuestión es un tipo solitario, con menos razón.

Si ese detective acaba de compartir cama y cuerpo con una dama sospechosa de cargarse a un par de socios, lo mejor que puede hacer es buscar una ocupación de duración suficiente para que la dama salga de su vida. O al menos de su cama.

Aquella mañana visité a Angelines Manjón sin avisarla previamente de mis intenciones. Lo hago en ocasiones, aunque nunca me ha servido de nada. Pero no desespero, quizás en una de esas visitas sorpresas un día encuentre al asesino escribiendo sus memorias y me permita leerlas.

Una criada, recién trasplantada de las arenas de algún lugar más cálido que Barcelona, me hizo repetir el nombre tres veces antes de pasar a comunicárselo a Angelines Manjón. Salió ella misma, parecía sorprendida y dubitativa cuando me tendió la mano.

-No  ha avisado usted que venía, me temo que no podré recibirle, tengo una visita. ¿Sucede algo que exija que hablemos?

-Puede esperar, en cualquier caso quería comentar con usted la muerte de su socio, Gabino Vaz. La imagino enterada.

-Sí, claro, afortunadamente en este caso puedo presentar una buena coartada, ¿sólida la llamó usted?

-Sí, así la llamé, ¿le importaría contarme cuan sólida es esa coartada?

-Estaba aquí mismo, pero en esta ocasión estaba con mi modista, probamos un vestido, un traje chaqueta, tomamos té y charlamos, prácticamente pasó aquí toda la tarde. También estaba la criada, y recibí un par de llamadas telefónicas de amigas mías.

-Me alegro de escuchar eso, Angelines, hay indicios que apuntan a que fue la misma persona que cometió los dos actos criminales, por tanto el que tenga una coartada para uno de ellos la aleja de la lista de sospechosos. ¿Cuándo le parece que podemos hablar con tranquilidad?

Se mordió el labio, miró el suelo, me observó durante unos instantes. Yo me preguntaba si estaba decidiendo cancelar el contrato que nos unía, ahora que tenía una coartada. Finalmente se decidió:

-¿Le gustaría conocer al señor Santiago Martorell?

-¿A quién?

-Santiago Martorell, el marido de la mujer que asesinaron junto a mi marido. Está aquí en este momento, es la visita que le he comentado antes.

-¿Se conocían ustedes?

-No. Me telefoneó ayer. Dijo que quería hablar conmigo, que estaba desconcertado, que imaginaba que a mí me pasaría lo mismo, y que si hablábamos podría ser positivo para ambos. Estuve tentada de decirle que no tenía ganas de remover este asunto, sin embargo no es cierto. Me embarga una horrible curiosidad morbosa por todos y cada uno de los detalles de este sórdido asunto. Y el marido de la mujer que fue asesinada junto a Piero, su amante, es uno de los objetivos que más puede despertar mi curiosidad. ¿Quiere conocerle? Tal vez eso ayude en su investigación.

-Lo cierto es que tenía previsto hablar con él en algún momento, así que aceptaré su ofrecimiento.

Santiago Martorell, un hombre en la cuarentena, con figura de atleta y rasgos regulares, era el tipo de hombre que valora cualquier mujer. Aunque los sucesos ocurridos indicaban claramente que su valoración era algo inferior a la que obtenía Piero Santacroce.

Me estrechó la mano con la fuerza suficiente para que a mis desprevenidos dedos no les quedasen dudas de su hombría. Sentí un desaforado deseo de patearle las costillas, mientras mis dedos, por su cuenta, dudaban de la honorabilidad de su madre. Sonreí ajustándome a las más elementales normas de cortesía.

-Señor Martorell, me gustaría hacerle una observación. Es posible que algún policía le esté siguiendo. Si es así, en estos precisos instantes se estará frotando las manos de placer pensando en el ascenso que le puede reportar descubrir a los dos principales sospechosos de este caso conspirando.

-Por Dios, señor Humphrey, esta es una conversación absolutamente inocente, provocada por mí desazón. El estado mental en que me han sumido los sucesos de estos días es de un absoluto desconcierto, no soy ni siquiera capaz de sentir el lógico dolor. Seguramente la idea de venir a compartir mi confusión con la única persona que puede sentir lo mismo que yo haya sido una tontería o, como usted ha apuntado, una imprudencia. Pero le aseguro que en esta reunión no hay la menor malicia, solo la necesidad de hallar una explicación al drama que estoy viviendo.

-Me ha convencido señor Martorell. Ahora lo único que falta es que convenza al policía que le ha seguido. Si este es el caso, ni siquiera hará falta que le vaya a buscar, ya le encontrará él a usted. Si fuese así, diga que la reunión tenía como objetivo hablar conmigo para compartir el contrato que la señora Manjón tiene conmigo.

-De acuerdo, le contrato.

-No es necesario, es una excusa que le ofrezco por si es necesario usarla, pero me reservo aceptar su ofrecimiento.

-¿Por qué debería no aceptar mi ofrecimiento?

-Porque usted es el principal sospechoso, también para mí. Y si está pensando que Angelines Manjón es tan sospechosa como usted, y sin embargo es mi cliente, no olvide que ella ya era mi cliente antes de que muriese nadie. A ella  debo concederle un beneficio de duda extenso, a usted el justo para que no se sienta maltratado.

-Creo que le comprendo.

-¿Conocía a Gabino Vaz?

-No, en absoluto.

-Imagino que la policía le habrá mostrado alguna fotografía suya. ¿No le conocía ni siquiera de haberle visto en alguna ocasión?

-Creo que no. Al menos no tengo ningún recuerdo de este hombre.

-Sospechó usted en alguna ocasión que su esposa le fuese infiel.

-No. Yo hubiese jurado que el nuestro era un matrimonio modelo.

Yo pensé que tenía razón, el suyo era un matrimonio modelo, aunque la definición del modelo distase mucho de la que Santiago Martorell tenía en mente. Empezaba a pensar que el hombre tenía menos imaginación que músculo.

-¿Habían recibido ustedes un préstamo de la Agencia de Piero Santacroce?

-No, ¿por qué pregunta usted eso?

-Mire, no se ofenda. Pero hay tres muertos en el depósito de cadáveres, y si le pregunto si los ha matado usted me va a contestar que no. Así que procuro preguntar otras cosas y ver adonde me llevan.

Angelines Manjón, nos interrumpió:

-Humphrey, todo el mundo parece estar seguro de que hay un móvil pasional en la muerte de nuestros respectivos conyugues. Sin embargo acaban de asesinar a uno de los socios de la empresa y eso no tiene nada de pasional. Podría ser que cualquiera de las personas estafadas por mi marido haya querido vengarse. Y, la esposa de este señor, simplemente estaba allí en el momento menos oportuno ¿nadie ha pensado en eso?

-La policía lo piensa. Yo también lo pienso. Es una de las vías de investigación, pero no se puede cerrar ninguna de ellas.

-También está la socia minoritaria de la empresa, Vanesa Cuenca. Ella, tras las dos muertes queda como la más beneficiada, y eso tampoco tiene nada de pasional.

Me abstuve de decirle que tratándose de Vanesa Cuenca sería injusto eliminar los aspectos pasionales del asunto. Me limité a carraspear, algo normal en primavera.

-¿Tiene usted alguna noticia de ella? -Santiago Martorell parecía revivir con tanto sospechoso haciendo cola.

La pregunta me provocó una sensación curiosa en la entrepierna. Nada para pregonarlo, pero allí estaba.

Como para esta pregunta no era suficiente carraspear, aseguré:

-La policía no se olvida de ella, y yo tampoco.

Podía asegurarlo.

-Querría hacerle una última pregunta: ¿Dónde estaba usted cuando su esposa fue asesinada?

-En casa, trabajando en el ordenador. Solo, desafortunadamente.

-Ya veo. Angelines ¿conocía a Vaz?

-Apenas, en una ocasión me lo presentó mi marido. Vino a casa, tenían que discutir no séqué aspectos del negocio. Fue la única ocasión en que hablé con él. Me pareció un hombre desagradable, falsamente obsequioso, pero repito que fue una impresión muy ligera, apenas hablamos.

Cuando abandoné la residencia de Angelines Manjónaún me dolía el apretón de manos que me había regalado Santiago Martorell.

La pareja me había mostrado su lado más angelical. Querían que me convenciese que aquella reunión no era más que una coincidencia desafortunada, y que su participación en los hechos, que habían culminado con la muerte de sus respectivos conyugues, no iba más allá de la de victimas secundarias.

Ahora solo era necesario que yo me lo creyese.

Eso no era tan sencillo.

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BAMBI(13).

Mercedes vino a verme cada tarde en cuanto acababa su trabajo en la Agencia. La tarde del domingo también vino a verme. Se sentó en la silla cerca de mi cama y me preguntó cómo me encontraba.

            Vestía uno de esos jerséis ligeros algo más ajustados de lo necesario. Sus tetas, en un afán de hallar el desahogo necesario, intentaban saltar por la abertura en forma de pico del escote. Estaba preciosa con una falda es de gasa, muy corta. Según incidía sobre ella la luz me permitía adivinar sus muslos.

Me contó las cosas de la Agencia. Al parecer, Humphrey anda preocupado por algo que no quiere contar. Yo la escuchaba con mucha atención, de hecho lo que me contaba me interesaba, por eso me sorprendió mi propia voz cuando dije:

-Mercedes, ¿no quieres tumbarte a mi lado y abrazarme?

Sonrió. Intentaba que yo mismo creyera que lo que acababa de decir era una broma. Yo sabía que no bromeaba, pero también sonreí.

Insistí sin dejar que la sonrisa acabe de abandonar mis labios.

-¿No quieres abrazarme?

-No, no quiero.

-¿Por qué?

-Porque todos los hombres sois iguales. Me pasaría la vida abrazando a los hombres si os hiciese caso.

-Pero yo soy distinto.

-¿Sí? Cuéntame eso de que tú eres distinto.

-Yo soy huérfano, a mi mamá la mataron unos cazadores desaprensivos. Apenas tengo amigos y necesito un poco de cariño en mi vida triste, soy un cervatillo necesitado de afecto y amparo.

-Me sabe mal decírtelo, Bambi, pero tú eres un perdedor, y a mí no me convienen los hombres como tú.

-Ayúdame a dejar de serlo, empújame lejos de la derrota. Lo único que me separa del éxito es toda una vida de fracasos.

-¿Te conformaras con que me tienda un poco a tu lado?

-Y que me abraces.

Mercedes suspiró, se levantó y se quitó lentamente los zapatos de tacón, luego se tendió a mi lado, vestida.

Y me abrazó.

El cuerpo me dolía al sentir la leve presión de los brazos de Mercedes. Un dolor estupendo que cubría toda mi anatomía, pero apretaba los dientes y procuraba no quejarme.

Sentía su calor, su perfume. Adivinaba su mano inmóvil, cerca de mi nuca. No dije nada por temor a romper el hechizo.

Ella forzosamente debió sentir la erección que había florecido en la única parte del cuerpo que no me dolía. Permanecía callada.

Estuvimos así un buen rato, no sabría decir cuánto. Finalmente ella dijo que era tarde, se levantó, alisó su falda y se calzó de nuevo los zapatos de tacón alto.

-¿Te encuentras bien?

-Me siento mejor, gracias.

Luego se fue. Me dijo que si al día siguiente aun no iba a la Agencia, ella volvería para hacerme un rato de compañía.

El dolor me atenazó en cuanto se fue y gemí libremente, sin embargo sentía la inefable sensación de plenitud de dos vecinas hablando mal de una tercera. Y tal como acostumbra a ocurrir en esos casos, ni siquiera tenía un motivo sólido.

Mentalmente les di las gracias a mis ratones por no haber salido a conocer a Mercedes en ninguna de las ocasiones en que me ha hecho compañía. Posiblemente lo han hecho por timidez.

Pero se lo agradezco igual.

Tengo que preguntarle a Mercedes si le asustan los ratones.

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Ilustraciones de Rosa Romaguera.

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