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Trópico, de Rafael Bernal. Por Luis Vázquez

Imagínense pasar el resto de sus días enjaulados, sin posibilidad de escapatoria, en un lugar cuyas puertas estén abiertas. Piensen que esa sensación se la inyectan en vena con literatura de la buena. Quienes hayan leído Trópico saben lo que se conjuga cuando los instintos más bajos pretenden gobernar un mundo inundado de charcas de agua podrida, al amparo del calor, la humedad, las fiebres y los mosquitos.

Hace unos meses llegó a España la Editorial Jus, una de las más antiguas de México, abriendo su colección Ficciones con esta potente obra de Rafael Bernal, seis cuentos independientes que se complementan dando voz a la humillación y la miseria moral que afrontan sus personajes, solidificando cada lectura el indeleble poso que deja la anterior.

Para quien no conozca a Rafael Bernal (México, 1915 – Suiza, 1972), está considerado el padre de la novela negra mexicana por su novela El complot mongol (1969). Tiempo atrás, en 1946, Jus ya había apostado por algunas de sus obras, editando las primeras ediciones de Un muerto en la tumba, Tres novelas policiacas y Trópico, que ahora rescata a este lado del océano.

Trópico es el fruto de los recuerdos ─la «atenta observación del comportamiento humano, de los usos y costumbres sociales», prologa Juan Pablo Villalobos─ que quedaron impregnados en la memoria del autor en los tres años que pasó en Chiapas dedicándose al cultivo del plátano. En este escenario, entre el manglar, la sierra, la selva y la costa de Chiapas, transcurre la cruda realidad de nuestros protagonistas; en ellos, Rafael Bernal consigue poner al descubierto la desesperación más absoluta, el envilecimiento y la resignación más tortuosa.

Cada cuento se aferra al alma, y remuerde las entrañas. No hay tiempo para pensar en lo macabro, en las brutales reacciones que una hembra puede inferir en un macho; el sufrimiento es eterno, y si sucede algo malo, en cualquier momento sucederá algo peor. La vida es un mal endémico, y la muerte, cuando recae en un hombre, aventura dos repartos: su mujer y su hato.

Hay situaciones que un macho no puede permitir, circunstancias en las que ha de dejar clara su hombría, «no por un alarde de machismo, sino por una necesidad consciente», y si hay que matar a alguien, se dispara sin piedad ni conciencia que lo inmute: es su deber como hombre. Pero cuando la muerte ronda, el miedo es libre…

«Llevaba a cuestas su orgullo: él era un macho ante todo y nunca se había cuarteado a la hora de matarse con alguien; pero jamás había sentido miedo y ahora sí lo sentía» … «Había visto a tantos: cómo se quedaban con las piernas encogidas dentro del calzón blanco, la mirada desorbitada en los ojos opacos y las manos crispadas…»

Sebastián Constantino, el compadre Santiago, Lupe, el secretario José López, Tata Cheto y la Niña Licha ponen título a cada uno de los relatos. Pero si hay un personaje que perdurará en la mente del lector, ese es el Chino, personificación de la tiranía humana, dueño absoluto de todo lo que hay a la vista, incluida la vida de los hombres; nunca hubo mayor miserable abusando de quienes habitan en la miseria; y qué miseria…

Por Luis Vázquez .

TRÓPICO, de Rafael Bernal. Jus Ediciones.

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