Crónicas, Expedientes 2

Yo exhumé a Perón. Por Laura Muñoz

Yo exhumé a Perón. Revista Fiat Lux (9)

Nombre: Ricardo Péculo.

Profesión: tanatólogo.

Edad: 65 años.

Fundador del Instituto Argentino de Tanatología Exequial (IATE).

36 años de experiencia en funerales.

540.000 cuerpos inhumados.

Buenos Aires.

.

.

Uno de los momentos más importantes. Quizás el más. O no. Un ceda el paso sin señalizar. El principio del final. El final de todos los principios. Entre A y B, la vida. Desde el nacimiento. La primera bocanada de aire. Hablar. Comunicarse. El entorno. Las relaciones. El fracaso y el éxito alternándose bajo la ley del libre albedrío. Tiempo que pasa, incansable. A lo mejor reproducirse. Criar otra vida. Preparar(se) para el momento. Atreverse. Y llegar a la meta o escuchar el disparo de salida y quedarse helado.

¿Estamos preparados?

Es uno de los momentos más importantes de la vida, la muerte.

Él lo sabe. Instruye y prepara y coordina para que salga bien. Desde los dieciséis, lo hace. Enseñando a entender. Un cuerpo que representa la muerte y al que debiera mirarse a los ojos. Aunque estén cerrados.

No merece la pena pararse a diseccionar qué se siente la primera vez; es como la primera vez de tantas otras cosas: sean bienvenidos a la zona de la normalidad. Entren. Inténtenlo.

Yo exhumé a Perón. Revista Fiat Lux (1000)

.

Yo exhumé a Perón.

Por Laura Muñoz.

En Buenos Aires la Sudestada estuvo a punto de abortar la primera visita de un órgano muscular hueco y extranjero a Recoleta. La lluvia permanente y la luz que no conseguía brillar, su tanteo de arruinar un paseo entre nichos y pasillos donde habitan nuestros muertos. El corazón sin educar que esperaba la instrucción.

A punto.

Suena el timbre con puntualidad inglesa. Un hombre dentro de un traje de raya diplomática. Preparado pero sin boceto. El destino claro y las calles, que aquí son veredas, perdiéndose en una conversación sin apuntes ni grabadora. Lo que no se queda es porque no debe permanecer.

Con esta premisa y toda la intención, empieza la transfusión de datos.

Los niños… es importante que aprendan a entender las cosas. Porque van a ocurrir. Una, seguro. Morirán. Ellos también. Sobre todo, verán morir a personas de su entorno. Sus mascotas. Abuelos. Los padres de sus amigos. Sus propios padres. Y no es crueldad anticipada. No es amenaza y “que viene el coco”. No. Es verdad. La muerte está antes y después. Sólo frena un poco durante. Ese intervalo, la vida.

No lo había pensado así. Hasta que empiezo a conversar con el Profesor Péculo y soy consciente que hubiera querido. Me hubiese gustado. Algo, tampoco desbordar la inocencia con la sombra del deceso. Y hacer que naufrague, no. Sólo saber. Que no es culpa del coco, que sólo es que se acaba la vida. Y a saber. Es fácil creer que se ha reconocido, por primera vez, el significado  del drama. Sufrirlo. Siendo un niño… Preguntas preguntas preguntas. Todas internas. Pidiendo paso para salir. En el aire, suspendido y a punto de caer como plomo, la (casi) certeza que es más cruel  el drama prematuro que la misma muerte. La necesidad de pensar… Aquí, a las puertas de lo que va a ser nuestro escenario de hoy.

Ricardo sonríe y entiendo que esto se lo han debido repetir hasta la saciedad. Igual sonríe. Hablamos del misterio. Del por qué. O por qué no. (des)Creencias.

La entrada doble. Bancos. Cruces. Gris de mármol nuevo. Madera podrida. Pasillos de hormigón, botes de cristal con flores antiguas. Personas. Otras. Y lo saludan. No huele a nada. Y veo edificios urbanitas que se pegan con el recorte de las esculturas. Casi todas sobre cuerpos de algún militar. O familiar de militares. El poder que queda después del cadáver, supongo. El iceberg invertido. Por fuera. Cuando no queda nada aquí, en el lapso.

Entrar al cementerio de Recoleta con Péculo es como estar en el backstage de un concierto. Uno importante. Internacional. Los primeros pasos son interrumpidos por trabajadores del propio recinto. Lo miran. Saludan con la mano. Abrazos. Es una eminencia, joder. Es quien sabe qué hay después del cadáver. Es quien hace que ocurra ese “después del cadáver”. La persona que sabe qué hay que hacer. Con el cuerpo ya muerto, con sus nuevos dueños. Si. Los que lo van a llorar, mirar por horas, recordar cuando aún no es una memoria.

Ricardo Péculo se convierte en psicólogo y, entendiendo la pena y congoja, trata de dar un ánimo verdadero, no de oficio. Forma parte de su funeral planning. Le nace. Y hace tiempo, años, que ya no es el encargado de preparar el cuerpo, de colocarlo, de darle un último suspiro y que sus nuevos dueños puedan despedirse. Cuando él ya se ha ido.

Péculo se encarga de la organización, ya no ejecuta. Imparte master class allá donde está el interés y ha conseguido que, en Argentina, este oficio sea impartido y reglado en Avellaneda, donde ejerce como profesor de las materias “Ceremonial Exequial” y “Tanatopraxia y Tanatología”. Y pasan cosas: una película basada en su experiencia ha sido rodada, prepara hace meses un libro por encargo de una de las más grandes editoriales internacionales. Traducción: la curiosidad está y crece. Se quiere conocer el detalle. Y fuera del influjo del morbo, se está aprendiendo a dar importancia a esa parte de nosotros que queda pendiente y a merced de “los nuevos dueños”. A planear. El stop definitivo de la vida y el nuevo arranque de nuestro estado original. No estar. Que los otros entiendan que ya no se es. Despedirse del cuerpo y ofrecer la mejor cara. Un aspecto verosímil respecto a lo que uno fue un día.

Y hablamos de la muerte mexicana, su festejo. Como tradición y no hecho. Cómo el haber nacido en una ubicación u otra hace que todo cambie tanto. Se posiciona, el Profesor, en un término medio. No entiende la pena absoluta, al menos no permanente, y tampoco en la fiesta al muerto. Respeta y conoce el luto, más allá del negro. El justo medio, si es que existe y alguien lo puede controlar, es lo coherente. Así, tiene claro que “el velatorio no es un evento social; es cuando te encontrás con la realidad”.

Cuidado, sentimientos. El tema sale por detrás. Toque en la espalda y “¿en serio no sientes nada?”. No. Rotundo. El sentimiento, para bien o mal, está presente en todo ser racional. Desde luego.

“Lloré cuando murió mi padre. Yo mismo lo preparé. Por supuesto que sentí pena. Era mi padre…”.

“Lo pasaba muy mal cuando el cuerpo era el de un angelito”.

“También recuerdo la impresión de ver al presidente. Saber que, desde ese momento, formaría parte de la historia de mi país. Claro que me impresionó. Mucho”.

“Yo exhumé a Perón”, en una dicción calmada y modesta que se siente como goma-2. La traca. Una explosión. Y todo parece moverse más deprisa aunque sea imperceptible. La urgencia se deja sentir. Adentro. Las alarmas que han saltado. Y ahora, o corres o te escondes. Y estamos a la intemperie. No merecería la pena. La elección es correr al ritmo que ha provocado la situación. Esas cuatro palabras que, juntas, han acelerado el torrente en sangre. Que han ralentizado la suspicacia y adelantan al primer puesto a la apertura total. La virginidad de empezar a saber de cero.

Dejar la mente en blanco. No sé si es posible del todo. Pero prometo un crudo por dentro, que se cocine lento y en soledad.

(silencio)

(miradas)

(el brillo en ojos, pómulos y alrededor)

“Yo exhumé a Perón”.

Ya lo sabía. Pero, eh, impone. El que fuera tres veces presidente de la Nación, fundador del peronismo. Parte de la historia del sitio donde ahora estamos: donde hay subte, empanadas y tartas que no son dulces: el lugar donde se banca a muerte y alguien se arruina por vos.

Perón.

(WOW!)

Fotos que hablan. Laura Muñoz. Disparos II (3)

Quiero respetar a los muertos. A eso sí se enseña. Pero la necesidad de saber. ¡Perón! Y el recuerdo de esa exhumación, en 2006, en el cementerio de La Chacarita, en Buenos Aires. Las notas de prensa. Las noticias encadenadas. Las mentiras, claro. Y las verdades. El misterio. Hasta hoy.

Antes ya había sido abierta, la tumba. Un atentado. Cruel. Le fueron cercenadas ambas manos, al general. Después de haber sorteado cuatro candados que se abren con doce llaves. Se habló de que las manos habían sido mutiladas para obtener acceso a una caja de seguridad en Suiza que solo se abríría con su huella digital o con una combinación alfanumérica que estaría grabada en el anillo de Perón. El cristal blindado que protegía el féretro había sido perforado, pero habían necesitado- además de una herramienta potente para atravesar el blindex de 170 kilos, nueve milímetros de espesor, dos metros de ancho y uno de alto- las doce llaves de las cuatro cerraduras del marco metálico para poder acceder al cadáver y realizar la amputación.

Fuera como fuese, el Profesor Péculo tenía el cometido de acceder al cadáver para que peritos forenses extrajeran muestras del omóplato y el fémur para un análisis genético que permitiera desvelar la veracidad de la paternidad del líder, solicitada mediante demanda.

Allí estaban los hermanos Péculo y los Carunchio. Limpiaron el cadáver con gasas secas, sin utilizar formol u otro producto químico. Encontraron un cuerpo disecado pero en buenas condiciones, aún con piel pegada al hueso y algo de pelo. Pero lo impactante para Péculo fue ver a Perón vestido con su uniforme de gala, la banda presidencial, la ausencia de olor. Y ver al general sin manos tras levantar la tapa. El silencio en ese momento, dice, fue indescriptible. Los sentimientos y sensaciones, también.

El proceso fue cuidadoso hasta la saciedad, instalándose madera blanca en el suelo, y a petición de la doctora que supervisaba todos los movimientos, para no perder ni contaminar posibles muestras que se desprendieran de un fondo de ataúd gastado. Una vez terminado el trabajo de los peritos forenses, se pasó el cuerpo del Teniente General a un nuevo ataúd. Tras mucha paciencia, cuidado y veinte minutos, lo lograron. Pero no podían permitirse el lujo que el cuerpo sufriera modificación postural, por la frigidez, así que se tuvo que hacer una abertura en el suelo de la bóveda para mantener la horizontalidad del féretro. Dos horas después, todo preparado para el traslado histórico de los restos al mausoleo de la Quinta “17 de Octubre” ubicada en la localidad de San Vicente, Provincia de Buenos Aires.

El siguiente hito histórico en el que Péculo participará será la exhumación de María Eva Duarte de Perón, momento en que se trasladarán sus restos al mausoleo de San Vicente, con fecha aún pendiente.

Resulta imposible no espetar las preguntas, que se atropellen y, finalmente, se permita preguntar a la mirada. Siempre sabe más. Y lo hace mejor. Pero no necesito saber qué piensa el profesor respecto al macabro suceso, tampoco a qué se debe la demora del traslado de Evita. Sus ojos entienden. Y, ahora, los míos también.

Y cierto es que Ricardo Péculo fue quien trasladó los restos de Juan Domingo Perón del cementerio de Chacarita a San Vicente y organizó los funerales de muertes sin resolver como las de José Luis Cabezas y Carlos Menem Jr.; sin duda, y a pesar que estas celebridades le han otorgado notoria reputación, Ricardo tiene a sus elegidos: sus padres y hermano, a los que “preparó” porque “ quise hacerlo yo, para que no lo hiciera nadie más”.

Y habla del momento con tiznes de dureza pero con la tranquilidad de haberles homenajeado. Porque entiende. La muerte. Y porque “un velatorio no marca que una muerte ocurrió sino que una vida fue vivida”.

Gracias, profesor, por el paseo. Por perder la ruta. Por dejarme entrar. Por salir mientras me acompañaba, como sabe acompañar.

 

Disparos: Todas las fotos de Ricardo Péculo.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone

Puede que También te Interese

2 Comentarios

  • Fotos que hablan II | Revista Fiat Lux dice: 27 Abril, 2016 a 12:23

    […] mi obra escribe Laura Muñoz en este número de Fiat Lux, diciendo de mí, entre otras cosas, que soy quien sabe qué hay después del cadáver. Pero no sólo ha escrito, sino que también me ha disparado y aquí están las pruebas […]

    Contestar
  • Juan Enrique Soto dice: 27 Abril, 2016 a 18:37

    Una crónica magnífica, entre lo poético y lo ultrarealista, quizá como la misma Muerte se nos ha vestido siempre. Muchas felicidades, Laura Muñoz.

    Contestar
  • Dejar una respuesta

    Para el correcto funcionamiento de este sitio, es necesario el uso de cookies. Aceptas el uso que hacemos de las cookies? + Info

    Las cookies nos permiten ofrecer nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las cookies.

    Cerrar