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Claudio Cerdán: “Jade”

En su día pasó por la sala de interrogatorios y actualmente publica aquí El Diario De Farlopero López.

Claudio Cerdán, desde la gélida Suecia, hace bueno aquello de “escribir sobre la realidad con el lenguaje de la ficción” y pasaporta este relato tan duro y cruel como desgraciadamente actual. “Jade”, uno de los más recientes eslabones de una cadena tan expeditiva como alabada.

 

“Jade”

Por Claudio Cerdán.

 

La Policía Nacional ha detenido a 277 personas en una macrorredada contra la prostitución. Se trata de una red organizada que obligaba a ejercer a más de 400 mujeres, las cuales ya han sido liberadas. Siete de los arrestados han sido enviados a prisión, entre los que se encuentra Ioan Rumescu, buscado por la Interpol. Fuentes cercanas al caso aseguran que la operación llevaba preparándose desde hacía tres años.

Dijo que se llamaba Jade. Era mentira. Ni siquiera lo pronunció bien. Los médicos del Hospital La Paz nos avisaron de oficio. Una mujer africana había acudido a Urgencias junto a su marido. Estaba embarazada de 22 semanas. Los sanitarios sospecharon que no se trataba de un aborto espontáneo y dieron parte.

Al día siguiente, dos de mis chicas le tomaban declaración. No sacaron nada en claro, salvo que se llamaba Jade. Una de ellas reconoció a su esposo como El Meco, un conocido ludópata de Móstoles. Lo sacaron de la habitación, no sin resistencia. Fue entonces cuando Jade habló claro. Era prostituta. La trajeron hacía un año desde Nigeria con falsas promesas de un trabajo de cajera de supermercado. Sus padres creyeron que era lo mejor para ella. Jade abandonó aquel minúsculo poblado que era todo su mundo conocido. Aquella misma noche la violaron por primera vez. Tenía 17 años.

La travesía fue atroz. Las palizas, humillaciones y vejaciones eran constantes. La amenazaron con matar a su familia. Ella y otro centenar de mujeres alcanzaron el norte de Marruecos en un camión. Por el camino murieron varias. Ignoraba qué hicieron con los cuerpos. Aguardaron varias semanas antes de cruzar el estrecho en una balsa neumática. En la patera había niños menores. No sabía de dónde habían salido. Cuando pisó suelo español, lloró durante varias noches. Supo que ya no había vuelta atrás. Ahora era puta. La trasladaron a distintos burdeles. La casaron con El Meco para regularizar su situación y atarla un poco más. El trato era simple: ahora les debía 50.000 euros a sus captores. Hasta que no pagara la deuda, sería de su propiedad. Le alquilaban una habitación en el prostíbulo, le vendían la comida y los condones. Todo a precio desorbitado. Su deuda no hacía más que crecer.

Quedó encinta. No sabía de quién. Todos los cerdos que iban de putas le parecían iguales. Ocultó el embarazo cuanto pudo. La Rules, la chica que ejercía de guardiana, se dio cuenta. La obligaron a ingerir pastillas. Otras se la introdujeron por la vagina. Ella quería ser madre y ahora su hijo había muerto. Por eso hablaba. Por rencor. Fue contando detalles de su cautiverio, del dolor, de sus carceleros. En un momento dado pronunció un nombre: Rumescu. Fue entonces cuando sonó mi teléfono.

—Jefe —dijo una de las agentes—. Tiene que venir aquí.

Ioan Rumescu. Una leyenda, un fantasma. Considerado el mayor proxeneta de Europa. Sus métodos eran crueles. Si una chica se chivaba a la Policía, le cosían la boca con alambres. Si trataba de escapar, le amputaban los dedos de los pies. Si alguna insultaba a Rumescu, la ataba a un árbol y dejaba que sus perros de presa la devorasen viva. Todo lo grababa en video. Ponía las cintas a sus esclavas para motivarlas.  Y Jade lo había visto. Podía describirlo. Por primera vez, había un hilo del que podíamos tirar.
Rumescu iba a caer.

Pusimos la maquinaria en marcha. El juez quería sumarse un tanto al detener a una organización criminal y nos allanó el camino. Jade colaboró con nosotros.  Vigilamos el prostíbulo. Se llamaba Managua. Agentes de paisano controlaron el terreno. Realizamos pinchazos telefónicos. Fichamos a los dueños en un control de carreteras. Mis chicos iban de uniforme, por lo que los sospechosos creyeron que era rutinario. Las llamadas no tardaron en producirse. La red se amplió de Madrid a Guadalajara y Toledo. Casi cien personas controladas. Pasaron los meses. No había rastro de Rumescu. Tuvimos que mover ficha.

Contravigilancia. Aparcamos un Zeta en la puerta. La Guardia Civil controló los accesos al Managua. Los encargados se volvieron locos. Llamaron a más números. No sabían qué ocurría. Pinchamos cada teléfono que marcaron desde el Managua. La red se amplió a media España. Más de 200 sospechosos. Casi trescientas mujeres esclavizadas. Había pasado un año, pero Rumescu seguía desaparecido.

La operación prosiguió en silencio. Los teníamos vigilados desde la distancia. Tras la paranoia de los primeros días, donde cambiaron de terminales, regresaron a las rutinas diarias. Se sentían seguros. No tardamos en averiguar sus nuevos números. Al mismo tiempo, otra unidad se encargó de realizar el seguimiento del dinero negro. No fue fácil. Empresas ficticias, paraísos fiscales, montantes en efectivo y testaferros complicaban la operación. Y entre tantas cifras y datos, una transferencia para un tal I. R.  Era un proceso lento, pero daba sus frutos.

En colaboración con la Interpol y los cuerpos de seguridad de ocho países de la UE, conseguimos cercar a Ioan Rumescu. Dimos varios palos aleatorios. Clausuramos algunos de sus clubs más secundarios e insignificantes, siempre con la apariencia de aleatoriedad. Intervinimos varias cuentas, desmantelamos un par de sociedades pantalla. Agitamos el avispero a ver qué ocurría.

Nada. Llevábamos dos años detrás de un fantasma.

Un día saltó la bomba. Una llamada anodina, una de tantas, del idiota del Meco. Lo dijo claro: el jefe vendrá a España.

El imperio de Rumescu se tambaleaba gracias a nuestro cerco. Sabíamos gracias a nuestro contacto infiltrado que cada vez imponía métodos más crueles. Acusaron de chivatas a dos mujeres y las quemaron vivas. Después trocearon sus cuerpos y se los dieron a los perros de presa. Obligaron a mirar a todos los presentes y luego distribuyeron copias en DVD. Cuando lo vimos en comisaría supimos que no podíamos dilatarlo más. Era todo o nada.

Preparamos el operativo. Más de 500 agentes distribuidos por media península. Coordinados, sincronizados, muy motivados. Actuamos la mañana del 10 de octubre. Teníamos 23 posibles localizaciones de Ioan Rumescu. Por increíble que parezca, lo pillamos en el mismo Club Managua. En su ficha pusimos que medía metro noventa, pero en persona parecía más alto. Era una mole de grasa y músculo, cabeza descomunal y dedos cortos. No parecía un genio del mal, pero sí el animal sádico que tanto tiempo estuve persiguiendo. El asalto duró apenas unos minutos. Lo encontraron medio borracho en el sótano. Negó llamarse Rumescu, pero sabíamos que mentía por los tatuajes que nos describió Jade.

Los chicos lo inmovilizaron con una brida, pero esperaron a que yo llegara para que le pudiera poner los grilletes en persona. Se escucharon aplausos. Algo dentro de mí se desvaneció. Un peso. Un dolor. No puedo describirlo mejor. Paseé por el Managua. Algunas chicas aún estaban con el uniforme de guerra, las caras pintadas, rímel en los ojos, carmín en los labios. Todas miraban al suelo. Era una mezcla de preocupación y vergüenza. Poco a poco entendieron que aquella pesadilla ya había terminado y comenzaron las lágrimas. Un equipo de quince personas formado por psicólogos, traductores y asistentes sociales las atendió de inmediato. Fue un gran día. El mejor.

Tres años después, Ioan Rumescu dormiría en prisión.

Uno de mis agentes me llamó. Tuve que colgar al Subdelegado del Gobierno antes de dirigirme escaleras arriba. La encontré en una de las habitaciones. Era Jade. Estaba demacrada. No había ni rastro de la chica que conocí tres años atrás. Vi agujeros de hipodérmica en sus brazos de alambre. La habían hecho adicta al caballo para evitar que escapase. O quizá no. Supe que tuvo un segundo aborto y que además le extirparon el útero. Tal vez se hizo adicta por propia voluntad, como la única manera para sobrellevar aquella vida de pesadilla. Día tras día. Noche tras noche.

—Hemos ganado —dije.

Tres años de infierno me miraron a los ojos. No supe explicarle que el objetivo prioritario era atrapar a Ioan Rumescu, que la libertad de las chicas era secundaria, que no podíamos desmantelar todos los burdeles hasta que no lo atrapáramos. Sí, sabíamos lo que ocurría en el Managua al igual que sabíamos lo que pasa en todos los clubs, pero el fin justificaba los medios.

—Hemos ganado —repetí.

Un mes más tarde me ascendieron. Ese mismo día apareció su cadáver tirado en una cuneta.

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