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Relato: Tórrido invierno, Juan Enrique Soto


Nuestro Black Profiler, Juan Enrique Soto, vuelve a abrirse de capote en el lado oscuro. Deja los análisis conductuales, los interrogatorios, les pesquisas y sus veredictos, y sentado de nuevo en la mesa del escritor nos envía este relato negro.

Buen provecho.

 

 

Tórrido invierno.

Por Juan Enrique Soto.

 

Aún no lo sabe. Pero le costará la vida.

Ella está allí, sobre el pequeño escenario con fondo de corazones, vestida con unas mallas de licra y una camiseta ajustada de tirantes. Está ensayando uno de los números de la noche, Hit the road Jack. Se ve a las claras que domina el baile y a pesar de ello se esfuerza por perfeccionar cada gesto, por estirar bien las piernas cuando suben por encima de su cabeza. Le gusta su actitud bajo la penumbra del local. No es momento de encender las luces y brillar. Es tiempo de sudar, concentrarse en la sincronía de cuerpo y música. Y todo sin dejar de sonreír.

Él no es capaz de sonreír, piensa que le dice a su vaso de whisky en las últimas. Quedó embobado mirando sus largos brazos y se consumieron los cubitos de hielo. Le gusta el tintineo en el cristal. Le sugiere cantos de sirena y cascabeles. Piensa que se le ocurrió otra chorrada. No debería beber más. Pide al barman con un gesto de barbilla que le llene el vaso.

La bailarina se ha ido. Le da rabia. Le habría gustado verla andar, quizá, con la cabeza agachada, rumiando si se siente satisfecha o no. Así debe parecerle vulnerable. ¿Vulnerable?, se pregunta. ¿Acaso eres tú su héroe? ¿Vas a rescatarla? ¡Mírate!, se dice y se mira en el espejo, lleno de reflejos entre las botellas y los vasos colgados boca abajo, como vacas en el matadero sin las entrañas.

Su móvil vibró. Le llamaba Edgar. Dejó que se consumiera su insistencia. Por dos veces. Podía verle maldiciendo, acordándose de su madre, que en paz descansara. Le buscaba. Siempre andaba alguien buscándole y él queriéndose perder.

Dos pitidos. Un mensaje. “¿Dónde coño te metes? Va a empezar el acto, cojones. Ven para acá cagando leches” decía acompañado de un montón de dibujitos que sustituían a más y más palabrotas. Eres un malhablado, mi querido Edgar.

Pero, como siempre, Edgar ganaba. Soltó los dólares suficientes y algunos más sobre el mostrador que quedó limpió de dinero, whisky y miserias humanas con el paso fugaz de un trapo amarillo. Y salió a la calle.

La estridencia del tráfico le incomodaba ese día más de lo normal. Tendré jaqueca. Necesito esa jaqueca. ¿Por qué no vienen cuando se las necesitan? Al otro lado de la calle se acumulaba la gente. Todos miraban hacia la puerta del teatro. Faltaban pocos minutos para que comenzara la ceremonia. Le iban a dar otro premio. El más grande. Seré el más grande. ¿Lo soy? ¿Quién demonios soy?

Vale, soy dramaturgo. El más grande, de acuerdo. Lo asumo, y una mierda. Fíjate si no en esa foto. Una foto de su rostro, concentrado en nadie sabía qué, con el rostro ceñudo, le daba ese aire de profundidad humana que se atribuye a aquel que muestra la desnudez de todos y cada uno en tramas teatrales que hacen llorar, reír, reflexionar. ¿Sucumbir? Un enorme cartel con su rostro semejaba el King Kong de los escritores. Allí, a la vista de todos. Solo faltaba el pánico y los aviones disparándole. Y la rubia en la mano, una enorme mano.

Anochecía y la luz de los flashes chispeaba entre joyas y vestidos largos. Su móvil volvió a vibrar. Y a vibrar. Y a vibrar. Todos miraban hacia otro lado, se decía. Es como ser libre. Mejor, como ser invisible, se dijo desde la puerta del local, contemplando la hipocresía que le esperaba para agasajarle por no rajarle de pura envidia que le tenían casi todos. Como si entendiera por qué. Si ya no era capaz de sonreír, ¿a qué tanto revuelo?

Entonces, escuchó un no. Fue un no rotundo, agudo, penetrante. Entró en su cerebro y se quedó allí rebotando. Esos eran los noes que le gustaría poner en boca de sus personajes. Era un no real, sincero, con una carga de emoción cuantificable con un contador Geiger. Volvió la cabeza. La bailarina estaba frente a un tipo, elegante, sin duda, alto, bien parecido. Eso es un tipo guapo, pensó. Pero no era la clase de galán que él dibujaba en sus obras. Él buscaba algo más auténtico, quizá no tan guapo, sí con más presencia, esa que se intuye con una mirada de perfil, y que te dice, ese tipo es real, no un personaje.

El tipo tenía a la bailarina agarrada por las muñecas. No apretaba, pero tampoco la soltaba. No llamaban la atención. La atención estaba puesta en la acera de enfrente. El glamour es lo que tiene. Ciega los ojos. Deslumbra. Pero él estaba mirando porque él era ya ciego para los brillos de la fama. Escupía fama cada mañana al despertar. Le salía de los bronquios como la tos de un fumador.

Como un imán, las miradas de los tres se encontraron. Los tres sabían que se estaban mirando. Eran sus propios testigos. De sus vidas enteras si fuera preciso. Ella, con un abrigo sobre los hombros que no iba acorde con sus deportivas y sus mallas. El otro con abrigo largo y traje, camisa blanca, corbata ¿azul? Él con el esmoquin, bufanda blanca y abrigo caro, muy caro colgando del brazo.

Se congelaron las miradas. ¿Cuánto? ¿Tres segundos? ¿Un día con sus veinticuatro horas?  Solo se miraban. Nada más.

Su móvil volvió a vibrar. Lo sacó y miró la pantalla encendida. Era Edgar, claro. A punto del infarto seguramente. El tipo debió de pensar que iba a llamar a la policía. Se volvió a la bailarina y le puso un índice delante de la cara mientras la suya era un rictus de bestia dolida en el orgullo. Después, se fue muy ofendido, pero con la barbilla bien alta.

Los dos se quedaron mirando. Pero ahora las miradas eran distintas. Él no sabía qué pensaba ella. Le constaba saber qué pensaba él mismo. Quizá, no estuviera pensando nada. Solo recordaba ese no tan contundente. ¿Cómo se consigue ese no?, querría haberle preguntado.

Ella le sonrió. Una sonrisa breve. Más le pareció una disculpa que un regalo. Para mí es un regalo. El mejor regalo del día. Del año. Me lo quedo. Me lo guardo. Quiso metérselo en la mollera para que no se perdiera. Ella metió su pelo rubio de nuevo en el local. Su sonrisa quedó atrás, como suspendida en el aire, entre el tráfico estridente.

Aun con el móvil en la mano, volvió el rostro hacia el teatro. La bailarina ya no estaba. Era un recuerdo. Solo eres ya un recuerdo, se dijo. ¿Cómo te llamas recuerdo?

Pensaba en el nombre de la bailarina cuando Edgar le recriminó por enésima vez con su llamada. No tuvo más remedio que contestar, aunque no pudo. El infarto alocado de su editor se desgañitaba a través de su móvil.

Ya voy, ya voy, acertó a decir entre grito y grito. Y no escuchó el claxon, ni los chirridos neumáticos que dibujaban la muerte con su carmín negro, ni las exclamaciones de horror que siguieron al enorme ruido de árbol roto y caído en pedazos sobre el asfalto.

¿Cómo te llamas recuerdo?, pensaba destruido, corrupto bajo infinitas caras que se arremolinaban como una fuente de peces de colores, como la lluvia espléndida y nostálgica, como una lámpara de lágrimas de cristal de Murano. Ojos en círculo que lloraban su sangre.

No hubo telón esa noche de invierno. Quedó arriba, suspendido por culpa de un tramoyista borracho. La función se suspendió. Jack, te llamas Jack pensó, justo antes del silencio.

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