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El Diario de un banquillo. Por Graziella Moreno

En un banquillo hay pena, dolor, tragedia, venganza, odio, ruina… Por un banquillo pasa la maldad y la justicia, la vida y la muerte, el castigo y el perdón.

Sensaciones y sentimientos que vive en primera persona la jueza y novelista Graziella Moreno, y que son la pasta base con la que creamos este Diario de un banquillo que nació con El Mechero y que hoy prosigue con esta segunda entrega.

Lean, lean.

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El Diario de un banquillo.

Por Graziella Moreno.

Desde la rabia.

La mirada del policía se posa sobre el detenido, incrédula, preguntándose cómo un chico esmirriado como aquél ha podido ser el autor del desastre que acaba de ver: bancos patas arriba, jarrones destrozados, la cruz en el suelo y la cabeza del Cristo machacada, sin duda, por las botas de puntera reforzada que calza. El muchacho tiene las manos llenas de heridas y en la frente, una astilla le ha trazado una línea de sangre que va desde la raíz del pelo hasta el puente de la nariz, y parece un guerrero tras la batalla. El pelo, largo sobre los hombros, revuelto y sucio; la boca abierta, en una expresión embobada y los ojos enrojecidos. Quién sabe las horas que lleva sin dormir. Se llama Pablo Martín Cintas, diecinueve años, estudiante de psicología, nacido en un pueblo a setenta kilómetros de Barcelona. Reside en la capital con dos compañeros de piso desde hace un año. Sin antecedentes penales, ni detenciones, ningún motivo aparente para hacer lo que ha hecho. El agente suspira, y por un momento, aparta la vista hacia su izquierda donde, a unos metros de distancia, sus compañeros están con  la inspección ocular y sacan fotografías. El chico se ha limitado a dar sus datos, negándose a explicar lo que ha pasado, pero es evidente que algo se ha metido, huele a alcohol que apesta y tiene pinta de llevar unos cuantos porros en el cuerpo, o algo más fuerte, piensa el policía.

El detenido, sentado en la silla de plástico con las esposas puestas, los codos sobre los muslos y la cabeza gacha, parece sumido en una ensoñación. Intenta recordar el título de la canción que le gusta a Richie. A Pablo no se le da muy bien el inglés y siempre quiere saber las palabras exactas. Le parece importante. Los títulos lo son todo, anuncian el mensaje que vas a escuchar, el que te cambiará la vida…Se mira las manos. En el dorso de la mano derecha lleva tatuado un pequeño círculo con una A mayúscula, el símbolo del anarquismo. Todavía puede sentir el dolor que le causó la jodida aguja y lo que tuvo que cuidarse para evitar que se le infectara. Pero valió la pena.

Le duele la cabeza y nota el pulso, rítmico en sus sienes, como la música que está oyendo últimamente. Sex Pistols. Son buenos, Richie dice que son buenos, aunque él no acabe de entender las letras, pero cuando  medita sobre ellas, se da cuenta de que son la hostia. “Me emborracho y destruyo”, decía una estrofa, recuerda ahora, y esboza una leve sonrisa. No hay futuro, dice la canción, hay que despertar a la gente. Son esclavos y no lo saben. Mueve el pie derecho dentro de la bota y vuelve a sonreír al notar la larga astilla de madera que hay escondido allí antes de ser detenido.

Piensa en las chicas que estaban esa noche en la puerta del Otto Zutz, donde como todos los viernes intenta captar clientes. Por cada uno, le dan un euro y si es a partir de la una de la madrugada, dos. Llega siempre pasada la medianoche, con su mejor sonrisa, después de haberse fumado un par de porritos para entonarse, tarareando la canción de la que no recuerda el título. No llueve, pero la humedad se le mete en el cuerpo y se cierra la cremallera del anorak hasta el cuello.

Primero ve a la rubia, con la melena planchada hasta la cintura y un buen culo ceñido por un vestido negro  que se le sube cada vez que da un paso; la otra, con el pelo corto y rojo lleva pantalones ajustados y, a pesar del frío de diciembre, bajo la cazadora de piel, luce un corpiño ceñido que le junta las tetas. Las dos apestan a perfume y está claro que van de caza. Se acerca y les repite la cantinela de siempre. No le importaría hacérselo con cualquiera de las dos, esboza una sonrisa para entrarles y su mirada queda prendida en el escote de la pelirroja. Ellas ni le escuchan, ni le ven, como si fuera transparente, lo esquivan y van hacia un grupo de tíos que están fumando en la puerta, dando voces, con las latas de cerveza en la mano. Eso le jode,” qué hijas de puta”, murmura con rabia.

Ahora emite un gruñido de disgusto y endereza la espalda que apoya en la pared. El policía vuelve su mirada hacia él, pero al verle tranquilo, saca su móvil del bolsillo y desliza los dedos sobre la pantalla.

Pablo cierra los ojos pero no recuerda qué hizo después de ser ignorado por las tías. Sólo guarda en su cabeza imágenes inconexas de esa noche de locos. Se ve recostado en el asiento de atrás de un coche que conduce Richie, y de copiloto está Samuel, un tío que conocen de la facultad y que habla todo el tiempo del marxismo y de la vida en comuna. Lleva una barba que le llega a mitad del pecho y se rapa la cabeza. Desprende un tufo rancio, que impregna el vehículo, agravado por las ventanillas cerradas a causa de la lluvia. La verdad es que el tipo apesta. La música suena, los Sex Pistols contra el mundo berrean “no sé lo que quiero pero sé cómo conseguirlo” o algo así. Pablo ríe tontamente, olvidada momentáneamente su rabia, mientras apura otro peta y aguanta en su mano izquierda una litrona; ríe sin saber por qué. Está bien allí, relajado y escuchando ahora a Richie que despotrica contra el Papa y los curas,  hijos de puta, que le comen el coco al personal para tenerlos atados como borregos y sobre todo, que para cuando se mueran, les dejen todo su puto dinero para seguir viviendo del cuento. Samuel se muestra de acuerdo y afirma con gravedad, “la religión es el opio del pueblo”. Pero su compañero se exalta por momentos y sigue gritando que está harto de palabras y rollos, que hay que pasar a la acción de una puñetera vez. Pablo asiente e intenta enfocar sus ideas; es verdad, hay que hacer algo, piensa, algo gordo, que despierte las conciencias, que les lleve a liderar un cambio en la mente de la gente, que los saque del rebaño. Acaba la cerveza y deja la botella a sus pies, atento ahora a lo que se dice, aunque nota la cabeza espesa y a veces no puede seguir el razonamiento.

De pronto, Richie frena y Pablo casi se come el reposacabezas delantero. El estómago se le revuelve y el tufo de Samuel le llega con más fuerza.

-¿Qué coño…? -acierta a decir.

-Pablo, saca pasta del cajero- le ordena su compañero y como éste no reacciona, le grita- ¡Que te bajes, joder! ¿O te crees que las copas son gratis? No me rayes que no estoy para hostias…

Richie habla sin mirarle, concentrado en buscar el paquete de tabaco, que estruja y tira a sus pies con un gesto de disgusto al comprobar que sólo le queda un cigarro.

-¡Mierda!- exclama- Y saca para tabaco también.

Pablo abre la puerta y se atreve a decir:

-¿Y éste?- señala al copiloto- A ver si se estira un poco, porque no le he visto soltar ni un euro, joder.

-Estoy seco tío- responde el aludido-. Puse todo en la asamblea del otro día, ya sabes, para la manifestación del sábado.

-Date prisa, joder- gruñe Richie-. Hoy te toca a ti.

Pablo está a punto de decir que siempre le toca a él, que está harto de ser el tipo de los recados, pero se traga la réplica y sale fuera. Cuando su compañero se le va la olla es mejor callarse la boca. Ahora llueve con fuerza y queda empapado a los pocos segundos. Eso le despeja la cabeza y le asienta el estómago.

El policía guarda el móvil y llama a uno de sus compañeros para que se acerque:

-¡Paco! ¿Habéis terminado ya?- el otro se encoge de hombros y le dice que todavía les queda un poco- A las nueve termino el turno- suspira, fastidiado-. Vaya noche de mierda.

Pablo sigue con los ojos cerrados y mentalmente se muestra de acuerdo con el policía. Una noche de mierda. Porque supone que debió sacar dinero en el cajero, ya que lo siguiente que recuerda es cómo le sacan a empujones de una discoteca de mala muerte en El Prat de Llobregat hasta quedar tendido en el asfalto mojado del parking. Ya no llueve pero hace un viento que se lleva las nubes. Si se fija bien, hasta puede ver las estrellas. Nunca ha sido capaz de aprenderse esas mierdas de constelaciones, todas le parecen iguales. Se siente cómodo tirado en el suelo, mirando el cielo. Podría dormir aquí, piensa, pero cambia de idea cuando oye al segurata de mierda que se le acerca con una porra en la mano y le grita que se vaya a su puta casa o avisará a la policía. “Cabrón, mereces que te reviente la cabeza”, susurra mientras siente cómo la rabia le invade de nuevo, pero se incorpora para alejarse. El tipo debe pesar cien kilos y pasar el día en el gimnasio.

Se palpa los bolsillos. Todavía le queda algún billete, pero Richie y Simón se lo han pulido casi todo en copas, mientras decidían qué iban a hacer en la concentración del sábado. Hablar, hablar, siempre lo mismo, para llegar a un callejón sin salida. El apestoso era partidario de hacer lo de siempre, pero Richie seguía con su obsesión con la religión y que “había que proclamar el anarquismo y aplastarle la cabeza a esos curas de mierda”. A Pablo no le molestan especialmente; en su casa, son de misa y no faltan ningún domingo, pero su compañero tiene razón, algo hay que hacer.

Echa a andar y ve a lo lejos la luz de un taxi libre. Sin pensar, alza la mano y el vehículo se detiene. El taxista lo mira desconfiado, calibrando si vale la pena coger a ese chico delgado, con pinta de colgado, que se tambalea un poco, pero no parece especialmente peligroso.

Pablo abre la puerta y se deja caer en el asiento:

-Al aeropuerto- dice.

-¿Tienes dinero?- pregunta el taxista sin poner en marcha el coche.

-Sí, joder, mira- alza la mano y le exhibe un billete de veinte euros, el último que le queda-. Arranca, coño.

Lo siguiente que recuerda es estar sentado en una silla de plástico de la terminal del aeropuerto pensando que se está meando y que tiene que ir al lavabo, pero antes ha de cumplir con su misión. Para que todo el mundo sepa que él, Pablo Martín tiene cojones. Que las putas que no le hacen caso, que el segurata que le ha golpeado, que los colegas que le desprecian, están equivocados. No saben quién es él. El alcohol que lleva en el cuerpo parece disiparse por un instante y enfoca la mirada. Delante de él, un cartel pone “CAPILLA”. Si creyera en Dios, pensaría que éste le ha llevado al lugar donde tenía que estar. Se levanta y va hacia la puerta.

Dentro no hay nadie. Huele a cera derretida y a poca ventilación. “Tienes que actuar rápido”, se dice y de golpe, siente la adrenalina correr por su cuerpo. Va hacia el altar, de un manotazo tira al suelo el cáliz y un jarrón con flores de plástico, se baja la bragueta y se orina encima. Qué gusto. Empieza a reír como un loco y cuando acaba, le da una patada al oratorio y rompe un travesaño con la bota. Grita y grita y destroza todo a su paso. Se siente poderoso, un héroe, un tío que no tiene miedo a nada. Tira la cruz al suelo y aplasta la cabeza del Cristo. Podía ser la de Richie, o de la pelirroja de las tetas, o la del segurata. Todas las cabezas del mundo, aplastadas bajo sus botas.

-Venga, vamos- le dice el policía mientras le coge del brazo para incorporarlo interrumpiendo sus recuerdos-. Te llevaremos a comisaría para tomarte declaración con un abogado de oficio.

Pablo despierta de su ensoñación y siente que de nuevo le invade la rabia. Está hasta los huevos de que le digan lo que tiene qué hacer; ese policía de mierda es como todos, un fascista, hijo de puta…

Se agacha, y con la mano derecha busca la astilla en su bota. En su solo movimiento se pone de pie, alza los brazos esposados y clava la astilla en el hombro del desprevenido policía que suelta un grito de sorpresa. Pablo se lanza encima y lo desequilibra, cayendo ambos al suelo. Le saca la astilla e intenta hundírsela en el corazón, mientras el agente intenta quitárselo de encima, berreando como un loco. Los compañeros de éste acuden corriendo, pero Pablo no puede parar, las lágrimas bañan sus mejillas mientras grita:

-¡Soy un anticristo! ¡Soy un anarquista! ¡Te mato, cabrón! ¡Hijos de puta!

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