Bambi. L.G.Maluenda. Revista Fiat Lux. 2016.04 (2)
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Novela en serie: Bambi (II). Por Maluenda


Segunda entrega de la Novela en Serie Bambi, de Luis Gutiérrez Maluenda (que era inédita hasta que llegó a La Casa y desineditándola estamos).

Damos por hecho (sí, a veces somos generosos) que te empollaste el primer capítulo, pero por si temes que se te esté olvidando, pasa por la barra.

Bambi. L.G.Maluenda. Revista Fiat Lux. 2016.04 (5)

Ilustración de Rosa Romaguera

 

BAMBI (LOS MUERTOS SON MALOS PAGADORES)

CAPÍTULO 2.

Una novela de Luis Gutiérrez Maluenda.

 

BAMBI (2).

Después de la conversación con mi nuevo jefe podía mirar el futuro con un cierto optimismo.

Al menos, eso fue lo que pensé yo en aquel momento.

Humphrey, salió conmigo a recepción y me presentó a las tetas, que resultaron llamarse Mercedes. Su propietaria siguió mirándome mal mientras me entregaba 400 euros de la empresa, para que me comprase una ropa decente y no avergonzase su buen nombre.

Fui a Zara, en la calle Pelayo, y compré un traje, dos camisas sport, un polo de manga larga y otro de manga corta, calcetines (mis ratones habían estado activos en los últimos tiempos), ropa interior y un frasco de colonia. Salí de allí vestido como uno de esos fulanos prósperos que comen todos los días. Quizás mi olor corporal aún dejaba algo que desear, pero Roma no se construyó en un día.

En una zapatería de la calle Pelayo, compré un par de zapatos y aun me sobró dinero para pararme en una cervecería. Comí un Frankfurt, a continuación un Bratswurt, luego un bocadillo de salchichas del país y una ración de patatas bravas. Cuando estaba a punto de pedir un par de bombas mexicanas especiales de la casa, mi estómago me advirtió que si seguía comiendo, en poco rato podría presentarme al campeonato del mundo de tipos con dolor de barriga y que tendría serias aspiraciones al triunfo. Así que pedí la cuenta, pagué y salí a la calle eructando como un beduino agradeciendo la gentileza de sus anfitriones. Me dirigí a la agencia para recibir instrucciones.

Mercedes me lanzó una mirada de reojo que había perdido parte de su talante acusador. Las tetas se mantuvieron impasibles.

Humphrey, al verme, movió la cabeza afirmativamente y dijo:

– Así está mejor Bambi, mucho mejor. Ahora, te daré los detalles del caso del cual te vas a ocupar.

La cosa iba de la siguiente manera: La clienta se llamaba Angelines Manjón. Su marido, Piero Santacroce, tenía un pequeño despacho de abogado; además  era el propietario de una empresa de préstamos rápidos. Y según Angelines también tenía una amante. Quería conocer los detalles, nombre de la amante, dirección, horas de encuentro, fotografías demostrativas, etc. Lo clásico en estos casos según me aseguró Humphrey. Me dijo que él se ocuparía de otro asunto, aunque no me dijo cual. Su expresión proclamaba alto y claro que aquel asunto en cuestión no le haría sudar mucho. Lo dejé pasar, no se puede empezar un nuevo trabajo envidiando al jefe.

Humphrey, es un tipo de unos cuarenta o cuarenta y pocos años, mide alrededor del metro setenta y cinco y es más bien delgado. Parece estar de vuelta de unas cuantas cosas, incluyéndome a mí y a todo bípedo bautizado en la pila bautismal. Da la impresión de ser un tipo tan solitario como una sala de proyecciones de cine independiente, aunque estas cosas en ocasiones engañan. Desde un principio me cayó bien, no era uno de esos fulanos que basándose en que son tu jefe se creen con derecho a soltarte un discurso barbitúrico solo para darse importancia. Y eso es algo  que yo siempre he agradecido. Eso y  que la gente no sangre en mi presencia. Me recuerda mi fracaso como cirujano. Y me provoca una sed que solo puedo saciar con algo de alto contenido alcohólico.

 

HUMPHREY (2).

Estaba satisfecho de haber contratado a aquel tipo. Por la manera en que miraba a Mercedes supuse que una de las razones que le habían impulsado a trabajar como detective privado era la pretensión de sentar a una mujer como Mercedes en sus rodillas. Eso y que estaba en la más pura ruina. No quise desengañarle en la cuestión de la ocupación de sus rodillas por el culo de Mercedes. Respecto a la ruina, una nota de gastos bien manejada ayuda bastante.

Todos nosotros empezamos así. Soñamos con las caricias de mujeres con mirada de neón y con ajustar las cuentas a todos los hijos de puta que no se aparten de  nuestro camino. Luego la triste realidad nos demuestra que es mucho más fácil que los hijos de puta se crucen en nuestro camino para rompernos la cara, y  de paso se lleven a la mujer de mirada de neón y curvas adaptables a nuestras manos. Que por supuesto acaban adaptándose a la perfección a las suyas.

Pero no nos deprimamos.

Bambi, daba la impresión de ser uno de esos especímenes humanos capaces de contagiarse de una enfermedad tropical en Alaska. Bajo un punto de vista estrictamente funcional eso me convenía: yo probaría fortuna con alguna de esas mujeres que en la ficción abrazan a los detectives privados y en la realidad a los millonarios, mientras a él le rompían la cara repetidamente. Me cuesta crecer.

Me prometí visitarle en el hospital tantas veces como fuese necesario.

Con el dinero que le había dado, había comprado un traje de tela ligera, una camisa abierta, zapatos y hasta se había perfumado. Su aspecto había mejorado hasta el punto de que tuve la seguridad de que los niños no le apedrearían por la calle.

Le di la fotografía del tipo al que tenía que seguir y la dirección de sus dos oficinas, recalcándole que por las tardes acostumbraba a estar en el despacho de abogado. También le di una cámara fotográfica con teleobjetivo y las llaves de mi antiguo automóvil, que estaba en un garaje cercano esperando a que yo, en un ataque de realidad, decidiese llevarle al desguace, algo que no me decido a hacer nunca.

Liberado de aquel caso, aproveché para visitar a García en el hospital. Le encontré dando vueltas por la habitación como un león enjaulado. Él mismo se había desenchufado del catéter y paseaba desde la puerta a la ventana, consiguiendo que los tres pasos cortos de distancia entre ellas parecieran zancadas. Cuando entré, me miró como si yo fuese el culpable de su situación.

– ¿Qué sabes del “Pesadilla”? -fue lo primero que me dijo.

– Nada. Oye, estas batas de hospital son de lo más sexy, te estoy viendo el culo.

– Puedes besármelo, Humphrey, te doy permiso.

– Permíteme que lo piense un rato. Esta mañana he fichado a un tipo para que me ayude, vino hecho una pena y me dio lástima. Quizás sirva, si es así, y se queda con nosotros, le haremos un contrato que le obligue a aportar casos si quiere ganarse la vida con holgura. Al estilo americano, una especie de socio solo con derecho a trabajar para ganar dinero en cantidad.

– De acuerdo, es tu negocio. Si quieres me lo traes aquí para que le eche un vistazo. ¿No estará fichado?

– No, es una especie de medico fracasado, parece legal. Oye ¿tu no tendrías que estar enchufado a ese aparato?

– Es mi periodo de vacaciones diario, no te preocupes. Volvamos al “Pesadilla”, averigua donde está y dímelo, por favor.

– Tranquilo Sargento. No estás aun en condiciones de andar por ahí esquivando balazos.

– ¿Que no estoy en condiciones? Le meteré a la Gran Berta por el gaznate, y le vaciaré el cargador en las tripas. Tú solo averigua en que zulo se ha escondido ese cabrón, el resto déjamelo a mí.

La Gran Berta, es el Colt Mágnum de García, una especie de tanque al que solo le hubiesen dejado la torreta. Decidí tranquilizarlo y luego convencerle para que regresase a la cama.

– De acuerdo tipo duro, esta noche hablaré con Maruchi y que ponga en marcha todo su sistema de información, quizás tengamos suerte. Tus amigos de la policía le andan detrás, y no han conseguido nada, todavía.

– ¡Emerenciano García! ¿Qué te crees que estás haciendo fuera de la cama? -La mujer regordeta de mejillas sonrosadas, y tez que recuerda a una taza de mantequilla a temperatura ambiente, había puesto los brazos en jarras y nos miraba furiosa. Ella es la mujer de García, el único ser humano capaz de mantener una discusión a gritos con García y lograr que no acabe a bofetadas.

– Y tu Humphrey, ¿no eres capaz de meter a ese inconsciente en la cama?

– Francamente no, querida, francamente no.

– Mira mujer, lo mejor que puedes hacer ahora es dejarnos tranquilos.

García se había parado en mitad de la habitación y se balanceaba sobre sus patas torcidas. Parecía dispuesto a medirse a su mujer, a pesar de que el historial de sus disputas le fuese del todo desfavorable.

– Ahora veras tú que es lo mejor que puedo hacer.   -Se marchó dando un portazo, y reapareció al cabo de dos minutos con un médico y un enfermero.

Medio minuto más tarde, García estaba en la cama, entubado de nuevo y maldiciendo entre dientes. Yo aproveché para largarme.

No me gusta ver a mis amigos humillados por fuerzas de rango superior a sus posibilidades.

 

BAMBI (3).

El coche que se ponía en marcha con las llaves que me había dado mi jefe era un montón de chatarra desahuciado y sin esperanzas de una vida mejor, que carraspeó con fatiga cuando intenté ponerlo en marcha. Tardé un buen rato en conseguir que activase sus funciones vitales. Finalmente, tras una serie de ruidos poco tranquilizadores, se puso en marcha rememorando tiempos mejores.

Mientras esperaba frente al bufete de abogados de la calle Viladomat, no cesaba de mirar la fotografía de Piero Santacroce. Me intranquilizaba que el hombre hubiese cambiado en algún aspecto desde que le tomaron aquella instantánea, o que mi falta de pericia en aquellos menesteres me impidiese reconocerlo, y se me escapase. Sería un mal comienzo.

A las siete de la tarde salió por el portal, le reconocí al instante, era un hombre de alrededor de los treinta y cinco años, vestía con elegancia y tenía los rasgos aquilinos de muchos italianos del sur. Se movía con la tranquilidad que da sentirse mimado por la vida y la naturaleza.

Entró en un Mercedes aparcado en la misma calle y emprendimos un paseo que resultó corto. En las amplias escaleras del edificio de oficinas de la Feria de Muestras, en la Plaza de España, recogió a una mujer que paseaba lentamente por la acera, evidentemente esperándole. La operación fue tan rápida que no pude ver los rasgos de aquella mujer, solo un retazo de su muslo al subir al Mercedes.

Tomamos la Avenida del Paralelo y giramos por la calle Lérida. El rumbo parecía claro. Frente al Palacio Municipal de Deportes el Mercedes indicó que iba a girar a la izquierda por la calle de La França Chica. Nuestro destino no ofrecía demasiadas dudas.

La entrada al meuble de La França es rápida y discreta. No tuve tiempo  siquiera de coger la máquina y tomar las instantáneas que hubiesen representado una magnifica prueba. De hecho, me di cuenta que aunque la entrada se hubiese demorado, yo no podría hacer nada al no tener la cámara preparada. Algo a tener en cuenta para la próxima ocasión.

Yo conocía el lugar. En mis tiempos de estudiante de medicina alguna compañera me había acompañado a comprobar que un buen polvo es una ayuda al fomento de las relaciones entre futuros colegas de profesión. Sabía por tanto que era impensable entrar y acceder a su habitación para fotografiarles.

Sin embargo, la salida era siempre por la parte trasera del edificio. Si me apostaba en un portal cercano podría fotografiarles con bastantes probabilidades de éxito.

Aparqué y esperé pacientemente durante dos horas. Fue a la enésima vez que vi levantarse el portón del parking que apareció el Mercedes. Yo estaba situado en un ángulo que me permitía fotografiarles sin que me viesen y pude tomar hasta seis instantáneas, incluyendo una que mostraba la matricula del Mercedes.

Salí corriendo para recoger mi coche y seguirles. Había tenido la precaución de dejarle enfocado a la calle de dirección única por la que ellos forzosamente debían bajar y me sentía orgulloso de mi astucia.

En cuanto pisé el acelerador, el maldito cacharro emitió una serie de quejidos agónicos, dio un par de saltos esperanzadores y finalmente decidió tomar un descanso.

Para cuando conseguí que mi agotado compañero de fatigas emprendiese la marcha, mis presas debían estar cenando en algún chiringuito de la Barceloneta.

Me sentía satisfecho a pesar de todo. Los resultados de mi primera misión quizás no fuesen tan brillantes como para presentarlos a un concurso para el mejor detective del año, pero había cumplido.

Y ni siquiera me habían roto la cara.

Para que mi felicidad fuese completa, aquella noche cenaría. Aún tenía tiempo para pasar por algún supermercado regido por un hindú refractario al descanso, y comprar algo fácil de preparar.

La vida me sonreía. Finalmente, Dios se había dado cuenta de que Bambi era un buen chico y había decidido recompensarle.

 

HUMPHREY (3). 

Le había prometido a García que intentaría averiguar el paradero de “El Pesadilla”, lo cual implicaba acudir a los servicios de Maruchi “La Desdentá”.

Mejor que les cuente algo de ella: Maruchi es una empresaria del ocio. Ella es la propietaria de un local llamado “El Reposo del Guerrero”, donde ella y una serie de empleadas poco propensas a los resfriados lucen sin recato las glándulas mamarias ante sus clientes, y no muestran mayores problemas en confraternizar íntimamente con ellos, previo pago de una compensación económica.

Si están ustedes pensando que Maruchi y sus chicas son putas en el ejercicio de sus funciones, aciertan plenamente. Sin embargo, Maruchi es también mi amiga, mi amante ocasional y mi confidente, aunque esto último mi dinero me cuesta, ya que tal como dice ella: “Una cosa es que no te cobre por la mejor mamada de Barcelona, porque con alguien tengo que disfrutar haciéndolo, otra que me hagas trabajar gratis”.

Maruchi, a través de lo que recogen sus chicas oyendo hablar a lo mejor y más selecto del barrio, y por otros conductos que nunca he sido capaz de explicar, logra enterarse de todo aquello que sucede entre la gente que vive peligrosamente. Es capaz de lograr enterarse de sucesos y circunstancias, que la propia policía, con toda su red de confidentes, normalmente no consigue.

Por tanto, era a ella a quien yo iba a acudir para tratar de cumplir la promesa que le había hecho a García.

Aquella misma noche, esperaba una de las visitas periódicas de  Maruchi. Ella viene a mi casa cuando quiere, en ocasiones me avisa y en otras no.

Esa noche en concreto me había avisado.

Cuando llegué a casa, Maruchi y mi perra Cariño estaban tumbadas en el sofá haciéndose cosquillas mutuamente. En cuanto me vio, Cariño se lanzó sobre mí intentando apabullarme a lametones, según su costumbre. Maruchi se limitó a sonreír, segura de que su oportunidad no iba a tardar en presentarse.

Cuando me acerqué a besarla me mordisqueó el lóbulo de la oreja,  susurrando toda la serie de obscenidades que pensaba poner en practica después de la cena.

Si les dijese que no me gustó el programa que había preparado para aquella noche les mentiría, pero yo necesitaba de su otro tipo de servicios, así que puse cara de duro, la separé ligeramente y pregunté:

– Maruchi ¿recuerdas al tipo que disparó a García?

– “El Pesadilla” ¿no era ese?

– Si, ese mismo. Necesito que averigües su paradero.

– No te metas en líos, la policía le está buscando. Y ellos están mejor preparados que nadie para encontrarle.

– Mejor que tu no.

– ¿Pero tu quien te crees que soy, la agencia E.F.E.?

– Claro que no, tú eres mucho más eficiente. Búscale, por favor.

– Se hará lo que se pueda. La tarifa habitual, por supuesto.

– Por supuesto.

Aquella noche ya no hablamos más del asunto. Maruchi desplegó sobre la mesa la cena que previamente había comprado en la charcutería más selecta del barrio. Ella asegura que cocina bien, pero hacerlo le parece un desperdicio de tiempo. Un tiempo que prefiere aprovechar en cosas que hace mejor.

Ese es un tema acerca del cual yo no tengo la menor intención de polemizar.

Aquella noche dormí poco. Maruchi cumplió todas y cada una de sus amenazas.

 

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