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Jordi Ledesma: “Caril y Charlie”

“Acerca de estos sucesos se publicó, en su día, y se han publicado posteriormente, infinidad de datos, hipótesis y certezas. Se han hecho películas y se han escrito biografías, reportajes y novelas. Todo cuánto explican esos documentos, textos, y filmaciones, respecto a lo que sucedió entre Caril y Charlie, estando ambos a solas, es ficción. Como lo es todo cuánto narra este relato”.

Brutal este relato para Fiat Lux de Jordi Ledesma, en la línea de su novela “Un diablo en cada esquina”, que tuvimos el placer de presentar en el Nº 7 de la extinta edición en papel.

Pónganse el casco y pasen y lean.

 

 

Caril y Charlie

Por Jordi Ledesma.

El primer encuentro entre Caril y Charlie, a solas, fue fruto de la casualidad. Ella regresaba a casa antes de lo previsto. Iba arrastrando los pies, mirando al suelo, con los brazos estirados hacia abajo, por delante de sí, sosteniendo un bloc de partituras con ambas manos. Caril tenía trece años.

Había acudido, como cada jueves, a tomar clases de piano en casa de la señora Treadwell, pero la profesora, en la mañana de aquel día, había sufrido un resbalón en la bañera, rompiéndose un hueso del codo. Fue una vecina quién le comunicó a la niña lo sucedido, al verla sentada en el porche de la pianista. Dio cantidad de detalles acerca del suceso, tantos que Caril, mientras la escuchaba, fantaseó con la posibilidad de que la vieja la hubiera podido empujar deseándole la muerte. Pensar en la muerte la llevó a invocar la memoria del señor Treadwell, que, hacía dos años, se había quitado la vida, de un tiro en la boca, con una escopeta de postas, accionando el gatillo con el dedo gordo del pie. Y lo había hecho en la misma habitación en la que la viuda daba las lecciones de piano. Caril creyó sentir su presencia en alguna ocasión, y cantidad de veces imaginó el hecho. Ella no llegó a conocerle personalmente, pero, un par de años atrás, fue un suceso bien conocido del que todo el mundo habló, y que a ella le fascinó.

Esa misma tarde, Charlie, rondaba el barrio en el que Caril vivía, sin saberlo. Inspeccionaba pequeños garajes y casetas de jardín con ventanucos fáciles de abrir. Robaba herramientas de bricolaje, de jardinería, y cualquier cosa capaz de salir por la ventana por la que él hubiera entrado. Llevaba tres días sin acudir a casa, desde que su padre le había dado dos puñetazos en la cara. Uno de los golpes que Starkweather padre le propinó le había partido el labio bajo, aún eran visibles en su rostro la herida y la hinchazón.

Ella avanzaba despegando mínimamente los pies del suelo, haciendo audible el rascar de la suela en la grava amontonada en el arcén.

Él oteaba una caseta de madera verde, pequeña, junto a la que había una pila de leña cortada. La pericia delictiva lo llevó a examinar las estrías de las testas de los troncos, y supo que habían sido cortadas con una motosierra de catorce pulgadas de espada. Pudo intuir que dicha máquina estaba guardada en aquella cabaña. Repasó la calle en busca de referencias con las que acudir de noche sin equivocar la  dirección, y entonces, vio a Caril al final de la avenida, aunque no la reconoció. Lo haría pocos segundos después.

Ella sintió la presencia distante, el filo intenso de los ojos de él, lanzado desde la otra punta de la calle, y que hizo vibrar el aire llegando como un soplo enrarecido, en forma de brisa leve, que movió el flequillo de la niña, quien, alentada por una fricción en sus sentidos tan subjetiva como inexplicable, levantó la vista para encontrar la estampa jamesdiniana del chaval, estilizada por la sombra proyectada a expensas de un sol tardío que desaparecía en lo más lejano del horizonte. Se reconocieron mutuamente durante la misma porción de tiempo, en el mismo suspiro mental. Y, probablemente, sus neuronas reflectaron la misma cadena de recuerdos. Sus presencias no eran extrañas, se habían visto tres veces antes de aquel día, pero nunca antes habían hablado. Ambos recordaban los mismos escarceos visuales, y ambos los rememoraron con precisión. Lo hicieron con expectativas similares el uno respecto al otro. Charlie tenía dieciocho años.

Habría sido bastante probable que el chico hubiera rascado diez o doce dólares, de cuanto hubiera sustraído de la caseta verde. Pero al ver la incandescencia virginal entorno a la cabeza de Caril, y que no era otra cosa que el brillo del ocaso refulgiendo detrás de ella, olvidó el posible botín.

Charlie y Caril caminaron, hasta encontrarse, despertados por una atracción desconocida. Y bajo el sol moribundo y enrojecido de Nebraska, como presagio de lo que iba a ser su andadura en común, congeniaron una relación que duraría cerca de veinte meses.

1956 había sido un año difícil, tanto o más de lo que sería 1957. Todos los años lo eran en los suburbios de Lincoln. A Charlie Starkweather, lo habían despedido de la refinería Bugs-Oil; al encargado no le gustó su mirada tras una reprimenda; el hombre captó que, de todo lo que proyectaba la silueta del chico, aquella mirada de odio era lo único que no estaba copiado del cine, aquel vistazo rencoroso era demasiado personal. Y eso bastó para despedirlo, aun no siendo ese el motivo legal, claro.

Charles Starkweather, tenía una deficiencia natal que le había arqueado las piernas, y que él trataba de disimular con un ademán chulesco en el paso, que no era más que una cadena de movimientos calcada de Rebelde sin causa. Acusaba problemas de dicción, rasgo que le hacía parecer más insensato de lo que realmente era. Aun así, no le costó que lo admitieran en Western Unión, como operario de cargas. Y el almacén quedaba a un cuarto de milla escaso, de distancia, del Whittier School, el instituto en el que estudiaba Caril.

Caril Fugate era una alumna mediocre, sólo destacó mínimamente en literatura inglesa; su profesor afirmaría, tiempo después, que siempre entrevió en ella una madurez asombrosa en sus comentarios de texto. Y que alguna vez percibió cierta furia contenida en sus reflexiones.

Convivía con su madre Velda, y su padrastro Marion, que tenían un bebé de dos años, Betty Jane. Caril, tocaba el piano por imposición paterna.

Todos los que, a posteriori, la describirían, destacarían de ella que era una chica tímida y muy inteligente.

Tras conseguir Charlie el empleo en Western Union, empezaron a verse todas las tardes. Entablaron una relación en la que la compañía que se entregaban era más importante que lo que pudieran hacer o decir mientras estaban juntos. Y a ninguno de los dos les incomodaban los silencios largos y contemplativos. Solían dar largos paseos. Y cuando Charlie le cogía el coche a su padre, la llevaba hasta un paso de troncos sobre el arroyo de Creeck, a ver el atardecer sangrante. Y soñaron una fuga inevitable como la del sol, eterna e indestructible. Ansiaron renacer lejos de allí, con otro brillo y otras circunstancias.

No era frecuente  que ninguna chica se fijara en Charlie. Como tampoco lo era que Caril se fijara en ningún chico. Pasó cerca de un año hasta que en casa de de ella supieron de la relación. Al padrastro de la chica no le hizo ninguna gracia. En casa de los Starkweather, nunca supieron nada de Caril Fugate, hasta que oyeron su nombre por la radio.

Ella se sentía más inteligente que él. Y no le importó, desde el inicio de la relación, dejárselo claro. Él, por su parte, la admiraba precisamente por cosas como esa. Por la seguridad, la sensación de clarividencia, y, en gran medida, por la inquietud y obsesión hacia la muerte.

Lejos de saber quién influenció a quién, y quién o qué alentó a cada cuál. Y más allá de los hechos en sí, y de sus capacidades mentales para hacer lo que hicieron; la determinación y el contexto que emplearon, o en qué medida asumieran el rol de cautivo y carcelero; ambos se respetaban, y bajo ningún concepto se hubieran hecho daño el uno al otro.

La tarde del 19 de enero de 1958 el padrastro de Caril regresó a casa antes de lo esperado, y lo hizo advertido por sus vecinos sobre las compañías de su hija. Al padrastro no le costó intimidar al chico, que huyó a paso ligero, todo lo rápido que sus piernas arqueadas le permitieron, ante las amenazas y menosprecios del hombre. No le hizo falta levantar la voz en exceso para espantarlo.

Charlie no miró atrás al alejarse. Pero sí miró a los ojos al padrastro de Caril antes de marchar. Puede que el hombre llegara a pensar que aquella mirada estaba copiada de Rebelde sin causa, como todo lo demás. Pero no. Aquella mirada de odio y de rencor perpetuo era personal, única y sincera.

Dos días después de ese primer encontronazo con tintes de peligro, Charlie volvió en busca de Caril, con la intención de fugarse para emprender la huida que soñaban, y de la que tantas veces habían hablado. La que dejaría atrás sus vidas grises y disconformes. Una fuga hacia un nuevo futuro en el que el pasado no recayera sobre las oportunidades. Charlie Starkweather era lo bastante iluso como para creer en ese sueño, que ni siquiera era tal, sólo era una fantasía. Y puede que ella sí gozara de la lucidez necesaria, y palpara, aunque fuera por momentos, la irrealidad. Pero, aquella tarde, Caril no estaba en casa. Y lo cierto es que se sorprendió al pasar por el almacén de Western Union, al salir de clase, y que él no estuviera.  Entonces sintió inquietud. A Caril le gustaba la inquietud, pero sólo si la controlaba.

En ese momento nadie sabía que Starkweather era quién, veinte días atrás, había matado a Robert Colvert, de un disparo del calibre 12, en la cabeza, por un botín de cien dólares. Quizás, ella, sí lo supiera.

El muchacho aporreó la puerta hasta que el padrastro abrió, él y su mujer trataron de echarlo, pero por esta vez, no bastó con cuatro voces. La intensidad de los alientos creció desmedida hasta tal punto que Starkweathwer lamentó haber dejado la escopeta en el coche. Hubo empujones, injurias y escupitajos. Aunque el desencadenante fue un bofetón, una hostia larga y severa. Una cruzada de cara con toda la fobia y el miedo que la madre de Caril no pudo contener, y que la vehemencia llevó a estrellar en el rostro del chaval, a palma abierta. Y la réplica en los puños de Charlie no tuvo ni la mitad de motivos, pero sí el doble de fuerza, porque en ella soltó el mismo instinto asqueado. Y la mujer simbolizó toda su represión emocional, todos los abusos sufridos a manos de una sociedad salvaje y ahogada en diferencias incorregibles.

Charlie conocía la casa, había estado en ella otras veces, con Caril, siempre en ausencia de la familia. También conocía, porque la chica se lo había mostrado, el armario en el que el padrastro guardaba un rifle del 22.

Cuando Caril Fugate, en aquella tarde invernal, regresó a su casa, encontró que la puerta de entrada tenía el cerrojo echado, era algo excepcional, no imposible. Pero lo que la inquietó, realmente, fue ver todas las macetas del porche volcadas. Y, en cada ventana, las cortinas corridas.

Creyó que el fulgor de la tarde era más rojo que el de cualquier postrimería que ella hubiera contemplado jamás. Permaneció quieta durante algunos minutos, mirando la nada, dubitativa. En silencio. Temiendo que, de todos los futuros inmediatos posibles, era muy probable, que sólo se hiciera realidad el único que ella había imaginado otras veces.

Volvió de la parálisis y actuó con toda la naturalidad que la incertidumbre le dejó. Avanzó hasta quedar ante la puerta blanca y accionó el llamador manual. Lo agitó tres veces sobre la madera lacada, propiciando tres golpes secos de intensidad sonora similar; —Mamá — gritó tras el tercero; ciñéndose a lo que hubiera hecho cualquier día al encontrar el pestillo echado.

Charlie abrió sin ocultar el fusil, que sostenía con la mano izquierda, a medio cañón. —Hola — dijo él, tratando de convertir en costumbre algo que no lo era. Caril tardó en reaccionar, deambulo por su propia conciencia confundiendo miedos y deseos. Y cuando dio un paso al frente buscó dentro de los ojos de él. Quiso ver en ellos antes de atreverse a mirar con los suyos.

Pocos días más tarde, desde la oscuridad taciturna en la llanura, observando en el horizonte las luces de la ciudad de Cherokee, se vio a sí misma reflejada en el candor de los destellos lejanos. Y se sintió a salvo, dentro de un sueño, ausente de sensaciones y sentimientos. No así Charlie, al que los brillos flotantes entre la negrura de la tierra hostil y el cielo sin luna, le acercaron otras imágenes de su ser en ciernes, y, para su corta capacidad intelectual, fue capaz de imaginarse  a sí mismo sobre la silla eléctrica.

 

Nota del autor

Charles Starkweather y Caril Fugate, convivieron seis días, en casa de ella, junto a los cadáveres de Velda y Marion (muertos por heridas de bala), y de Betty Jean (hermanastra de Caril, de dos años de edad. Apuñalada), antes de enterrarlos en la parte trasera de la casa, y emprender una fuga, en coche, de seiscientas millas, atravesando el estado de Nebraska y adentrándose en el de Wyoming. Haciendo gran parte del trayecto por las llanuras, campo a través. Durante la huida se cobraron siete víctimas más, por disparos y apuñalamiento.

Acerca de estos sucesos se publicó, en su día, y se han publicado posteriormente, infinidad de datos, hipótesis y certezas. Se han hecho películas y se han escrito biografías, reportajes y novelas. Todo cuánto explican esos documentos, textos, y filmaciones, respecto a lo que sucedió entre Caril y Charlie, estando ambos a solas, es ficción. Como lo es todo cuánto narra este relato.

Bien cierto es que Charles Starkweather reconoció la mayoría de los asesinatos. Y la inculpó a ella  de unos cuantos. Fue sentenciado a muerte. Y ejecutado el 25 de Junio de 1959.

Caril Fugate, no reconoció haber sido autora de ninguno de los crímenes, y siempre mantuvo que había permanecido secuestrada. Fue condenada a cadena perpetua por complicidad. Obtuvo una conmutación de pena, y le fue concedida la libertad condicional en 1976, tras cumplir diez y siete años de prisión. En la actualidad vive en algún lugar de Michigan.

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